EL URUGUAY COMO PROBLEMA. GEOPOLÍTICA DE LA CUENCA DEL PLATA.

Prólogo por Arturo Jauretche (A la edición de 1971)

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Este que usted acaba de abrir es uno de esos pequeños grandes libros que ocupan poco lugar en la biblioteca y mucho en la cabeza del lector, como, por ejemplo, La Lucha por el Derecho de Ihering, que es para mí modelo de los pequeños grandes libros. Creo además que éste tiene, para la visión geopolítica de la Cuenca del Plata, una importancia tan grande como aquél la tuvo en la esfera más general de su tema.

La dedicatoria que generosamente me ha hecho el autor pudiera inhibirme para este prólogo a la edición porteña -que sucede a las dos montevideanas- pero no pude excusarme por las mismas razones que ella explica sobre el frustrado propósito de una colaboración sobre la base de comunes puntos de vista.

Tal vez sea mejor que los dos trabajos, el mío Política y Ejército de 1957 que reeditaré actualizado próximamente, hayan salido por separado, pues obvian las inevitables dificultades - por mayores que sean los acuerdos- que crea el hecho de ser los autores hijos de las márgenes opuestas del Plata.

Sería ocioso decir que este prólogo tiene que ser necesariamente corto para estar a tono con el libro prologado: debe ser breve, y más si no es bueno y no le cabe lo de Gracián.

De entrada nomás, el autor nos pone frente a la médula del asunto: “El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur y la incertidumbre de su destino afecta y contamina de modo inexorable y radical al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia”. Seguidamente afronta las dos caras del contemporáneo problema oriental: la crisis del Uruguay en sí -diríamos la cara interna- y lo que el Uruguay significa en la Cuenca del Plata por su inevitable incidencia en el conjunto geopolítico, es decir, la cara externa. Es que, como lo dice, “la República del Uruguay es la piedra clave de una bóveda que articula los cuatro países concurrentes en la cuenca platina”.

Este libro cuida de no adoptar el tono magistral para exponer un sistema de ideas; con gran humildad el autor personifica éste, vitalizándolo, en una lograda tentativa de interpretación del pensamiento de aquel gran caudillo que fue Luis Alberto de Herrera. Después de leerlo recién se comprende bien al extraordinario conductor que vivió permanentemente el drama de una situación equìvoca y ambigua, porque, tal vez único sabedor de la incertidumbre y del riesgo del destino de su patria, debió actuar siempre como compensador en la balanza de los acontecimientos. Recién ahora en el Uruguay se toma conciencia -aparentemente como efecto de la crisis económica- de aquello que angustió al político blanco, que por encima de todos, blancos y colorados, tuvo siempre presente las implicancias geopolíticas de la derrota del artiguismo a manos de porteños, brasileños y británicos.

No se limita Methol Ferré a plantear el ineludible problema geopolítico que la crisis actual del Uruguay trae a la boca del escenario rioplatense. Analiza también esa crisis en su aspecto económico y aporta al conocimiento de nuestros problemas comunes, de argentinos y uruguayos, las más lúcidas interpretaciones que conozco y que resuelven la aparente contradicción de considerar a nuestros países como subdesarrollados, en cuanto sólo productores de materias primas, mientras exhiben un desarrollo mucho más amplio que el de los países del Tercer Mundo y que en ciertos aspectos les da la apariencia de los países metropolitanos. Se trata de la situación privilegiada de los países ganaderos en las condiciones del mercado mundial uni-concéntrico y la renta diferencial. La tierra casi sin aporte de capital ni trabajo humano -por una cibernética natural, imagen que arriesga el autor- producía a costos tan inferiores a los de la metrópoli mundial que la importación de sus frutos era prácticamente una subvención al salario, en el momento en que la revolución industrial provocaba el ascenso del consumo en las masas de una sociedad enriquecida por ésta y por el saqueo de África y Asia. Los costos eran tan bajos, en relación a los metropolitanos, que, a pesar del bajo precio y de que el grueso de los márgenes era también absorbido por el aparato económico financiero del imperio -transportes, seguros, fletes, servicios de deuda- y dilapidado por los terratenientes locales, quedaba lo suficiente para el desarrollo de las clases medias y un pequeño proletariado originado en una industria primaria, que servía a los consumos no importados excepcionalmente, o las necesidades que originó la creación de la infraestructura económica agropecuaria. También una capacidad fiscal que permitió al Estado realizar labores correspondientes a una sociedad moderna en desarrollo.

