EL URUGUAY COMO PROBLEMA. GEOPOLÍTICA DE LA CUENCA DEL PLATA.

3. El Uruguay Internacional

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La firme estabilización del Uruguay desde el último tercio del siglo XIX, a partir de la dictadura de Latorre, se asentó en su radical y armoniosa incorporación a la economía mundial “uniconcéntrica”, cuyo núcleo era Inglaterra. Esa economía mundial específicamente inglesa estaba en su apogeo finisecular, a pesar del crecimiento industrial europeo continental, que le era sin embargo dependiente y sujeto en última instancia a sus reglas de juego. En la era victoriana y la “belle epoque” se condensa el Uruguay.

Argentina, Brasil, Uruguay, etc., no entrecruzan ya sus políticas extravertidas hacia Europa bajo la dirección de la City y la atracción de París. Consumada la balcanización hispanoamericana, la paz reina. En consecuencia, las tensiones rioplatenses y latinoamericanas ya no tienen sentido. Todos son vecinos de espaldas, hermanos extraños, que se “desarrollan” hacia fuera. Divididos y enajenados, la Pax Britannica imperaba y era la libra esterlina o su apéndice el franco, la moneda corriente. Ya el Barón de Río Branco podía fijar, generoso y acaparador, fronteras definitivas. De esta manera, nuestra política internacional se hizo superflua, pasatiempo suntuoso de doméstico bien rentado, pues la órbita estaba fijada. Así será claramente hasta la Segunda Guerra Mundial.

El Uruguay pasó entonces de los “tiempos revueltos” que corren desde Artigas hasta la Triple Alianza, al Uruguay llamado “ile hereuse” por algún visitante socarrón. De una continua “internacionalización” a una “nación”. O mejor, a una semicolonia privilegiada que se sintió nación, pues formó una verdadera comunidad. El Uruguay dejó de ser problema y se sintió definitivo, con conciencia complacida. Es en la órbita inglesa que se levanta la Suiza de América, cosa que evoca no sólo sus instituciones democráticas, sino también su insularidad, su marginalidad a la historia de su contorno (Suiza es tan neutral que ni siquiera está en la UN). Sobre el Estado básico construido bajo Latorre, Batlle será el gran reformista que adaptará su ordenación para hacerle lugar a la inmigración, a las clases medias urbanas en ascenso, siempre dentro de la estructura agroexportadora fundamental, aunque con un cierto impulso a la industria liviana, para sustitución de importaciones, favorecida por la crisis bélica del capitalismo en 1914.

Política internacional uruguaya la habrá cuando la potencia dominante entre en conflicto profundo con otras grandes potencias. Esos intersticios conflictuales darán pie a nuestra política internacional. Por ejemplo, Batlle y Brum serán “panamericanistas”, cuando los Estados Unidos empiezan a amenazar y aún desplazar la hegemonía inglesa en América Latina, aunque remotamente en el Río de la Plata. No olvidemos que todavía en 1943 Churchill en sus instrucciones a Halifax para sus negociaciones con Estados Unidos le ordenaba: “Ceda en todo sobre América del Sur, menos en los países productores de carnes vacunas y ovinas”. Por otra parte, Terra y Herrera usufructuarán la emergencia alemana luego de la Gran Depresión para levantar la represa del Río Negro y liberarnos del carbón inglés. El Rincón del Bonete fue como un pequeño Assuán uruguayo, que permitió la energía para sostener el primer salto industrial importante del país de mediados de la década del ’30 y su eclosión en la Segunda Guerra Mundial.

