LAS CORRIENTES RELIGIOSAS

PROPÓSITO/NUESTRO CONTEXTO HISTÓRICO MUNDIAL

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PROPOSITO

Se trata aquí de una introducción a la historia de las corrientes religiosas en el Uruguay. En este aspecto hay una inmensa tarea por realizar – pues es una perspectiva poco menos que virgen – en cuanto al logro de una síntesis organizadora que facilite una visión de conjunto. Nuestro propósito es esbozar un mapa, una “cartografía”, de la inserción y dinámica religiosas en el Uruguay. Solo establecemos el marco de referencia que sirva de guía para ulteriores trabajos o para que se tenga una “orientación” general. Tal el límite necesario y su posible virtud de resumen.

Lo “religioso” trasciende los límites de las Iglesias y sectas constituidas, abarca a su contrario, las formas de lo “ateo” o “anti-religioso”. Toda la realidad humana está implicada y es referible a la religión, pero ahora hemos acotado nuestro tema preferencialmente al nivel de lo que se proclama a sí mismo como “religioso”, dejando el resto a modo de contexto o telón de fondo, por restricción metódica y práctica. Es posible, por ejemplo, intentar comprender también desde un ángulo religioso a Batlle, a anarquistas y materialistas marxistas, a poetas como Herrera y Reissig, etc., pero nos desbordaría tal empresa, que sólo queda anotada aquí y allá, en rápidos bosquejos, y más bien en el sentido de contribuir a percibir mejor el movimiento de las instituciones religiosas, con los diversos retos y problemas que enfrentan sucesivamente. Sin embargo prestaremos especial atención a los orígenes, pues ellos determinan decisivamente los rasgos de la historia posterior. De lo contrario, nos exponemos a una mera crónica “en el aire”.

NUESTRO CONTEXTO HISTORICO MUNDIAL

Según el padre Lozano, célebre cronista jesuita de las Misiones, el tercer gobernador de Buenos Aires, don Francisco Céspedes, allá por 1624 “puso en grande empeño para que se convirtiese a la fé en Cristo la dilatada provincia del Uruguay. Primeramente ganó con caricias y regalos los ánimos de los charrúas confinantes con el Uruguay, para que le trajesen algún cacique de aquella región y conociéndolo por este medio, le hizo extraordinario agazajo para atraer a los demás. Valiose también de los religiosos de la Orden Sefárica, que con celo apostólico entraron en esta conquista por la boca del Uruguay. Dos religiosos, con el R.P. fray Bernardo de Guzmán, convirtieron más de mil almas. Fundaron tres iglesias, de las cuales sólo permanece una con su reducción de Santo Domingo de Soriano en la boca del Río Negro”. Así registró la tradición el nacimiento social del Uruguay que somos. Según el calendario, 1624 años después de Cristo. ¿Cómo se ubica este pequeño fragmento histórico en el contexto de las grandes religiones mundiales? ¿Qué pone en relación? ¿Qué pista nos da este viejo texto?

Se nos habla de Cristo, de un gobernador, de conquista pacífica, de frailes franciscanos frente a indios, de convertir y formar reducciones. ¿Qué supuestos tiene todo esto? ¿Qué significa? Tenemos aquí los elementos de un  ”encuentro” histórico. Mostremos su contenido.

Pero ante todo, una precisión general. ¿Qué es la religión? ¿Qué significan las religiones? El hombre se “encuentra” consigo y el universo, sabe que en última instancia la realidad le es “dada”, dato; un don bastante incomprensible y maravilloso que le moviliza su inteligencia, sus acciones, su admiración y sus penas. Maravilla con aspectos siniestros, opacos, amenazadores, dolor, mal, muerte, pero sostenidos por un ímpetu de vivir regocijante. Librado a sí, el hombre no “funda” a su arbitrio el “sentido”, nada ni nadie parece necesario y sí “gratuito”, superfluo a la vez que imperioso. Punto infinitesimal en el cosmos, el hombre lo abarca con su posibilidad de pregunta: ¿cuál es el origen, cuál el sentido? ¿Sería mejor no haber nacido? El hombre se siente trascendido y trascendiéndose a cada momento. Y es, bajo múltiples formas simbólicas, la experiencia oscura de esa Potencia Originante, Superior, misteriosa, la raíz natural de las religiones. Ningún hombre la alcanza y sirve más el vocativo que el nominativo. El mundo se abre a un “trasmundo”, a un trasfondo sin fondo, del que todo depende. La religión, re-ligar, es conciencia de esa dependencia que inspira, determina e informa las acciones y “deberes” de la vida. Enlace y obediencia a “lo último y primero”, referencia al Absoluto de nuestra fragilidad contingente. Tanto compromete lo religioso al hombre, que lo peor y lo mejor tienen allí su medida. Por eso, nada tan repulsivo como una religión desvivida, hueca. Es lo más atrozmente muerto que haya. No sirve ni para el estercolero, como dice el Evangelio.

