EL URUGUAY COMO PROBLEMA. GEOPOLÍTICA DE LA CUENCA DEL PLATA.

2. Génesis Internacional de Uruguay

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Ante todo, una sinóptica excursión geopolítica. Los pequeños Estados dependientes carecen de conciencia geopolítica, salvo condiciones excepcionales. La idea de los grandes espacios geopolíticos y sus relaciones les es vitalmente ajena, puesto que están como sumergidos en sí: o integran de modo relativamente pasivo el espacio de una gran potencia, o se mantienen libres, oscilantes, neutralizados, garantidos, en los puntos de fricción en que se contrarrestan recíprocamente los espacios políticos de las grandes potencias. Estas son geopolíticas por antonomasia, por ser actores, y tienen extremadamente afinado su “tacto exterior”. La ciencia geopolítica ha florecido en las grandes potencias. Sus clásicos, el inglés Mackinder, el yanqui Mahan, el alemán Haussoffer, son expresión de “burguesías conquistadoras”. Así, no es anormal que los uruguayos, fruto de una praxis geopolítica extraña, tengamos esto oscurecido, víctimas de un tacto limitado a lo interno. Y aunque ese tacto interno se distorsione de continuo por las presiones reales y espejismos exteriores o se trasponga mecánicamente hacia el extranjero. Sueños exóticos no son política exterior. Es que recibimos los espacios y su dinámica económica-política, más que los construimos. Tenemos ojos pero no manos. ¿Cómo saber lo que no hacemos ni podemos hacer? Lógica es la rareza de un sentido geopolítico uruguayo, y esto no delata más que nuestra casi ausencia de la política internacional.

Se ha dicho que los instrumentos propios de la política internacional, congruentes con las incidencias económicas, pueden simbolizarse en dos figuras: el Soldado y el Diplomático. Tenemos los símbolos, pero no la realidad. Nuestro ejército es más bien un minúsculo rubro de burócratas y nuestra diplomacia, más bien sociabilidad y turismo dilatado. Objetivamente, casi no tienen tarea, como en ningún país pequeño. Es que las Grandes Potencias lo son por su capacidad de “intervenir”, las pequeñas por su grado de no intervenir. Entre los límites absolutos del puro intervenir y el puro no intervenir se despliega la realidad viviente, con toda una graduación de posibilidades y modos. Somos de los que no intervienen, pero en tanto existimos, algo intervenimos, algo somos intervenidos. Debemos saber entonces, tal es la pregunta, nuestro modo peculiar de intervenir y no intervenir. Las condiciones de esa peculiaridad es lo que importa. Y para eso, lo mejor es el repaso de elementalidades algo descuidadas o demasiado implícitas.

¿Cuál es nuestra posición internacional? ¿Cómo se ha definido nuestra situación geopolítica? Primero esbozaremos apretadamente las coordenadas generales, luego las específicas del Atlántico Sur y la cuenca del Plata siguiendo el curso histórico.

El sencillo esquema de Halford Mackinder divide a las tierras de nuestro planeta en dos grandes masas: la Isla Mundial (Eurasia y África) y la Isla Continental (América). La Isla Continental está separada por el foso protector de los océanos. Y la historia del hombre le vino pausadamente a través de milenios desde el Océano Pacífico y Asia, pero se incorpora realmente a la historia universal desde Europa y el Atlántico, hace apenas cinco siglos. Las potencias europeas en lucha terminan escindiéndola y unificándola en dos grandes áreas: la anglosajona y la latina. Nacemos entonces bajo la hegemonía del Imperio Hispánico, el primero en dar la vuelta al mundo. Pero a Magallanes le siguió el pirata Drake. Y España en su retroceso histórico hace lugar desde la Independencia al predominio del Imperio Británico, que a su vez lo va cediendo al Imperio Yanqui, llegado con el siglo XX y consolidado en la Segunda Guerra Mundial. Tres Imperios sucesivos signan nuestra historia.