Cuando esta situación se fue deteriorando, el Uruguay no tuvo, como la Argentina, la posibilidad de crear, en más amplio y diverso espacio, actividades compensatorias.

Batlle en cierto modo, socializó gran parte de la renta diferencial a través del impuesto y la estatización de empresas. Los terratenientes uruguayos fueron menos ricos que los argentinos, y una numerosa clase media culturizada fue creciendo a la sombra de la burocracia y de los institutos de previsión en que se prorratearon los recursos fiscales obtenidos. El Uruguay se convirtió así en un país símbolo de la estabilidad que parecía promovida por la eficacia de las instituciones democráticas. Lo cierto es que confundían el efecto con la causa.

Señala Methol Ferré cómo la falsa historia contribuyó a crear la ficción de la “insularidad” uruguaya que produjo por consecuencia, en el país, una conciencia política eminentemente abstracta. Fue una historia “de puertas cerradas” que mostraba el país como creado exclusivamente por “una causalidad interna”, cosa que conocemos perfectamente aquí, pues se llama revisionismo incluso a la elemental tentativa de vincular los hechos con el movimiento contemporáneo del resto de la historia del mundo y en particular de nuestra América, que es lo que no quiere hacer la historia oficial. A su vez hay otra historia que obedece sólo a pura causalidad externa: esta es una historia, dice el autor, tan de “puertas abiertas” que no deja casa donde entrar. Esta ha sido preferida por las izquierdas tradicionales en su importación de esquemas.

Sobre este tema no se puede ser más acertado que Methol Ferré para caracterizar ambas actitudes y esto me obliga a transcribir los párrafos en que hace la síntesis: “Nos escindíamos en pueblerinos y ciudadanos del mundo.

Palco avant scene o mecedora en el patio del fondo. ¿Quién no recuerda sus profesores de historia americana ignorantes de la universal, y a los de universal, que se salteaban la americana? Así, de ‘una historia isla’ pasábamos a la evaporación, a las sombras chinescas de una ‘historia océano’ donde la historia se juega en cualquier lado menos aquí”.

Pero ¿a qué anticipar lo que Methol Ferré dice mejor en el increíblemente breve espacio de este libro fundamental?

Los uruguayos lo han leído. Léanlo ahora los argentinos.

En El Uruguay como Problema verán que el destino nunca se aparta definitivamente del pasado -se contienen recíprocamente- y que hay leyes inmutables que sólo se pueden contradecir por breve tiempo.

Ya estamos entrando en el momento crucial en que el pasado reaparece con sus leyes olvidadas y este libro lo explica con la angustia de un uruguayo que quiere encontrar soluciones uruguayas, argentinas y brasileñas para evitar que sean dramáticas o dictadas por otros intrusos.

Aquí podríamos terminar este prólogo ya demasiado extenso para libro tan breve y sustancioso. Pero la que se traduce es la segunda edición uruguaya, y ésta agrega a la primera un epílogo donde se comprueba que han desaparecido las condiciones que permitían circunscribir las soluciones a la Cuenca del Plata, como creía el autor en la primera. Todavía cuando ésta, era vigente aquello de Herrera que se cita: “Debemos mantener siempre el punto medio entre tamaratí y el Palacio San Martín, pero para ello siempre más cerca del Palacio San Martín”.