La Pax Britannica nos dispensó de política internacional, protegidos internacionalmente por la lógica de su orden. Sólo cuando se tambalea el poderío inglés irrumpen otros protagonistas, y lentamente la política internacional retoma sus fueros uruguayos. Desde principios de siglo el Poder Norteamericano desaloja al Poder Inglés en el área del mar mediterráneo del Caribe. Pero desde la primera guerra mundial las inversiones y empréstitos yanquis se extienden incontenibles por toda América Latina. Inglaterra sigue aferrada al Río de la Plata. Así es como Argentina y Uruguay se hacen portaestandartes de la Doctrina de la No Intervención, barrera de salvaguardia contra la penetración del “coloso del Norte” y sus intervenciones. De tal modo, en la No Intervención coinciden los intereses nacionales latinoamericanos y los ingleses, ambos a la defensiva. También en la década precedente a la Segunda Guerra Mundial, con la liberal y multilateral Inglaterra refugiada en su sistema de preferencias imperiales, se despliega un nuevo y fuerte antagonismo de las políticas económicas alemana y norteamericana. Entonces, señala Andreas Predhol: “Alemania concertó una serie de tratados comerciales con países sudamericanos en que aparecían todas las ventajas que ofrece el intercambio bilateral (ejemplo típico lo ofrece aquí la producción brasileña de algodón). Por otra parte, la subvaloración de los productos industriales alemanes llevó a una oferta considerablemente más favorable que la de los competidores inglés y norteamericano. Es característico para la problemática del bilateralismo que el auge coyuntural de 1936 trajo ya algunos retrocesos; el bilateralismo es, manifiestamente, un producto de la indigencia, igual al sistema preferencial inglés y justamente para los países más débiles pierde fuerza atractiva tan pronto como se ofrezcan posibilidades multilaterales”.(9) Luego la Segunda Guerra Mundial deja postrada a Europa y el escenario lo ocupa un solo protagonista: Estados Unidos. En Uruguay el tránsito definitivo acaece bajo el golpe de Baldomir en 1942 y el gobierno de Amézaga. Entretanto, la historia ha hecho también otros caminos, la conciencia de los pueblos agroexportadores y dependientes se ha agudizado y se propone la liberación nacional y la industrialización. Emerge como de tinieblas un Tercer Mundo, donde se suponía un inframundo. En este conjunto de nuevas condiciones, incluido en otros sistemas de poder ¿conserva el Uruguay su vieja funcionalidad inglesa? ¿En qué sentido se ha modificado? ¿Qué nos depara?

Antes, y para mejor responder a esas preguntas, que nos son de vida o muerte, nos permitiremos ahondar la cuestión del Uruguay Internacional para ajustarnos de cerca de nuestra especificidad, y lo haremos a través del más avezado sabedor de la original situación geopolítica uruguaya de este último medio siglo, que es el Dr. Luis Alberto de Herrera. Así como Batlle ha forjado decisivamente la conciencia “interna” del país, podemos afirmar que Herrera ha sido su conciencia “externa”. Veamos cuáles son sus premisas y razones históricas, en contraste con las coordenadas habituales del Uruguay moderno, que pasamos a describir someramente.

Decíamos que la insularidad uruguaya en la órbita inglesa nos había exonerado de una real política internacional. A este cimiento, cabe agregar dos factores coadyuvantes en la formación de la mentalidad vigente: 1) El aluvión inmigratorio, que desborda al viejo país criollo desde la época de Latorre hasta la Gran Depresión, carecía como es obvio de conciencia histórica nacional. La masa de inmigrantes y sus hijos difícilmente podían tener memoria verdadera de los tiempos revueltos del Uruguay, de cuando su existencia misma estaba en juego. Venían justamente porque estaban ya revueltos y con sus evocaciones europeas. Sus abuelos estaban allá y no acá. 2) La dependencia del Uruguay afianzado no era por cierto gravosa para sus habitantes. Todo lo contrario: se desarrolló un status democrático y liberal, ejemplo y envidia del resto de América Latina, a la que miramos con petulancia. El sistema agroexportador generaba una amplia renta diferencial que satisfacía las reclamaciones populares casi sin luchas, y por ende, no hubo ninguna reacción antibritánica. Más aún, nadie más admirado que el distante, flemático, elegante administrador inglés. Para abundar, un recuerdo de mi infancia: durante la Segunda Guerra Mundial, el poeta gauchesco Fernán Silva Valdez declamó estrofas frente a una multitud pletórica en el Estadio Centenario, que creo decían: “Inglés, músculo de acero / Inglés, palabra cumplida / El que te mojó la oreja / no sabe donde puso el dedo”. Y hasta numerosa gente añoraba que las invasiones inglesas de 1806 no hubieran tenido éxito, pues suponían estaríamos mejor. Remanencias del largo embobamiento, secular en los latinoamericanos, respecto a la ejemplaridad anglosajona. Aquí nunca hubo antiimperialistas ingleses notorios. Batlle los hostigó en su lucha contra el “empresismo”, pero nadie podía llegar a mayores. Siempre tuvimos amplia noticia de las inversiones y tropelías norteamericanas en América Latina, casi nunca de las inglesas en el Río de la Plata. El país no necesitaba saberlas, y hasta le convenía no saberlas. Eran un mal menor en el mayor bien.