El Imperio Hispánico es el creador de América Latina, ámbito mestizo en que los occidentales de la Isla Mundial se mezclan con sus orientales, llamados genéricamente “indios”. América Latina es hija de esa confluencia de Oriente y Occidente. Pero es el mundo hispánico el que fija su unidad lingüística, cultural y religiosa de base. En la Isla Continental se proyecta de modo gigantesco la gran fractura entre el sur y el norte europeos, contemporánea del descubrimiento y colonización, la Reforma y Contrarreforma, que aquí se instalan en espacios separados y se desarrollan sin convivencia mutua. El Imperio Hispánico tiene sus centros en el Caribe -el Mediterráneo americano- y en Lima en el Sur. Sólo en la etapa final se extiende realmente en los grandes espacios de la Cuenca del Río de la Plata. Por otra parte, la guerra incesante entre el poder inglés en ascenso y el español en declinación tiene hondísima repercusión en la configuración de América Latina. En efecto, engendra como consecuencia la frustración de la unidad nacional ibérica, secesionando al Portugal de España. Y esa unidad nacional frustrada se proyecta a su vez en América Latina, dividiéndola de Brasil. ¿Pues que es el portugués sino un gallego separado?(2) De esa lucha con el poder inglés que instrumentalizaba a Portugal como cuña, surgirá nuestro país. Nacemos de la tensión entre la Colonia del Sacramento y Montevideo, es decir, España y Portugal (Inglaterra). Venimos ya al mundo como frontera de conflicto y base de penetración en el Atlántico Sur y el corazón sudamericano.

El poder hispánico no tenía su centro en el Atlántico Sur, sino en el Pacífico, proyectándose sobre Asia. Pero las necesidades defensivas contra el poder anglolusitano le llevan a la creación del Virreinato del Río de la Plata y a la fundación de Montevideo. “La fundación del virreinato bonaerense es, principalmente, un capítulo más de la historia del Pacífico americano… se hizo pensando en convertir al Río de la Plata en el antemural indispensable para la defensa de la parte Sur del continente, más rica y más poderosamente organizada: el Alto y bajo Perú y su prolongación meridional, el reino de Chile”.(3)

Pero pronto el Virreinato adquirió consistencia e importancia propia, merced a la ganadería. Los asaltos del poder inglés se concentraban en los dos extremos estratégicos del Imperio Hispánico, y tuvieron por escenario Jamaica, Cuba, Panamá, en el mediterráneo caribeño; así como Buenos Aires, Montevideo y las Malvinas en el Sur, e incluso nexos con los bandeirantes en sus asaltos contra las Misiones Jesuíticas. Pero una nueva perspectiva abrió la crisis general del Imperio Hispánico por la ocupación napoleónica.

Desde dos siglos antes de la revolución americana, España iba siendo rebasada inexorablemente por la historia y pasaba paulatinamente a potencia de segundo orden, disputada y desangrada por el embate y la alianza alternativas con las dos primeras y firmes naciones europeas modernas, Inglaterra y Francia. Y cuando la guerra anglo-francesa llega a su paroxismo, determina la quiebra del decadente sistema español, empantanado en una monarquía semifeudal, a pesar de los esfuerzos esclarecidos de Carlos III. Primero Trafalgar remata a la flota española y deja al océano en exclusividad inglesa, reina de los mares: “Mar libre” y “libertad de comercio” fueron los nombres de la apropiación inglesa del mar. Luego la ocupación napoleónica en la península ibérica disgrega al Estado y corta a la economía española de sus reinos americanos. Así, el único suplente del poder español fue el poder inglés, que estaba dando el inaudito salto histórico de la Revolución Industrial y emergía, con una arrolladora dinámica capitalista, sobre el vasto mundo todavía agrario. América del Sur era un inmenso mercado vacante, y los ingleses eran los únicos poseedores de los instrumentos requeridos para dominarlo: la más poderosa flota y el sistema maquinista de más alta capacidad productiva. Y establecerá vínculos orgánicos con todos los patriciados latinoamericanos, agroexportadores, extractivos.

