LAS CORRIENTES RELIGIOSAS

LOS ORÍGENES EN LA CRISTIANDAD INDIANA

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LOS ORÍGENES EN LA CRISTIANDAD INDIANA

 

EL ESTADO Y LA IGLESIA CATOLICA EN LAS INDIAS

El descubrimiento de América coincide con la formación en Europa de los grandes Estados modernos, cuya vanguardia inicial fueron España y Portugal: los poderes del “Príncipe” se centralizaban y esto significaba, en el orden interno, la domesticación de los feudales por la monarquía y, en el orden externo, la independencia respecto del papado. Los Estados dominan de más en más a sus “iglesias locales”, restringiendo y controlando sus relaciones con la Santa Sede. Hay una tendencia general a la formación de “iglesias nacionales”, que en algunos casos culmina en el “cisma” con Roma. Un ejemplo es el anglicanismo. En España tuvo peculiaridades: la unidad nacional se realiza íntimamente ligada a la Iglesia católica, en lucha contra la dominación árabe identificada con el Islam. Lo político y lo religioso eran casi indiscernibles en la vida social: era la situación de “cristiandad”. Las contradicciones de la sociedad eran las de la Iglesia. Pero si Fernando el Católico era admirado por Maquiavelo como exponente de la nueva y laicizada “razón de Estado”, el hecho es que la monarquía hispánica prolonga también las visiones medievales de los “fines religiosos” del propio Estado. Y ésa era una creencia compartida por el conjunto de la sociedad.

Por eso expresa con exactitud Fernando de los Ríos: “España se vio impulsada a dos clases de acción militante en ese período crucial de su historia: una militarista, espiritual la otra, combativas ambas y ávidas de conquista; en la primera prevalecían los propósitos de conquistar el poder, territorio y riquezas; en la segunda, el objeto primordial era ganar adeptos al Cristianismo. Había un entrelazamiento entre los dos, una ayuda mutua que engendraba fenómenos de simbiosis social de gran importancia jurídica y política. La comprensión de esta interrelación permanente entre estos dos organismos, cada uno de los cuales dependía para su existencia de la absorción de una parte del jugo vital del otro, es fundamental entender la colonización española. La voluntad de poder e imperium, tan cara al Renacimiento en la doble dimensión, material y espiritual, alcanzó en España su punto culminante”. Ese dualismo compenetrado hasta en la intimidad de cada hombre, no sólo fue pacífico sino semillero de conflictos. Conquista y evangelización se sostuvieron, pero también lucharon entre sí.

La relación Estado-Iglesia en las Indias inicia con la célebre bula Inter Caetera del Papa español Alejandro Borgia. De ésta arranca la configuración del Patronato Regio. Es la concesión a la Corona de la responsabilidad y organización de las misiones en las Indias. Una sucesión de bulas confirma el poder de la monarquía, que es a la vez “obligación”. ¿Cómo se entiende esto? Autores del siglo XVI y XVII, como Suárez y Solórzano, decían que si bien el Papa era el primer motor de la evangelización, suya la obligación de enviar misioneros a anunciar el Evangelio, en aquellas circunstancias concretas era imposible, que el Papado acometiera tal empresa por sí mismo. Por eso delegaba tal misión en la Corona. Ésta aprovechó para arrancar al Pontificado un conjunto extraordinario de privilegios. El control de la Iglesia por el Estado se hacía casi absoluto: envío de misiones, delimitación de diócesis, cobro de diezmos, elección de obispos, etc. En 1565 el agustino Jerónimo Mendieta, desde Méjico, escribía a Felipe II: “Por depender todo lo espiritual y temporal destas partes de sólo Vuestra Majestad, por cuanto Pastor Universal que es el Vicario de Cristo a causa de estar tan lejos no puede regir esta Iglesia, no la rige si no es por vuestra real mano […] conjura y ruega, y amonesta por el sacro bautismo y por la entrañas de Jesucristo que principalmente pretendan destos reynos el celo de las ánimas y ganancias de ellas”. También el mencionado Papa Alejandro VI quiso enviar al Nuevo Mundo sus “nuncios”, pero Fernando el Católico lo impidió. Tendría que derrumbarse el Imperio Hispánico para que en 1824 llegara a nuestras tierras el primer delegado directo del Papa. Por eso el obispo venezolano Navarro escribía: “…los beneficios espirituales se recibían de manos del Rey, nuestro Señor, a cuyo real servicio todo se supeditaba, y la misma augusta figura del Papa quedaba esfumada en estos países detrás de la formidable majestad.” De ahí que el historiador argentino Lucas Ayarragaray afirme: “…tal sistema de gobierno tendía a constituir una especie de califato en Occidente”.

