EL URUGUAY COMO PROBLEMA. GEOPOLÍTICA DE LA CUENCA DEL PLATA.

1. El Uruguay en cuestión

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El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia. Seguramente, sus repercusiones son aún más lejanas. Por eso, una reflexión sobre su historia, raíces y prospectiva compromete y está empeñada directamente con sus vecinos. Tanto para ellos como para nosotros, una distracción acerca del otro equivale a un olvido de sí mismos. El Uruguay separado de su contexto renunciaría a comprenderse y caería en la irrealidad tentadora del solipsismo político.

Que el Uruguay esté en profunda crisis, y ésta amenace más y más desde larga data, es sorpresa para todos, incluso, y en primer término, para los uruguayos, aferrados a su incredulidad. La ejemplaridad acatada del Uruguay, para América Latina y para los uruguayos mismos, era cosa juzgada; se presumía bien adquirido para siempre. El país se sentía venturosa y sensata excepción a las “bárbaras” tragedias latinoamericanas. Sin embargo, año a año, desde hace visiblemente por lo menos una década, la crisis ha avanzado paulatinamente, con algún reposo aparente, pero retomando fuerza para nuevos enviones. Una crisis no abrupta, sino lenta y pertinaz como la decrepitud. Pareciera que el país asistiera apático a su propio desmenuzamiento, como una vieja familia en desgracia, y que se abandonara inerme al peligro más grande que le acecha desde los tiempos de la Triple Alianza.

Es como si el sostenido bienestar uruguayo del siglo XX hubiera abotagado sus reflejos defensivos inmediatos, de tal modo que lo hiciera incapaz de elaborar todavía respuestas vivaces ante las nuevas incitaciones, que sólo le son deprimentes. Que se refugiara en el comentario de su propio malestar, en el espectáculo de su propio desgaste, en las protestas habituales. Que deseara utópicas “restauraciones” del tiempo mejor, imaginando que “buenas administraciones” serían suficientes y reparadoras. Que hombres honestos y frugales, o técnicos competentes ajenos a las transas de la política de clientelas, alcanzaran para las enmiendas requeridas. O que mentadas “reformas estructurales”, que no cuestionan la estructura misma del Uruguay como país, también fueran la salida posible y eficaz. Toda esta imaginería reaccionaria, aun bajo la máscara de extremismos verbales, afecta aún, de un modo u otro, a todas las clases sociales uruguayas, cuyas pautas y tonos comunes son propios de la clase media, moderada y moderadora por excelencia como ya sabía Aristóteles.

Un país detenido es también la vida atrancada de su población. La ausencia de dinámica y esperanza colectivas se configura en el desgranamiento de vidas individuales obturadas, en la pudrición de energías inmóviles o mal aplicadas, sin posibilidades objetivas normales de autorrealización y servicio.

Sociedad sin horizontes abiertos es hombre sin perspectiva. La emigración o el catre. Son estos tiempos de epidemia psicoanalítica en la sólida clase media montevideana, angustiada por la angostura de sus proyectos reales de vida y la acechanza atmosférica, cierta y omnipresente del deterioro general de sus condiciones de existencia. Por la frustración de la desembocadura paralítica en féretros burocráticos, albergues de una capacidad ociosa humana tan devastadora como la de nuestras industrias. Una clase media cebada por la seguridad, que puede pagar aún sus cuitas en el diván, asistir a polémicas sobre las guerrillas por televisión, pero no puede asumir en la calle ninguna cura política. La multitud de los solos carece de tarea común y es un reino de mezquindades y ensueños. El marasmo político traduce su desasosiego en marasmo psicológico. Aún las psicologías crispadas no se han hecho nueva política. Sólo son el acabamiento de la política tradicional.

Sin embargo, el empeoramiento progresivamente acelerado del país, los rumores de “intervenciones” en ciernes de “gorilas” argentinos y brasileños, va generando las preguntas más inquietantes. Si los pueblos satisfechos quedan al margen de la conciencia histórica, la ruptura de sus gratificaciones y beatitudes les hacen volver a la historia. Pues la apatía uruguaya no sólo es inercia de buenas costumbres, sino también inconfesable sospecha acerca del destino del país. El futuro del Uruguay, ¿es realmente posible? Hay apatía porque no ve salida histórica; se está a “puertas cerradas”. Delante hay un muro. Es el asomo y recelo de que no hay solución puramente uruguaya para el Uruguay. ¿Y entonces qué?