La órbita inglesa, la bonanza y la inmigración confluyeron en un apagamiento de la conciencia histórica del país. Montevideo, sobre el río ancho como mar, abierto a todas las incitaciones europeas, característicamente consumidor y espectador, tuvo una conciencia política eminentemente abstracta. La conciencia histórica osciló entre dos polos extremos e incomunicados: por un lado se produjo una historiografía nacional puramente “nativista”, recluida exclusivamente en el Uruguay. Parecía como si el Uruguay se hubiera “autodesarrollado”, y que las tramas de la historia mundial y americana sólo habían sido “ocasión” para todo lo que ya era autodesarrollo preestablecido hacia lo mejor, el presente. Nos enseñaron una historia de “puertas cerradas”, desgranada en anécdotas y biografías, o de bases filosóficas ingenuas, y nos mostraron la abstracción de un país casi totalmente creado por su pura “causalidad interna”. A esta tesis tan estrecha -tesis motora, más inconsciente que lúcida- se le contrapuso su antítesis, seguramente tan perniciosa. Y esta es la pretensión de subsumir y disolver al Uruguay en pura “causalidad externa”, en una historia presuntamente mundial a secas. Una historia tan de puertas abiertas que no deja casa donde entrar. A la verdad, esta última actitud no escribe historia uruguaya, que le aburre; y prefiere vagabundear y solazarse en la contemplación a veces bulliciosa de la historia mundial. Nos escindíamos en pueblerinos o ciudadanos del mundo. Palco “avant scene” o mecedora en el patio del fondo, primor de archivos cotidianos. ¿Quién no recuerda a sus profesores de historia americana ignorantes de la universal, y a los de universal que se salteaban la americana? Iban por cuerda separada. Así de una “historia-isla”, pasábamos a la evaporación, a las sombras chinescas, de una “historiaocéano” (por lo general escritas desde el punto de vista francés), donde la historia se juega en cualquier lado menos aquí y aquí lo de cualquier lado. Esta actividad lujosa, si hoy canaliza disponibles jóvenes iracundos, ayer permitía a nuestra diplomacia pagarse de las palabras, proyectándose para dictar cátedra mundial sobre los derechos humanos y arbitrajes, etc. El realismo de los mirones era hacerse intensos “voyeurs”. Bueno es que un pequeño país luche por el derecho contra la fuerza, puesto que es su fuerza, pero la confianza balsámica y pedante de las Declaraciones en el mundo tenso de los poderes internacionales -que por otro lado se escamoteaba- no dejaba de ser deprimente y trivial. A Dios gracias, y a los malos tiempos, nuestros picos de oro han declinado para siempre. Todo esto no era más que los modos de ahistoricidad de nuestra conciencia histórica. Quizá sólo los grandes males y sufrimientos promuevan la historia, pues la satisfacción la exila o la hace preocupación engolada.

Interioridad pura o exterioridad pura, dos falacias que confraternizan. El idealismo, con que la conciencia uruguaya juzgó y, desde su plataforma confortable, tomó partido en los grandes conflictos mundiales y americanos, no dejó de ser una mimesis compensatoria y meramente representativa. ¿Quiérese mayor lujo que extrapolarse en la historia de otros? Era una manera de renunciar a hacer historia, quizás porque no se necesitara, y bastara la que había. Por otra parte, ese idealismo externo en su versión de izquierda dimitirá frente a nuestra historia de “puertas cerradas”, conservadora. Incapaz de criticarla, porque no le interesaba vitalmente, terminaba en los hechos por aceptarla en bloque. Era la única que conocía, y como su reflexión no mordía directamente la realidad uruguaya, la abandonaba intacta dispersándose en inmediatismos o lejanías. ¡No puede darse inconformismo más conformista! De ahí, por ejemplo la esterilidad del marxismo uruguayo para decir nada sobre el país, salvo el caso reciente de Trías. Así, el idealismo jurídico o romántico, de derecha o de izquierda, son los modos uruguayos de suplir la ausencia de política internacional real, y por ello su signo es la gratuidad. Tal ha sido en grandes líneas la mentalidad del período que consideramos, y a cuyo cierre recién estamos asistiendo. El rasgo común de “nativistas” y “oceánicos” es que el Uruguay mismo no era problema. Sobre este fondo puede perfilarse la conciencia del uruguayo más plenamente conocedor de la “política internacional” que correspondía al país y sus razones. Un político uruguayo con la rareza de ser visceralmente geopolítico. Seguramente, porque aún era tan “oriental” como “uruguayo”.