Cabe señalar incluso el establecimiento del Patriarcado de las Indias. Fue otra idea de Fernando, quien quería en su corte una nueva jerarquía unificadora de la Iglesia de Indias, y efectivamente logrará en 1524 que el Papa erija una silla patriarcal en Madrid. Pero el nuevo Patriarcado quedará sin potestades, simbólico. Esta atrofia se explica por la resistencia de Roma a generar otro Bizancio. Por otra parte, la monarquía tenía tan grandes privilegios que podría prescindir de un Patriarca de las Indias. Su existencia, hasta hoy, es sólo nominal.

El Patronato Regio fue creciendo en todo ciclo del Imperio Hispánico. Bajo los Habsburgos, señala Ramos Pérez, “…la aplicación del patronato se hacía con una amplitud fabulosa por parte de los reyes. No se limitaban éstos a lo referente a provisión de dignidades, al envío al Consejo de Indias de todas las bulas y breves pontificios, para su examen y otorgamiento del “placet” (pase regio, autorización para publicarse en el reino), sino que llegaban hasta lo más minúsculo. En este sentido vemos aparecer a los reyes austríacos como maestros de ceremonia, regulando la manera de dar paz en las misas a las autoridades, las precedencias en las procesiones, si en los festejos había o no de ponerse sitial al obispo, y hasta la colocación de la lamparilla del Santísimo”. El gran jurista de las Leyes de Indias, Solórzano Pereira, es puesto en el Índice por Roma, por la índole casi apostólica que atribuía al monarca. Por supuesto, todas las protestas de Roma eran varias. Luego, con los Borbones, el Patronato Regio se convierte casi en Vicariato Regio. Es decir, ya el monarca no actúa por “concesión” del Papa, sino que ejercía su primacía por derecho propio, por ser inherente a la Corona. En tiempos de la fundación de Montevideo, Cirer Cerdá sostenía que el patronato no se originaba en acto de la Santa Sede, sino que eran derechos de soberanía real: la jurisdicción pertenecía a los obispos y al rey, no al Papa directamente. Es el llamado regalismo, que impera a lo largo de todo el siglo XVIII sumergiendo al Papado en la mayor postración imaginable. Pocas veces el cuerpo de la Iglesia ha estado tan descoyuntado. En las Indias no hubo cisma formal ni dogmático, pero, apunta Haring, “constituyó un notable ejemplo de constitución civil del clero aceptada por la Santa Sede. La Iglesia americana se convirtió, en realidad, en una Iglesia nacional, que vivía en la órbita no del Papado romano sino del Consejo de Indias, y estaba unida a Roma por vínculos muy débiles”.

Ésta es una realidad de vastas proyecciones. Nuestro país adquirió su fisonomía bajo el regalismo borbónico. La cuestión del Patronato tendrá aun muchas vicisitudes, y se liquidará definitivamente con la separación de la Iglesia del Estado en la Constitución de 1918.

LA EVANGELIZACIÓN VIENE DE LIMA Y ASUNCIÓN

Los clérigos, y en especial los regulares franciscanos y dominicos, están mezclados a todas las vicisitudes del proceso colonizador. Todos los extremos se dan también en ellos. Les corresponde el honor, a través de Montesinos y Bartolomé de las Casas de haber iniciado lo que Hanke llama la lucha por la justicia, la defensa del indio ante la explotación del conquistador. Son los que reivindican la condición humana de los indios y desatan gigantesca polémica en España, de intensos efectos en la legislación indiana. ¿Eran aquellos extraños hombres, aquellos bárbaros, realmente hombres? Los encomenderos sostenían que eran “naturalmente esclavos”, semejantes a los “brutos”.