Ahora nos importa el “encuentro” de religiones concretas, fechadas y localizadas históricamente. Un momento particular, la conquista y evangelización de América Indígena por España, donde, señala Picón Salas, “la humanidad no había conocido, acaso fuera de los lejanos milenios de la historia oriental, un conflicto de gentes y antagónicas formas de vida como el que se operó con la conquista de América. Esta colisión de razas, economías y opuestos estilos vitales que aun condicionan la problemática social de todos los países hispanoamericanos, se inició entonces”. En efecto, la América Indígena tenía en sus núcleos más avanzados, las altas culturas azteca e inca, una distancia de unos 5000 años de España y Europa. Asemejaban más al Egipto antiguo. Pero esto era la excepción; el resto de las abigarradas y dispersas etnias se escalonaba hacia atrás, hacia la noche prehistórica. Esas gigantescas diferencias causaron la perplejidad del español e imposibilitaron todo “diálogo”, que supone una cierta equivalencia. Las diferencias de nivel llevaban inexorablemente a la absorción del indio o, de lo contrario, a su marginalización hacia zonas inaccesibles. La intensa transculturación generó nuevas formas de vida, pero no podía saltar ni eliminar nada de golpe. Todo el trágico y extraordinario proceso de dominación, colonización y formación de nuevos pueblos desembocó en un heterogéneo y dependiente “nuevo mundo”. Fue una resolución menos sencilla que la norteamericana, que simplemente eliminó a los aborígenes. América Latina aún no ha logrado homogeneizar sus diversos estratos.

La cuenca del Río de la Plata pertenecía a uno de los ámbitos indígenas más atrasados. En relación a nosotros, se habla principalmente del complejo charrúa y del tupí-guaraní. Fue también la última zona penetrada por el movimiento colonizador. En sus rasgos generales, este mundo indígena puede caracterizarse con sencillez: bajo múltiples lenguas es posible anotar aspectos religiosos comunes. La realidad era un ámbito viviente de fuerzas misteriosas, benéficas, maléficas, un orden de “poderes” con los que se debía lidiar, entenderse, protegerse, y por eso toda actividad práctica es de algún modo “ritual”, todo participa del “drama” humano. La relación cognoscitiva primordial, modelo, es la del hombre con el hombre, y tiende a comprender la totalidad en que está inmerso en analogía consigo mismo: las “fuerzas” son menos abstractas, se asemejan más a “voluntades”, es una naturaleza mágica, animada, que requiere el saber práctico “hechicero”. Hay un sentido de honda correspondencia entre el hombre y la naturaleza. Sólo en forma muy lenta el pensamiento humano llegó históricamente hasta la objetividad inerte de la materia, a su exterioridad, a su manipulación cuantitativa, matemática. La “ciencia nueva” de Galileo es contemporánea a la fundación de la reducción de Soriano. Y es que lo más lejano que tiene el hombre del núcleo de su experiencia personal es esa “materialidad objetiva”: primero se sabe de hombres que de “cosas”. Estas son lo más “extraño”, lo más fuera de sí. El mundo primitivo está en las antípodas de esa naturaleza que concibe Sartre como “cosa en sí”, exterior, muda, opaca, insignificante.

La realidad es unidad dramática viviente, de poderes cósmicos divinos enlazados con lo humano. A través de sus representaciones y mitos, el ámbito tupí-guaraní da indicios de una trascendencia, de un más allá de la naturaleza: Tupa, que para muchos significa ¿Quién eres?, que está distante, oculto, por encima de todo, y al que por eso no se rinde culto pues no hay “familiaridad”. En nuestro lenguaje, el Dios escondido. Respecto a los charrúas, las noticias recogidas no permiten certezas, pero pertenecían a ese ámbito universal primitivo de la “naturaleza mágica” envolvente.

Estos eran los rasgos del mundo indígena que encontraba el español cristiano. Formas del mundo pagano, de las religiones de la naturaleza, en la acepción ambigua que hemos mostrado, son lo que se debía “convertir”. Formas religiosas menos elaboradas que en el mundo azteca e inca, cuyas cosmogonías agrarias eran más ricas y complejas; más trágicas y catastróficas en el primero, más estoicas en el segundo. Y bien: ¿a qué se refería esa conversión? A la Buena Nueva, al Evangelio.