Ahí es donde el autor agrega: “El Uruguay es estratégicamente mucho más importante para Argentina que para Brasil. Éste domina con sus inmensas costas y situación, todo el Atlántico Sur. El Uruguay no le es vital. En tanto que, para Argentina, el Uruguay es cosa de vida o muerte, pues le controla su arteria de comunicación esencial con el resto del mundo: el Río de la Plata. El Uruguay está junto al sistema nervioso central de Argentina, el triángulo que forman Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Desde el Uruguay la vulnerabilidad argentina es total. Mientras que, por el contrario, el Uruguay no afecta ningún elemento decisivo del Brasil”.

Agrega así, en el Epílogo, un cambio de perspectiva, pues estamos en presencia de un desequilibrio creado por la política brasileña de expansión con apoyo de un respaldo imperial, EE.UU., que lo hace centro y mano muerta -pero aprovechada- de su acción. El equilibrio de la Cuenca del Plata era aún posible en la política de Perón-Vargas, o la tentativa retomada con Frondizi-Quadros.

Estas suponían un desarrollo armónico del Brasil, atento a su mercado interno y a su desenvolvimiento económico social. Pero bajo la dictadura militar, Brasil ha emprendido un desarrollo acelerado y expansionista confiado en el apoyo exterior para crear una economía de monopolios y concentración de la riqueza que le permite instrumentarse como potencia con sacrificio de su propio pueblo. Yo creo que eso es construir colosos con pies de barro que tampoco sirven para la eventualidad de la guerra moderna. En esta es inútil poseer costosos arsenales, ya que las armas envejecen aceleradamente, y no define la situación ni siquiera la provisión de armamentos, en la emergencia, por el imperio que respalda. (Algo tenemos que aprender del Vietnam, donde no ha bastado aquel recurso, y el imperio que está detrás ha tenido que “ponerse” con todo, a tal punto que no se sabe ahora cómo salir).

Ninguna guerra puede hacerse hoy sin contar con las masas populares y estas son más eficaces cuanto mayor capacitación tienen. (Aquí una digresión: en otra parte he señalado la imprescindible necesidad de identificar FF.AA. y pueblo, no desde el ángulo político, sino como necesidad militar) y es éste concepto que debe decidir a las fuerzas armadas para buscar el retorno de los gobiernos populares, salvando así su propio destino marcial y no policial; éste las fortifica para adentro en la medida que las debilita para afuera.

El actual desequilibrio en la Cuenca del Plata, que se irá haciendo más profundo, obliga a retomar la geopolítica sanmartiniana, en presencia de un hecho indiscutible que se percibe en todo el continente: el conflicto entre la América lusitana y la hispana que le ofrece a la Argentina la base vertebral de los procesos andinos.

En esta nueva escala de valores la Cuenca del Plata no es eje del proceso sino la Cordillera porque el problema se ubica en la dimensión continental que tiene, y Argentina se coloca en una posición mucho más fuerte que la que tiene en la Cuenca del Plata. La hegemonía del Brasil sobre todas sus fronteras es incontrastable y ya no se trata sólo del Uruguay, porque lo mismo pasa al Oeste que al Norte. Sólo Argentina puede vertebrar Hispanoamérica, pero si no hay Hispanoamérica sin Argentina, ya estamos frente al riesgo de que no haya Argentina sin Hispanoamérica, como consecuencia de haber opuesto la geopolítica de Rivadavia y de Mitre -atlánticas- a la del Pacífico, que fue la sanmartiniana y también la bolivariana. (Quiero imaginar que Argentina y el Uruguay hubieran sido aliados de Solano López, en la Guerra del Paraguay, en lugar de aliados de los Braganza. Basta pensarlo para percibir la incapacidad criminal de una política que era la continuidad de la que con Rivadavia le negó auxilios a San Martín para completar su empresa).

Aun ha habido cosas peores, como bajo Onganía, con el concepto de la guerra ideológica cuando se concibió un entendimiento brasileño-argentino contra el resto de América latina, operación sólo útil al Brasil porque tendía a destruir los puntos de apoyo argentinos, en una política de distancia que son precisamente los de resistencia al imperio republicano que en la guerra ideológica hacía su propia guerra nacional. Afortunadamente contra esto se ha reaccionado, en la conducción militar e internacional.