Desde los comienzos el poder monárquico reconoció a los indios como “racionales” y súbditos, e intentó poner coto a la nueva clase dominante que emergía de la conquista, en tierras americanas. También, informado por franciscanos y dominicos, el Papa Pablo III en el Breve del 2 de junio de 1537 decía: “Pero el enemigo del género humano, que siempre se opone a las obras humanas haciéndolas perecer, viendo y envidiando esto, discurrió un medio inaudito para impedir que la palabra de Dios fuese predicada a las gentes y que éstas se salvasen, cual fue excitar a ciertos satélites suyos, quienes deseando saciar su codicia maltratan como a brutos animales que les sirven, a los indios occidentales y meridionales y a otros pueblos de que en estos tiempos hemos tenido noticia. Nos pues […] atendiendo a que los indios son verdaderos hombres no sólo capaces de la fe cristiana sino que, según sabemos, acuden con presteza a recibirla, y queriendo remediar este de modo tan oportuno, mandamos que los dichos indios, así como a esclavitud todas las demás naciones de que en futuro tengan noticia los cristianos, aunque se hallen fuera de la fe no están privados ni puede privárseles de su libertad y de la posesión de sus cosas, antes por el contrario pueden usar y disfrutar libremente de su libertad y dominios y no se les puede reducir a esclavitud […] que todo lo que en contra de esta disposición se hiciere fuera írrito y de ningún valor y que los indios y otras gentes deber ser atraídos a la dicha fe con la predicación de la palabra de Dios y con el ejemplo de la buena vida sin que basten las cosas anteriormente aducidas ni las demás contrarias sean las que fuesen”. En 1605 el Papa Urbano VIII volvía sobre esta cuestión, reiterando la prohibición de esclavitud de los indios, bajo pena de excomunión mayor, así como del despojo de sus bienes.

Los dilatados espacios de la América meridional estuvieron al principio bajo la jurisdicción del virreinato del Perú. Y es desde este centro que se forjarán las pautas de la evangelización sudamericana. Estamos en la etapa de la organización y el afianzamiento de la Iglesia católica en las Indias. Esta culmina con el III Concilio provincial de Lima (1582 – 83), con presencia del episcopado sudamericano, encabezado por Santo Toribio Mogrovejo. Es la adaptación americana del reciente Concilio de Trento. Y así, la configuración de la cristiandad indiana tendrá desde sus orígenes el sello de la Contrarreforma, suscitada en Europa en medio de la tragedia de la quiebra de la Iglesia y la Reforma Protestante, contemporánea al proceso de colonización indiano.

En el Concilio de Lima los obispos renuevan el título de Protectores de los Indios y formulan su política pastoral. El punto tercero de los cánones dice: “No hay cosa que en estas tierras de las Indias deben los prelados y demás ministros, así eclesiásticos como seglares, tener por más encargada y encomendada por Cristo nuestro Señor, que es sumo Pontífice y Rey de las ánimas, que el tener y mostrar paternal afecto y cuidado al bien de estas nuevas y tiernas plantas de la Iglesia…Y así doliéndose grandemente este santo sínodo de que no solamente en tiempos pasados, se les haya hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino también el día de hoy muchos procuran hacer los mismo; ruega por Jesucristo y amonesta a todas las justicias y gobernadores que se muestran piadosos con los indios y enfrenen la insolencia de sus ministros cuando es menester, y que traten a estos indios, no como esclavos, sino como a hombres libres y vasallos de la Majestad real, a cuyo cargo los ha puesto Dios y su Iglesia. Y a los curas y otros ministros eclesiásticos manda muy de veras que se acuerden que son pastores y no carniceros, y como hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana. Y su alguno por manera hiriendo, afrentando de palabra, o por cualquier otra vía, maltratare algún indio, los Obispos y sus visitadores hagan diligente pesquisa, y castíguenlo con rigor. Porque cierto es cosa muy fea que los ministros de Dios se hagan verdugos de los indios.” El concilio limeño se ocupa de la disciplina del clero, tan difícil de controlar en la soledad y aventura de aquellas inmensas regiones, pero ante todo de la enseñanza del catecismo, “al español en lengua romance y al indio en su lengua”. Pues eran los misioneros quienes debían asumir a sus interlocutores, ya que éstos no tenían un instrumental cultural apto para un diálogo en el mismo plano. Si primero se evangeliza con mímica y luego con intérpretes, finalmente se aprenden las múltiples lenguas, se elaboran sus diccionarios y gramáticas, aparecen los catecismos en quechua, aymará, etc. Y respecto al Río de la Plata será esencial la obra del franciscano Luis de Bolaños, íntimo del primer gobernador criollo Hernandarias y que traduce el catecismo al guaraní. El primer sínodo habido en el Río de la Plata, realizado en Asunción (1603), aprobará el catecismo de fray Bolaños, y ésa será la base de la evangelización de las Misiones Jesuíticas.