Apreciadas desde un ángulo interno, las guerras de la independencia son, en gran medida, el levantamiento de las oligarquías locales contra el poder estatal de la Corona que se sobreponía a ellas y ejercía el poder político sobre ellas. Las guerras de la independencia son la lucha, primero intestina, luego separatista, de los patriciados, de los poderes dominantes en cada región contra la burocracia estatal, descabezada en su legitimidad por la renuncia y prisión del Rey. Por eso los terratenientes se apropian de las consignas republicanas de los burgueses europeos, pero su objetivo era otro. Pues bajo el rostro republicano se consagra a los señores de la tierra, justamente todo lo contrario a la Revolución Francesa. Las clases dominantes de cada región asumieron todos los poderes. No desplazaron a otra clase, sino a una burocracia estatal. La independencia americana surge del abatimiento del Estado y consolida tal postración. El Estado se descoyunta en múltiples centros regionales, tantos como comarcas de ciudades importantes, y en cierto modo se feudaliza, recae en una dispersión y atomización análogas -si vale la comparación- a las ciudades griegas o italianas del Renacimiento, pero ahora en un gigantesco, inhóspito y casi vacío continente. Todos y cada uno aparte, los patriciados se levantan al grito unánime de “¡Junta queremos!”. Reclaman la soberanía para sí. Es la “fronda aristocrática”(4). Y el vasto Imperio fundador se pulveriza dramáticamente en una veintena de repúblicas, a pesar de los esfuerzos nacionales de Bolívar, San Martín y Artigas.

Así anota Perroux: “Si la política de integración no es deseada por el País Foco, tiene todas las posibilidades de tropezar con los obstáculos que suscita, abiertamente o no. En el siglo XIX las repúblicas de América del Sur hicieron propaganda a proyectos de federación, y tuvieron esos sueños en voz alta, frecuente a la vez en la tentación del Imperio. Y en el Ideal de asociaciones cooperativas y libres. A Inglaterra no le gustaban tales designios, aún balbucientes, y lo menos que puede decirse es que no los estimuló de ninguna manera”. Y completa su pensamiento: “Significativa es la conducta del Reino Unido que, después de 1815, comprendiendo que los mercados restringidos de la Europa Continental serán defendidos por un proteccionismo de economía joven, se vuelve hacia América del Sur para suscitar corregidos el uno por el otro, el espíritu de independencia nominal, la división que excluye la acción común y, por otra parte, el deseo de importar a crédito”.>(5)Ya sabemos el destino deparado a los intentos proteccionistas de Artigas y Solano López, también como Morelos y Bolívar, habían enfrentado la cuestión agraria, lo que había dado a sus movimientos un contenido más profundamente social. Pero no se pudo romper la trenza entre los patriciados y el imperialismo inglés. Lo que siguió fue la trágica e inestable historia de las repúblicas latinoamericanas en el siglo XIX y hasta muy entrado nuestro tiempo, que podría reducirse en su dinámica interna a la noria de la repetición del ciclo “oligarquía-anarquía-tiranía”, que es específica, según peculiaridades propias, de los mundos agrarios y dependientes.

La balcanización quedó perfecta cuando las semicolonias proveedoras de materia prima se revistieron del ropaje constitucional de “naciones”, lo que era caricatura. En efecto, las “naciones” europeas, triunfo y desarrollo de las burguesías sobre el particularismo feudal, eran exactamente lo contrario a las repúblicas de oligarquías terratenientes. No fuimos países deformados por el monocultivo, sino creados por el monocultivo, en función exterior y sin constituir el mercado interno propio para su desarrollo. Y así se configuró la alienación propia a las semicolonias latinoamericanas, la mistificación de creerse “naciones” cuando no son más que las esquirlas de una gran frustración nacional.