El supuesto de la política y políticos uruguayos ha sido pues que el Uruguay mismo no era problema, que como tal era definitivamente incuestionable en su ser mismo. Hubo una excepción, la de Herrera; y de ahí la incomprensión mayoritaria hacia su conducta política, en especial en los momentos críticos de la Segunda Guerra Mundial, lo que daba lugar a las más peregrinas e ígnaras interpretaciones de su comportamiento. Pues la esencia política de Herrera fue partir siempre desde el Uruguay como problema. Había entonces un desnivel entre él y los demás políticos. Por un lado, para Herrera lo radical y lo inolvidable era que el Uruguay mismo era una gran interrogante, una fragilidad histórica, una opción a renovar día a día, a mantener y salvaguardar por encima de todo. Herrera vivió al Uruguay como un país “con una gran interrogante clavada en la frente”.(10) Por otro lado, en cambio, Batlle, Ramírez, Manini, Frugoni, Regules, etc., se movían con los problemas del Uruguay, pero el Uruguay mismo era absolutamente obvio; no era cuestión en sí, ni precariedad, sino permanencia supuesta para siempre, como el aire que respiramos. Para Herrera la preocupación era desde la existencia del Uruguay; los otros pugnaban por distintos atributos del Uruguay, sujeto intangible. Y por lógica propensión espontánea, se pensaba a Herrera en términos exclusivos de adjudicarle sólo intención de atributos, ocultándoseles lo esencial. ¿Por qué era así? Porque la singularidad de Herrera entre sus contemporáneos residía en ser ante todo hijo de la incertidumbre del siglo XIX uruguayo y sus tiempos revueltos, perdidos y esfumados en la lontananza. Soterrados en el inconcuso contento insular del país. Herrera fue, en genealogía y profundidad, “el último patricio” oriental.

Los hombres sólo se vuelven a la historia, en su auténtico valor, más allá de su presente, cuando una gran inquietud los acucia y necesitan entender y medir mejor su actualidad, escudriñar los signos del futuro. En ese sentido, es totalmente fuera de lo común el hecho que un caudillo popular y jefe de partido, de épocas más bien consistentes, se haya desvelado, trascendiendo sus imperiosos trajines cotidianos, por una permanente investigación histórica. Y que sus centros de atención fueran tan elocuentes: la Misión Ponsomby y la Paz de 1828, la Guerra Grande, y la Triple Alianza; es decir, las tres instancias en que el Uruguay es casi literalmente “tierra de nadie” y todo está signado por la inseguridad del destino. Cuando lo esencial es el Uruguay como problema. Claro que esta obra intelectual poco o ningún eco pudo tener, por su propia índole, en el ámbito universitario, fiel reflejo de la mentalidad antes descripta. Y sólo ahora los uruguayos empiezan a descubrirlo, a sorprenderse que “haya escrito libros” -tan silvestre le creían muchos- y que se les confirme que Herrera ha sido uno de los padres del revisionismo histórico rioplatense. Allá por 1912, en la plenitud creadora del remanso, Herrera escribía su primer libro exótico; “El Uruguay Internacional”, y su primer capítulo titulado “El Deber Previsor” nos expone la raíz de su intención y su contraste con la actitud dominante:

“Cuando se estudia la historia del Uruguay y se adquiere noción exacta de sus incidencias azarosas, ocurre pensar que para sus hijos no debe ser extraño el escozor de las cavilaciones que siempre escoltan a los que mucho han padecido. Creyérase que el espectro de viejas amarguras y de sus humillaciones exteriores, su corolario, tan cercano todo esto está, debiera ser constante estímulo a la meditación severa…