URUGUAY ENTRE EL OBISPADO DE BUENOS AIRES Y LAS MISIONES JESUITICAS

Ya con la expedición del Adelantado Diego de Mendoza llegaron los franciscanos al Río de la Plata, donde cumplirían un papel preponderante. Con la creación de la diócesis del Río de la Plata por el Papa Pablo III – el mismo que convoca el Concilio de Trento y aprueba la formación de la Compañía de Jesús – el primer obispo será el franciscano Juan Barrios, quien llega a Asunción en 1536. Menos de un siglo después, en 1620, la diócesis se desmembrará en dos sedes episcopales: Asunción y Buenos Aires. El primer obispo de Buenos Aires, con jurisdicción en nuestro territorio, será fray Pedro de Carranza, carmelita. Bajo su período se implantaron las primeras reducciones franciscanas en el Uruguay.

El gran impulsor de las reducciones franciscanas en la cuenca del Plata será fray Bolaños. El sistema de la reducción había sido especialmente recomendado por el Concilio de Lima: se trataba de reunir a los indios dispersos en pueblos, para poderlos convertir y a la vez promoverlos a una vida civilizada, al margen de todo contacto con los blancos, ávidos de mano de obra. Esta política misionera y civilizadora no fue posible en las etapas iniciales de la conquista: es una decantación de la experiencia que se emprende en gran escala en el siglo XVIII. Será el esplendor del espíritu misional, lejos de la “espada”. Los franciscanos serán los primeros, pero sus reducciones no tendrán la adecuada organización socio-económica. Las de la Banda Oriental desaparecieron. Sólo sobrevivió la de Soriano, que se hallaba en la isla del Vizcaíno y que se trasladó en 1708 al lugar que hoy ocupa. Las fechas del período fundacional son imprecisas. Así se relata la llegada de fray Juan de Vergara (y no de Bernardino de Guzmán) a la Banda Oriental y en su contacto con los indios “les dio a entender la sustancia de su viaje en muchas pláticas que le hizo, y los dichos indios, como era cosa tan nueva para ellos, lo fueron oyendo y comunicando entre ellos y en efecto vinieron a pedir el santo Bautismo más de doscientos varones y hembras que les administró el dicho Padre y le dijo Misas cantadas y rezadas, que asistieron a ellas los que eran ya cristianos y le pidieron les diese Padres que se quedasen con ellos, y se les prometió, y cuando trató de su vuelta se ofrecieron a venir con su Paternidad los caciques Principales, que se trajeron consigo en servicio del dicho padre con sus mujeres e hijos, y vino a presencia del dicho señor Gobernador y dio cuenta de todo lo hecho, que con el señor Obispo y todo el pueblo se celebró mucho, dando infinitas gracias a Dios de tan buenos sucesos”. Así comenzó la historia uruguaya. Dice Ordoñana en sus “Conferencias Sociales y Económiucas” (1883) que en Soriano hay que buscar la base de la nacionalidad oriental, pues “en aquel apartado rincón de la República se hicieron las primeras roturaciones agrícolas, se enseñaron las primeras letras, se trenzaron los primeros tientos, se cruzó el primer telar, bulló el primer jabón, se hizo la primera mazamorra y se oyeron también, en el místico canto de su iglesia, las primeras melodías musicales.” Sin embargo, este primer empuje que alcanzó a guenoas y charrúas, no logró formar un auténtico centro de irradiación. La entrada desde el sur, desde Buenos Aires, se atrofiaba y parecía por el contrario abrirse por el norte del Uruguay, por la expansión de las Misiones Jesuíticas.