Si el presente uruguayo compele a tales dudas colectivas es porque nos expone obstáculos sobre los que no se tiene conciencia clara, y esto nos obliga a todos a remontar a los orígenes para retomar la realidad. Hay momentos en que los países son urgidos a “re-contar” su vida, para hacerse cargo de ella plenamente o librarse a la deriva. Lo que es el Uruguay, nos lleva a lo que fue, para elaborar el será. Vamos así a lo esencial.

Los nacimientos, en todos los planos, deciden. Y bien, a tono con la moda, es forzoso comenzar por el trauma de nacimiento uruguayo. No hay uruguayo que no sepa, en el fondo del corazón, que el Uruguay nació a la historia como “Estado Tapón”. Es un fantasma persistente, no eliminable por las empecinadas acrobacias para censurarlo de nuestra vieja historiografía. Es el saber de todos más intensamente reprimido, abismado en el inconsciente por ser el más perturbador. Y esa vulgaridad es la que vulgarmente no se toma en cuenta, como punto de partida consciente para una verdadera reflexión sobre nosotros mismos. Y sabemos que intentarlo suscita nuestras más espontáneas e incluso saludables resistencias. Pretendemos actuar como si no fuera así y nos exponemos a un contrasentido básico. Y un error u omisión de base corrompe toda conclusión. Por ello, la crisis no exige comenzar por responder con la catarsis de la verdad.

¿Qué significa entonces el Uruguay como Estado Tapón? ¿Qué tapona y para qué? ¿Al variar los contextos históricos varía su significado? ¿Acaso ha dejado de ser Estado Tapón? ¿Acaso sus funciones son otras? ¿Qué es entonces para nosotros “política internacional”? ¿Hasta qué punto nuestra política nacional, interna, se hace también política internacional? O viceversa. Es en este sentido que entendemos la pregunta primordial sobre el Uruguay en Latinoamérica y en el mundo. Es, además, la pregunta que condiciona todas las preguntas.

Se trata así del Uruguay en su actualidad histórica y sus raíces, bajo su aspecto político-económico más general. Nuestra intención será exhibir los supuestos esenciales, sin derivar en detalles secundarios. El esquema no será por cierto exhaustivo, pero puede ser un punto de partida para lo que se quiere: volver a discutir todo lo que nos atañe como uruguayos. Más que respuesta cabal, que sólo podrá darla la práctica colectiva, debe entenderse lo que sigue como un mayor encuadramiento del problema. No son solución, pero sí principio de toda solución posible. De tal modo, no se hará más que comprobar y confirmar el alcance de la pregunta fundamental, remitiéndonos a su contexto histórico.

Nos interesa pues el Uruguay Internacional, en su faz interna y externa, y en su dialéctica, en su compenetración mutua, de tal modo que lo interno se haga un “momento” de lo externo, y lo externo un momento de lo interno, y así las dos fases del país rueden, una momento de la otra.

Una última advertencia. Este trabajo fue presentado en abril de 1967 al Instituto de Economía como contestación a la pregunta “¿Cuáles son las posibilidades de independencia real, si es que existen, de un país como el Uruguay?” Sólo se le han introducido algunos agregados de detalle. Y es muy significativo que este enfoque se integre en un nuevo empuje de la preocupación histórica por el Uruguay, que en este año '67 está en pleno reflorecimiento, desde muy interesantes publicaciones hasta sonados programas televisivos. Ya alrededor del año '61 se había producido un primer empuje de “revisión” histórica, que luego pareció languidecer. Y ahora rebrota con nuevos bríos, coincidente así con los dos momentos de rotación de los dos grandes partidos tradicionales en el poder, arrollados e impotentes ante la crisis. Incluso podemos señalar un estudio de Arturo Ardao, publicado en agosto; “La Independencia del Uruguay como problema”, cuyo título y contenido son convergentes con el nuestro. Síntoma también de la hondura de la crisis, cuando se viene a dar en semejante pregunta por tantos lados.

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