Entramos así en el marco de las llamadas religiones mundiales, las de mayor expansión. Conviene anotar su génesis y sus ámbitos. Ellas son el Hinduismo, el Budismo, el Islam, el Cristianismo. El Hinduismo es una potente versión (o mejor, conjunto de versiones) de la “religión de la naturaleza” con sentido más metafísico, especulativo, filosófico. Tiende a la mística pura de lo Divino. El Budismo, en su línea más esencial, es una radicalización ascético-contemplativa del Hinduismo, pero no es filosófico, especulativo. Es como una radical liberación de la naturaleza, la más absoluta retirada del mundo y devaluación de la existencia, sentida como sufrimiento, dolor. Hay como una aniquilación de las religiones de la naturaleza. El Nirvana parece más bien lo Divino que Dios, una Nada en relación al mundo, que es un mal. Podríase agregar que, en China, Lao Tse y Confucio están también ligados al ámbito de las “religiones de la naturaleza”, donde Naturaleza, Divino y Dios son distinciones oscuras. Éste es, aun hoy, el mundo religioso asiático principal. Desde un punto de vista cristiano son modos de paganismo, esencialmente anteriores a la religión de Israel.

La peculiaridad de Israel, que emerge dentro de las religiones de la naturaleza, es la irrupción del mismo Dios en la historia, la constitución consciente de la historia como historia de la salvación, más allá de la naturaleza, y a la vez de la revelación de Dios como la trascendencia absoluta, como lo Otro que el mundo y la naturaleza, que se “desdivinizan” definitivamente. “Dios se levanta en la asamblea de los dioses/ juzga en medio de dioses”. (Salmo LXXXII). Dios se revela como Yahveh, que significa Yo soy el que soy. El que es absolutamente, el Señor único, fundamento del mundo natural, inconfundible por creador del universo desde la nada. Toda confusión entre Naturaleza y Dios cesa, y lo Divino pierde su ambivalencia. Dios es el Santo, raíz de todo bien, y la realidad entera don magnífico, gratuito de Dios, no mero azar de un caos originario. Sólo Dios es Eterno, no la Naturaleza contingente, aunque la existencia es un bien y no una ilusión inconsistente. Las ambigüedades de las religiones de la naturaleza se disuelven, la convivencia de lo maléfico y lo benéfico, reiterativa, no gira en el eterno retorno, pues adquiere una “dirección” histórica y los “poderes visibles divinizados” se trasmutan en idolatría. Hay como una radical desacralización de la naturaleza, camino hacia la secularización moderna. Ahora es la historia el lugar de la realización humana: se rompe la rueda cruel e insensata del nacimiento y la muerte, la historia humana adquiere su consistencia y sentido, pues está abierta a la esperanza. Pero ya no es sólo el hombre que vislumbra a través de la naturaleza y de sí los caminos de Dios, es Dios mismo quien se revela en la historia, en la palabra. Ahora lo “sobrenatural” se manifiesta en la historia, le descubre el sentido. Tal la función profética de Israel. Y ella tendrá su consumación: el escándalo histórico supremo, la Encarnación; Dios se anonada a sí mismo y se hace Hombre. Y por eso alfa y omega, principio y fin de la historia, su centro y su medida. Lo insuperable por antonomasia, la Novedad radical. Tal la fe de los cristianos, su misión de anuncio de la buena nueva insólita a todas las naciones en la historia. En Cristo, camino, verdad y vida, se concentra todo el misterio del ser: Ágape, amor. Pero hay que atravesar por la Cruz para la Resurrección. Así el hombre, imagen de Dios, se desalienta, se realiza para que, como el grano de mostaza, vaya naciendo el hombre nuevo desde el hombre viejo. Esta la fuente del reconocimiento del hombre por el hombre. Y un nuevo pueblo misional, la Iglesia de Cristo, iniciará su marcha histórica, militante, doliente, pues por su dimensión humana está expuesta a la caída y el mal, pero es fermento y sacramento de la nueva humanidad, de la consumación de la historia, todavía en gestación, donde la Libertad que es Dios promueve la comunión de libertades humanas, el Reino de Dios, en y por Cristo.

De tal modo, en la concepción cristiana, el judaísmo alcanza su plenitud en Cristo, y su sucesión histórica en la Iglesia. Pero el judaísmo no aceptará esa “humanización” de Dios, verá en los cristianos una recaída en el paganismo, una nueva “idolatría” que vulnera la trascendencia del Eterno. Pocos siglos después de Cristo, una nueva gran corriente religiosa, el Islam, afirma nuevamente la trascendencia absoluta de Dios, Alah, y rechaza la Encarnación. El Islam es como una rama del antiguo Israel, está más cerca del judaísmo que del cristianismo. Y es la otra gran religión universal que hoy abarca una amplia “zona media” entre Europa y Asia.

Tenemos ya los elementos para determinar la índole del “encuentro” que comienza con la reducción del Santo Domingo de Soriano, allá por 1624. Pero en la crónica hay otros datos: se menciona un gobernador que manda franciscanos para una conquista pacífica. Aparece así un entrelazamiento singular de Estado e Iglesia, conquista y evangelización. Esto nos remite a las condiciones históricas de esa relación, tan importante en la configuración original de América Latina. Se podrá comprender así el subsuelo de nuestro edificio histórico, lo que late aún bajo nuestra actualidad, y que permite definir las características propias de muchos de nuestros problemas.  

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