Es en la época de Hernandarias que los jesuitas llegan al Río de la Plata e inician desde Asunción su gigantesca empresa – prolongada por siglo y medio – de las Misiones de Paraguay, que abarcó a los siete pueblos del Uruguay (desde el siglo XIX incorporados a Río Grande del Sur) y cuyo ámbito se extendía hasta el río Negro, en la Banda Oriental, la “Vaquería del Mar”. Imposible realizar aquí un examen de esta historia, cuya finalización está con Artigas y Frutos Rivera, pero es conveniente dar noticia de: 1) la significación de la Compañía de Jesús, pues tiene implicaciones hasta el proceso de “secularización” del siglo XIX, y 2) las Misiones Guaraníes, que juegan un rol originario en nuestra historia y cuyas etnias serán decisivas en la formación de nuestro mestizaje, paisanos y gauchos.

La Compañía de Jesús fue en siglo XVI el alma del Concilio de Trento y la Reforma católica, en la Europa de la gran crisis del protestantismo. Ignacio de Loyola sentó las bases de esa nueva “milicia”, reflejo del mundo moderno en la Iglesia católica. En vista de la sujeción de los episcopados a los Estados, de la debilidad del Papado en la tormenta, liga a los jesuitas directamente al Pontífice, rompiendo con los particularismos: prohíbe aceptar “dignidades” fuera de la Compañía. Por otra parte acentúa la “mundanidad” de los mendicantes, insistiendo en la “actividad en el mundo”, en la educación de la “voluntad”, en la formación “individual”, que culmina en los ejercicios espirituales, y una larga preparación intelectual para ser aptos a la “obediencia” de estar disponibles para la misión en cualquier país. Y finalmente, ante los reformadores Lutero y Calvino, que acentúan la trascendencia, la Predestinación y Gracia de Dios, indica por el contrario: “No debemos…instar tanto en la Gracia que se engendre veneno para quitar la libertad”. De tal modo los jesuitas, ascéticos y activos herederos del humanismo renacentista de Erasmo, generan grandes teólogos del Siglo de Oro, como Molina y Suárez, sostenedores de la libertad humana en la gran disputa de la justificación, que no sólo fue esencial con los Reformados sino en la Iglesia católica, donde teólogos dominicos eminentes como Melchor Cano y Bañez defendían las posiciones más próximas a las calvinistas. Es, en relación a Dios, la misma discusión que se desencadenará en otro plano, desde “abajo”, con el materialismo del siglo XIX: libertad y determinismo. Y esto es relevante, pues en el trasfondo cultural de América Latina, dada la importancia decisiva que tuvieron entonces los jesuitas, hay como un “molinismo” espiritual básico. Es lo que está en la génesis de esa constante “humanista” que, con variados rostros, una y otra vez, se manifiesta en América Latina.

Las Misiones Guaraníticas fueron la culminación del esfuerzo misional en América, su obra más cumplida, aunque finalmente frustrada. Se organizó un vasto sistema social, un colectivismo agrario sostenido por el excedente ganadero y la yerba mate, donde la evangelización iba a la par de la promoción indígena. Lo que iniciara Vasco de Quiroga en México, inspirado en la Utopía de Tomás Moro, alcanzó la insospechada grandeza en el Río de la Plata. La más honda antítesis de la Cruz ante la Espada. El método evangélico fue asumir, depurar, transfigurar la aborigen “religión de la naturaleza” y abrirla desde dentro de la Revelación. De ahí la conjunción singular de modos culturales indígenas y cristianos europeos. En otros lugares, especialmente en las etapas iniciales y en México, se procedió con la orden de “derribar y derriben, quitar y quiten los ídolos, aras y adoratorios de la gentilidad y sus sacrificios”. El asunto encierra una grave cuestión. No sólo significa la primera impresión de desconocimiento ante las religiones paganas indígenas, sino como una radical negación que se juzgaba necesaria para el camino de la “fe”, y donde las formas paganas son más obstáculo que prefiguración. Para quienes afirman la pura irrupción trascendente de la “fe”, la “religión natural” es mera idolatría y antropocentrismo. Para quienes ven en la naturaleza signos anticipatorios de Dios, la fe es también consumación, plenitud y no solo ruptura, y por ende hay una positividad inherente en todo paganismo. Aun hoy la cuestión no está cerrada, pues en una oscilación propia del cristianismo, y suele contraponerse “religión” y “fe” al modo de Barth, calvinista, o al de Bonhoeffer, luterano, o por el contrario conjugarlas, lo que es más característico del catolicismo. De ahí dos tentaciones distintas: se ha dicho que el catolicismo tiende más a la contaminación y el protestantismo a la disociación.