Pueblos de raíz firme y soberanías respetadas por el huracán no desdeñan la actitud defensiva, ni descuidan el verbo secular, ni permiten a sus ciudadanos apoltronarse en el desconcierto idealista. En vano buscaríamos entre nosotros confirmación de tan elemental equilibrio público. Por abandono, o en la persuasión de que los extremos adversos no se repetirán, el ánimo no sacude modorras frente a las perplejidades que ahí están y que debieran agitarlo. Nos limitamos a señalar una penosa omisión cuya responsabilidad alcanza a todos. Se trata de un fenómeno visible, variado en sus aspectos.

No será uno de los menores el concepto ingenuo, tan generalizado, sobre nuestra independencia, supuesta unas veces a cubierto de todo riesgo y amparada, otras, por benevolencia, ya de sí mortificantes, obsequio pródigo de extrañas cancillerías. No; es un error, es calamitoso error entender que los pueblos, y mucho más los pueblos pequeños, deben confiar el cuidado de sus intereses supremos a voluntades oficiosas, o admitir que la ausencia de un apremiante peligro autoriza negligencias.

En vez de hacer clínica propia, de estudiar nuestro organismo, sus méritos y deficiencias; en vez de unificar convicciones, procurando darnos derrotero personalísimo, hemos preferido dedicar espacio a vaguedades históricas y sociales, apasionándonos más el conflicto de las ambiciones imperialistas en escenarios exóticos que ejemplos similares desarrollados en la vecindad.

A cada instante nuestro espíritu ofrece testimonio pronunciado de ese desequilibrio, acentuado por una cultura académica demasiado extendida y borrosa en sus contornos. Poco o nada sabemos, metódico, de lo que ocurre a un tiro de cañón de nuestras divisorias. Cada uno de nosotros sólo cuenta en la materia con la información escolar, un tanto averiada por el tiempo y nunca especializada. Atención diluida que se aplica por igual al estudio de nuestra geografía. Con probabilidad nuestros niños ubican mejor a Hong Kong o Port Arthur que a Córdoba, San Pablo o Curupaity. Pero no se reduce al orden tangible nuestro escaso conocimiento fronterizo. En concepto histórico y filosófico las lagunas son mayores.

En resumen, cabe asegurar que nos conocemos menos de lo que deberíamos conocernos. Pasado el tiempo de transición, modelado el cuerpo del país, definida nuestra idiosincrasia, bien cuajada la independencia -antes anhelo- se impone comprender las obligaciones que a todos crea la nueva etapa”.(11)

Hemos hecho tan extensa citación para no dejar en el aire nuestra aseveración respecto a Herrera y justificar haberlo tomado como hilo conductor, pues no es aún posible presumir este conocimiento.

Vayamos al grano. ¿Cómo precisar la concepción internacional de Herrera? Es obvio que tal concepto no es un invento propio, sino que tiene continuidad con lo más medular de lo pensado respecto al país. Nada mejor entonces que acudir a las citas preciosas de Andrés Lamas, extraordinario personaje de nuestro siglo XIX, que Herrera efectúa en su última obra, escrita al filo de sus ochenta años (Antes y Después de la Triple Alianza, 1951). Allí se resume magistralmente el concepto rector. Se trata de notas de Andrés Lamas, agente confidencial ante Buenos Aires, intercambiadas con el canciller porteño Elizalde, a consecuencia de la invasión de Venancio Flores en abril de 1863. Tan importantes y significativas son que la cancillería uruguaya las aprobó como “doctrina política nacional”. Transcribimos lo más esencial:

“Somos solidarios y, como ya he tenido ocasión de decirlo, debemos considerarnos perpetuamente aliados para la defensa de los grandes intereses americanos que nos son comunes en el Río de la Plata. En lo demás, en todo lo que se refiere a cada una de estas nacionalidades, cada uno en su casa. Este es el pensamiento oriental en su más genuina expresión”.