He agregado unas cuantas consideraciones personales que en mí ha suscitado el libro de Methol Ferré. Supongo que cada lector hará las suyas y entonces, entre nosotros, argentinos, este libro nos habrá servido, más que para conocer los problemas del Uruguay, para conocer los propios.

Los verdaderos maestros enseñan así: más que distribuyendo conocimientos, utilizando estos para producir reflexiones que se convierten en conocimientos pero no librescos, sino vitales y adecuados al mundo del que aprende.

Me costaría terminar este prólogo sin tener un recuerdo emocionado para ese Uruguay que termina como isla de paz, con aquella satisfecha visión del mundo que se reflejó en la frase: “como el Uruguay no hay”.

He vivido en el país hermano bastante tiempo, en dos oportunidades, y en dos edades, y exiliado las dos. Después de 1930 y después de 1955. En esta última época tuve que padecer la casi total incomprensión de un pueblo que todavía no había aprendido la saludable desconfianza con que se deben leer los periódicos. A pesar de ello la amabilidad, la buena voluntad, y la generalidad de los orientales superaba ese desencuentro y mucho más a medida que el Uruguay iba saliendo de la isla estratosférica que quería ser, cuando la realidad empezó a reclamar sus derechos ante el agotamiento de la estructura económica que explica el autor de este trabajo.

Aprendí -lo sabía ya desde el primer exilio- que al oriental tipo había que encontrarlo un poco lejos de Montevideo no a causa de Montevideo mismo, sino por su nefasto papel de diario. Este oriental tipo es un hombre reposado, que habla un lenguaje perimido entre nosotros y que conserva hábitos y costumbres mucho más hispánicas que las nuestras. Allí bajo el alero de algunos ranchos he visto caer las tardes y he tenido una sensación tan de época, que por momentos me parecía ver desbordando el filo de las cuchillas a la gente de Aparicio, revoleando los ponchos. Desde allí también los conocí a los montevideanos y aprendí a ser su amigo -poco precio por la amistad que me dieron- y ya en la intimidad me volví a encontrar como cuando fui a Montevideo de criatura, entre los trece y los catorce años. La playa era la de Capurro, ahí sobre el puerto, y nosotros mirábamos el agua sin animarnos a entrar. Los argentinos, mejor los porteños, éramos los “barriga agujereada”que nos ahogábamos inevitablemente. Entonces nosotros les decíamos “carne de paloma”(1) a los orientales, supongo que por alusión a la abundancia de morenos y sus mezclas, cuando estúpidamente nos jactábamos de ser el pueblo blanco de la América hispánica. Recuerdo esos dicterios porque uno se da cuenta cómo todavía éramos una misma familia, pues la agresividad tenía ese carácter entre agrio y humorístico de las riñas fraternas que también se exteriorizaba en los partidos internacionales. Por ahí he recordado que mi padre no decía Salto -hablando de Salto, nuestro pueblo de ese nombre en la Provincia de Buenos Aires- sin agregar Argentino. Había que aclarar que no era el Salto Oriental -cosa que no ocurre ahora- porque era todavía muy confusa la línea que separaba una y otra banda; todavía en las guitarras andaba el “heroico Paysandú, yo te saludo... ”. Tal vez el lector encuentre estos recuerdos del Uruguay un poco extraños al prólogo y confieso que vacilé en agregarlos. Al fin pudo más mi necesidad de marcar con una nota la posición afectiva que tengo y que no se resigna a considerar los términos de un problema geopolítico con sólo los elementos, un poco sin alma, de esa ciencia.

Arturo Jauretche, 1971

(1) A propósito de “barrigas agujereadas” y “carne de paloma”. El cónsul argentino en Colonia, mi amigo Fernando Bracht, gran nadador, hace dos o tres años salvó a dos uruguayos que se estaban ahogando. Salió en los diarios y yo le escribí diciéndole que su hecho era extraordinario por su condición de “barriga agujereada”. Agregaba que seguramente no le anotarían en su ficha personal este acto “que sin embargo debe ser uno de los pocos éxitos de nuestra diplomacia en la vecina orilla”.

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