Nuestras misiones guaraníes estaban en la margen izquierda del río Uruguay, con los siete pueblos de San Francisco, Borja, San Nicolás, San Luis Gonzaga, San Miguel, San Lorenzo, San Juan Bautista y Santo Ángel. En el período de expansión jesuita, el gobernador Céspedes les encargó en 1626, abordar la tarea de poblar y organizar el Uruguay. Por eso Pastells llama a este acto “fundación del Uruguay”. Pero no tuvo proyecciones efectivas y la Banda Oriental se configurará esencialmente desde el mar, con Montevideo, un siglo después, a partir de 1726.

MONTEVIDEO, CONTEMPORANEO DE LA ILUSTRACION

Debe recordarse que fueron mil tapes, asistidos por los jesuitas, los que levantaron las construcciones de Montevideo. Pero terminados los actos fundacionales, el obispo nombra al primer cura vicario, que fue José Nicolás Barrales. En la primera reunión del Cabildo, el 30 de enero de 1730, se deliberó sobre la asistencia religiosa al nuevo poblado; luego de tomar providencias para la construcción de la Iglesia Matriz y sostenimiento del párroco, se resolvió pedir la venida de religiosos franciscanos. Nacía así un nuevo foco de irradiación desde el sur, núcleo del futuro del país, el “benjamín” borbónico.

Montevideo surgió como respuesta a las infiltraciones portuguesas e inglesas de la Colonia del Sacramento, recuperada siempre por la intervención decisiva de los indios de las Misiones. Pero será el primer gobernador de Montevideo, Joaquín de Viana, quien tendrá intervención prominente en la Guerra Guaranítica (1754 – 1756), por la que España entrega las Misiones Orientales al Portugal. Aquí se inicia el desmoronamiento de las Misiones Jesuíticas. Luego, en 1767, culmina el proceso: es la expulsión de los jesuitas por Carlos III. El vacío que dejan será cubierto apenas por los franciscanos. Es de señalar que a medida que iniciaba su ocaso el centro interior de las Misiones, levantaba su estrella el villorrio marítimo de Montevideo. El crecimiento económico-social del Río de la Plata adquiría pujanza y la administración borbónica crea en 1776 el virreinato del Río de la Plata.

La vida religiosa montevideana discurre en las tradiciones hispánicas, en especial impulsadas por el Concilio de Trento, que afirmaba el deber de propagación de las doctrinas eucarísticas (negadas por el protestantismo), la exposición del Dios sacramentado y las preces y rogativas públicas. La más solemne de las festividades era la procesión de Corpus Christi. Es la afirmación de la dimensión material del Misterio Cristiano, contra el subjetivismo y el “espiritualismo” de las significaciones. También está en pleno vigor el culto mariano, el misterio de la Inmaculada, las múltiples imágenes de la Virgen, que es la naturaleza sanada y sobrelevada a su plenitud, visible, no negada como lugar corrupto por esencia: de ahí la proclamación de la realidad de las especies sacramentales y el culto al Santísimo Sacramento. Esa carnalidad católica era vista como superstición o magia de los protestantes, más ligados a la absoluta trascendencia de Dios y su gracia, separados de la “imagen” que aparecía como degradación mundana. Por otra parte, las representaciones católicas acentúan la “humanidad” de Cristo, su imagen sufriente, su realismo intenso, y manifestaba más la esperanza de la misericordia de Dios que el temor a la severidad de su justicia: de ahí la devoción al Sagrado Corazón. No hay una distancia tan infinitamente infranqueable con Dios: no sólo por la Encarnación, sino que la comunidad humana tiene una radical comunicación de sus méritos, ningún acto queda cerrado en el “individuo”, la flaqueza de uno puede ser rescatada por la asunción y mediación del otro: hay un Cuerpo Místico creciente en el seno de la humanidad, que convive como totalización más allá de los límites espacio-temporales: de ahí el sentido de la Comunión de los Santos, la intercesión, la inagotabilidad de los mejores, aquí y ahora, de los “santos”. Los hombres pueden “mediar” con Dios, no Dios solo, a solas. Pero todo, es claro, en y por Cristo.