“A la consideración de esa base, ambas (Argentina y Brasil) ligaron no sólo su honor, sino también los más serios intereses de esta parte del continente americano, porque esa base es la paz continental. Inútil decir que esa base no existirá realmente sino por la independencia real y absoluta de la República Oriental del Uruguay. De ahí fluye, lógicamente, la necesidad en que se encuentra la República de reaccionar contra cualquier influencia de sus limítrofes que pueda alterar la base de su ser político.

Si la República no reaccionara contra cualquier tentativa de desmedro ella sería infiel a su rol internacional, comprometiendo su ser político, provocando la lucha de influencia entre sus limítrofes: ella se condenaría a la ruina, siendo eternamente el teatro de esa lucha, que siempre será funesta, bajo cualquiera forma que revistiese.

La conmixtión de los partidos locales es evidentemente contraria a nuestro rol internacional… Y esto es tan cierto que, sin temor a error, en el día que esa idea -la idea utopística de la República del Plata- descendiese al campo de la política práctica y oficial, podríamos abrir las nuevas páginas de nuestros comunes anales por esta frase de una gran publicista: ‘Ce n’est pas la solution qui approche, c’est le chaos qui commence’”.(12) Es la hora feliz de la misión Lamas, exclama Herrera.

Las ideas son diáfanas:

1° Solidaridad de los países de la Cuenca del Plata ante el exterior;

2° Cada uno, bien circunscripto, en su casa, sin ninguna clase de mixturaciones recíprocas;

3° Ese equilibrio de hermanos separados tenía su eje, el Uruguay, cuyo destino predeterminado era entonces la perfecta neutralidad;

4° De romperse el equilibrio, la víctima predilecta y fatal sería el Uruguay, que a su vez pone en riesgo a todo el conjunto, la “paz continental”.

Herrera abrevia así nuestra esencia política: “Ni con Brasil, ni con la Argentina, dice la divisa de nuestro localismo; pero completándolo procede a agregar: ni contra uno ni contra otro”.(13) Su corolario fundamental se compendia en el único principio básico de nuestra política internacional: la No Intervención.

Desde el punto de vista uruguayo, la No Intervención es mucho más que una doctrina entre otras, o más justa que otras, sobre los derechos de los pueblos a su autodeterminación. Es la razón de existencia del país mismo. En efecto, Inglaterra abrió un campo neutralizado en la boca del Río de la Plata, para desarticular la Cuenca y evitar su control por ningún centro de poder latinoamericano en el Hemisferio Sur, capaz de resistir y autodesarrollarse. El Uruguay aseguraba el desmembramiento de la zona óptima de América del Sur. Como reaseguro, las Malvinas custodiaban discretamente. No olvidemos que es la operación complementaria que sigue a poco la independencia del Uruguay. Por tanto, la condición de existencia del país era no intervenir, no comprometerse jamás con sus vecinos. Diríamos que el Uruguay es fruto de una intervención para la no intervención. Fuimos intervenidos, para no intervenir. Es el otro rostro del destierro de Artigas. Más que exilio de Artigas, hubo exilio americano del Uruguay. Tal el sentido de la Paz de 1828, origen del país. De ahí el mote de todos conocido: Estado tapón, “algodón entre dos cristales”.

No fue fácil erradicar al país de sus lazos naturales con la Cuenca del Plata. Hubo una gran tensión entre el “Territorio” y Montevideo, porque el territorio (económico social) debía arrancarse a sus conexiones con la Mesopotamia argentina y el río Grande brasileño. Costó el trágico período que va de la Guerra Grande a la Triple Alianza. Así, antes nació el Estado que la Nación. Todavía Berro clamaba por “nacionalizar el destino” e insistía en la neutralización garantida internacionalmente del Uruguay. Sólo cuando, a partir de Latorre, nuestra patria adquiere verdadera consistencia, se sale de lo “innominado” y se va asumiendo en la práctica el nombre propio de Uruguay a secas. (El nombre oficial del país, más que nombre propio, fuera la delimitación de la ubicación geográfica de un régimen). El Uruguay real estaba allí. Si Oribe hizo el intento imposible de construir el “Estado Oriental”, luego Latorre será el fundador del “Estado Uruguayo” y Batlle su perfección. El Uruguay se había vuelto un hecho incontrovertible. Pero todo hecho demanda justificación. Aceptar el hecho es aceptar de algún modo su justificación. Y ésta lo lleva a Herrera hasta sus últimas y lógicas consecuencias: desde el elogio entusiasta a la misión Ponsomby, hasta entregar el retrato del Lord al Ministerio de Relaciones Exteriores, para que presida premonitorio el despacho de nuestros ministros. Cierto, era todavía el tiempo del esplendor inglés y uruguayo, en vísperas de la Gran Depresión.