¿Y qué pasó con nosotros? El Virreinato del río de la Plata, luego Provincias Unidas, también saltó a pedazos, por obra conjunta de la oligarquía porteña y los ingleses. El gran caudillo de la cuenca del Plata y Protector de los Pueblos Libres, José Artigas, terminaba derrotado por las tenazas inglesas desde Río y Buenos Aires, y tras el breve período de la cisplatina y la reincorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas en 1825, se declara en 1828 la independencia del Estado Oriental del Uruguay. La historia fronteriza que teníamos se definía. Habíamos sido Banda Oriental y Provincia cisplatina, dos posibilidades que nos eran esenciales desde el origen, que estaban ya en pugna constituyente de la Colonia del Sacramento y Montevideo. Pero, como apunta Alberdi, no había dos posibles, sino tres. Uno era Argentina, otro Brasil. ¿Y el tercero? Dejémosle a Alberdi la palabra: “Pero una tercera entidad más importante que los dos beligerantes se interpuso en la lucha y reclamó Montevideo como necesario también a la integridad de sus dominios. Esa entidad era la civilización. Ella también tuvo necesidad de que Montevideo fuera libre e independiente para campear en sus nobles dominios, que se extienden en todo el fondo de América. Habló naturalmente por sus órganos naturales, la Inglaterra y Francia”.(6) No olvidemos que en el siglo pasado la “civilización” era el nombre del imperialismo. El Uruguay no es hijo de la frontera, sino del mar, y el mar era inglés. Este necesitaba una ciudad “hanseática”: “Montevideo y su territorio”. La parte que nos correspondía jugar en el drama estaba cumplida e inscripta en el contexto general de los acontecimientos hispanoamericanos. Así, tras la promoción y el reconocimiento de la veintena de repúblicas americanas nacientes, Lord Canning, genial artífice, escribía: “Los hechos están ejecutados, la cuña está impelida. Hispanoamérica es libre y, si nosotros sentamos rectamente nuestros negocios, ella será inglesa”.(7) Y tal enfoque debe complementarse con su reverso, la visión de los patriciados expuesta por Sarmiento que decía entusiasta: “La América está en vísperas de alzarse en medio del globo, como el rico almacén en que todas las naciones industriales, vendrán a proveerse de cuantas materias primas necesitan sus fábricas”.(8)

Llegamos así al Uruguay Internacional. El ciclo correspondiente a la tercera etapa, la del Imperio Yanqui, irá en la última parte. Allí nos detendremos con mayor atención en el Hemisferio Sur y la Cuenca del Plata.

(2) “A Portugal la independencia le ha costado el patriotismo. No tiene otra salvación que soñar en conquistar a España. Por recelo a ésta han caído a los pies de un rey ladrón y esclavo de Inglaterra” (Carta de Miguel de Unamuno a Federico de Onís). Ver “Unamuno y el Uruguay”, de Daniel Castagnín, La Paz 1967, pág. 12.

(3) Vicente Rodríguez Casado, en el prólogo a la obra “El Río de la Plata en la Política Internacional” de Octavio Gil Minilla (Editorial Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Sevilla, 1949).

(4) Esta visión fue desarrollada hace cuarenta años por el chileno Alberto Edwards en su magnífica obra “La Fronda Aristocrática”. Recordemos que Bernardo Berro en su correspondencia de marzo de 1840 ya comentaba a su hermano Adolfo: “Que el pueblo no hizo la revolución, y que sólo se prestó a obedecer con gusto para pelear por la independencia y que un corto número de individuos fueron los que la idearon y dirigieron, es cosa que confesará cualquiera que despreocupadamente estudie desde sus principios la historia de nuestra emancipación y organización política”. Las más grandes excepciones, en este aspecto social, son, en el norte mejicano, Morelos e Hidalgo y, en el sur rioplatense, Artigas. Edwards ve brillantemente la “fronda aristocrática” de los patriciados, pero en “cada país” y no percibe su rol disgregador y coadyuvante con la empresa balcanizadora inglesa. Pero vislumbra los rasgos propios del Patriciado, tan diferente a la burguesía como a los feudales. El amasijo de “feudalismo” y “burguesía”, proverbial en la historiografía latinoamericana sobre la emancipación y el siglo XIX, se ha agravado con el macaneo de las contribuciones del marxismo sovietizante.

(5) Francois Perroux: “La coexistencia Pacífica” (F.C.E., México, 1960), págs. 186 y 42.

(6) Juan Bautista Alberdi: “Historia de la Guerra del Paraguay”. (Ed. Patria Grande, Buenos Aires, 1962), pág. 80.

(7) En su célebre carta a Granville, en 1825.

(8) Editorial de Sarmiento, en “El Progreso”, de Santiago de Chile, el 25 de noviembre de 1842 (Ver: Ricardo Font Escurra: “La Unidad Nacional”, Ed. Teoría, Buenos Aires, 1961.

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