La población de Montevideo y de los otros pueblos que iban apareciendo (Canelones, Paysandú, San Carlos, etc.) tenía una instrucción religiosa que no superaba la del catecismo. El modelo era entonces el catecismo romano, aprobado luego de Trento. Véase cómo el catecismo de Lima, el de Toribio de Mogrovejo, se refería a la religión pagana indígena: “Pues ¿por qué los cristianos adoran imágenes de palo y metal, si es malo adorar ídolos? Los cristianos no adoran imágenes de palo o madera por sí mismas, como los idólatras […] mas mirando lo que ellas representan, adoran a Jesucristo en la Cruz”. “Pues el sol, la luna, las estrellas, las cumbres de los montes, los ríos y fuentes, la tierra fértil y las otras cosas que adoran los indios gentiles, ¿no son Dios? Nada de eso es Dios y quien los adora enoja a Dios y le quita honra…Pues ¿qué es el sol, la luna y lo demás? Son obras de Dios, que él formó para que sirviesen como Él mandase; y eso confesamos diciendo que nuestro Señor es Creador del cielo y la tierra”. Pero más difundidos fueron los catecismos mínimos, inspirados más en el “racionalismo catalogador” del catecismo de Gaspar Astete (1537 – 1601), de fórmulas breves, sin explicaciones, que insiste en la “numeración”: hay “siete” pecados, primero, segundo, etc.; “siete” virtudes, primera, segunda, etc.; tantos sacramentos, cuantas obras de misericordia, etc. Todo resumido en “cuatro” puntos: primero, saber creer; segundo, saber bien pedir; tercero, saber bien obrar; cuarto, saber bien recibir. Se define por el moralismo, la sequedad y el ejercicio de la memoria. ¡Por Astete pasaron generaciones de latinoamericanos hasta el 900!

Sólo a finales del siglo XVIII, con el rápido progreso de Montevideo, aparecieron más altas exigencias. La enseñanza, iniciada por los jesuitas, ejercida por los franciscanos, concentrada en el convento de San Bernardino, adquiría nivel “secundario”: había lectores de filosofía y alguno fugaz de teología. Será el magisterio de fray Benito Lamas, maestro de la generación de la Independencia. Así, como es lógico, los primeros “intelectuales” fueron sacerdotes: Pérez Castellanos, Dámaso Larrañaga, Martínez (autor teatral) y el mencionado Lamas. También, acorde con su nueva situación, Montevideo aspira a ser Obispado. Fue una reacción contra el reciente obispo de Buenos Aires, Benito Lué, cuyos desplantes en su visita a las parroquias originó descontento. Corría el año 1804. Se erigen nuevos curatos en el interior: Santísima Trinidad de Porongos, Paysandú, Cerro Largo, San José, Concepción de Minas, el Pintado y Yí. Bauzá ha destacado la labor fundacional de pueblos por los curas que se internaban en nuestras cimarronas campañas.

Cuando emergía Montevideo, en la lejana Europa era el empuje de la Ilustración, de la Enciclopedia, de una creciente lucha intelectual secularizada contra la Iglesia católica, que se encontraba en la más grande decadencia; por un lado perdiendo las “élites” intelectuales; por el otro, sometidos sus obispados al “regalismo”, convertidos por las monarquías en “carrera” para la nobleza. Y es la mayor marginalización histórica del Papado. Se difundía una nueva religión natural, muy distinta a la primitiva: era racional, afirmaba a Dios pero negaba la Encarnación. Un deísmo que no anunciaba la posibilidad de la Palabra de Dios en la historia, sino que surgía como negación de esa posibilidad. Era una derivación de las guerras de religión, de la división fratricida cristiana, de la multiplicación de las Iglesias y sectas. ¿La verdad no es una? Eliminemos lo que divide, reconozcamos sólo lo común: Dios. Así se lograba una universalidad y una reconciliación que la división cristiana impedía. Las religiones positivas, históricas, se vuelven degradación, superstición, o meras envolturas simbólicas de lo mismo. Era la unidad genérica, por abstracción de lo diferente, no la unidad por asunción, purificación y transfiguración de lo diferente en la unidad a que apunta, realizándose históricamente. Un Dios tan racional y a la vez ajeno, sin diálogo, pronto sería prescindible para muchos y la Naturaleza volvería a ser la Totalidad, panteísta o materialista, pues el “Todo es Dios” y el “Nada es Dios” son perfectamente convertibles entre sí. La Iglesia católica se convertía en el colmo de la superstición, que las “luces” debían abatir. Esto se agravaba con el sometimiento de la Iglesia por las Coronas, que hasta imponen al Papado la disolución de la Compañía de Jesús. El infortunado Papa Clemente XIV clamó: “Me he cortado la mano derecha”, y Voltaire, al conocer la noticia, anunciaba: “¡Dentro de veinte años ya no habrá Iglesia!”. La predicción no estaba del todo despistada: poco años después el gran turbión de la Revolución Francesa, los dos movimientos señalados llegan a su apogeo: por un lado, el “regalismo” culmina con la Constitución Civil del Clero y, por otro, Robespierre celebra la fiesta de la Naturaleza, el Culto de la Razón en Nôtre Dame, y la República establece el culto del Ser Supremo. Luego, el Directorio daba sus instrucciones: “Este viejo ídolo, este lama de Europa, va a ser destruido; así lo reclama la libertad y al filosofía….El Directorio quiere que, llegado el momento, el Papa desaparezca del todo, y con él, esta religión”. El octogenario Papa Pío VI moría cautivo en Francia. Y luego, cuando en 1810 comenzaba el movimiento independentista americano, el Papa Pío VII era a su vez prisionero de Napoleón.

Si en el movimiento general de la época los Borbones aumentaron la sujeción de la Iglesia católica al poder civil, y alcanzaron el Concordato de 1753 las más enormes prerrogativas, especialmente en las rentas, que pasaban a manos del Estado, la Ilustración española se caracterizó por no romper con el catolicismo, aun en su empresa modernizadora. Fue sí más flexible y tolerante que los Habsburgos, cuya mentalidad era de sacristía. Un nuevo clima ideológico, más liberal, más “laico” penetraba en las Indias. En el Río de la Plata, convertido en emporio comercial, indica Rómulo Carbia que “en las Capitulaciones del asiento negrero de los ingleses se instituyó que podían actuar, en la llamada Compañía, hombres de todas las ideas religiosas, con la única condición de no escandalizar a los católicos ni lesionar sus creencias”. Es la primera fisura oficial. Y ya en 1783 el obispo de Buenos Aires dejaba constancia de la frecuencia de los que él llamaba “delitos” de “protestantismo, herejía o judaísmo”. Finalmente las invasiones inglesas de 1807 hacen irrumpir abruptamente el protestantismo en nuestro ambiente. Desde febrero a setiembre de 1807, la “cristiandad indiana” conoció un interregno “pluralista”: vio la celebración en sus ritos de diversas confesiones no católicas, dando el espectáculo pacífico de la convivencia de religiones cristianas diferentes en Montevideo. En la tradición de Locke la tolerancia era la esencia misma del cristianismo. De hecho, la hegemonía católica rioplatense se vio confrontada por primera vez con un espíritu liberal moderno, fruto de la diversidad de direcciones del protestantismo en Inglaterra, donde debían coexistir. Allá los excluidos eran los católicos. De todos modos, esta irrupción del protestantismo, en versión distinta de sus momentos originales de la Reforma, no pasó de una sorpresa. Pero ya estaban los anuncios de una nueva época. 

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