Los conceptos de Lamas son reforzados por Herrera. A la luz de la experiencia histórica, del ciclo dramático de las guerras civiles y las intervenciones extranjeras, Herrera comprende que a la política de No Intervención debe corresponder necesariamente, en el aspecto puramente interno, la paz civil: “La Concordia, piedra angular”.(14) La pericia histórica le dice, y esto es visible y obsesivo en toda su obra, que un desgarramiento profundo de la sociedad uruguaya, una situación real de guerra civil, conduce inexorablemente a la intervención extranjera. Guerra civil e intervención extranjera nos irán parejas. La posición del Uruguay es de tal importancia estratégica, que los uruguayos sólo podrán tener el destino en sus propias manos, aún relativamente, en tanto no se precipiten en guerra civil, cualquiera sea su índole. Pues entonces sobre el Uruguay podrá resolver cualquiera, menos los uruguayos mismos.Por eso llama a la concordia nacional: piedra angular, prerrequisito indispensable para la ejecución internación de la No Intervención. En la concordia, libres; en la guerra interna, esclavos del extranjero.

Desde esta visión del país, la conducta de Herrera se esclarece. Siempre fiel al “deber previsor”; probo al “cada uno en su casa”; leal al “rol internacional” que nos había tocado en suerte, porque era lealtad con su país mismo. Y la concordia no se consigue meramente en la repetición de la concordia, sino a través de las rupturas. Es un modo de tratar y conducir los conflictos, una tarea delicada y expuesta. Herrera fue un realista, con agudo sentido de las proporciones uruguayas y sus límites, un conservador y reformista pragmático, canalizando conflictos o suscitándolos, para conducirlos a desembocaduras tranquilas. Veamos algunos aspectos de su comportamiento concreto, pues arrojarán mayor carnadura a los conceptos. Decíamos que la política internacional como actividad vital para el país, recién aparece con el avance de Estados Unidos y el forzado repliegue inglés. Defender la No Intervención a favor de los otros países latinoamericanos era de suyo una actividad de defensa del país. El combate culminante, su hora más gloriosa, fue, como se sabe, en ocasión de la Segunda Guerra Mundial. Su lucha por la neutralidad y contra la instalación de bases militares norteamericanas en el país. Decía entonces gráficamente: “Es como dejar poner un perro de policía en la puerta de una casa de apartamentos”. La casa de apartamentos era la Cuenca del Plata. Además, las bases apuntaban directamente contra la Argentina, que también mantenía una posición neutralista. Neutrales sí; base de coerción contra un país hermano, jamás; ese fue el enfoque. Luego sigue bajo el gobierno de Amézaga el escandaloso y cipayo lanzamiento de la “Doctrina de la Intervención Multilateral” por nuestra cancillería, apoyada por todos los partidos, incluso la llamada izquierda, salvo Herrera (y Carlos Quijano con “Marcha”). Es el antecedente directo del actual proyecto de la Fuerza de Paz Interamericana. No sólo estaba también orientada contra la resistencia argentina, y el surgimiento del peronismo, sino que se convertía en fachada para liquidar lateralmente el principio de No Intervención. Vale la pena acotar, puesto que en aquella época se dijo que el Uruguay tendría la función de un “Gibraltar americano”, que no es así, a pesar del peso que en algunos momentos tuvieron sectores irresponsables. Toda la acción de Herrera fue evitar que lo fuera. Zona neutralizada sí; base de operaciones, nunca.

La No Intervención, única protección de un pequeño país, es actividad “negativa” como política internacional, pues la actividad positiva -no otra cosa que “intervenciones”- por lo común está reservada a las grandes potencias. Esa negatividad de la No Intervención, que radica en el principio positivo de la autodeterminación de los pueblos, es nuestra actividad positiva internacional, su basamento. ¿Podemos pretender otra eficacia? La ofensiva corresponde a los grandes, los chicos se defienden siempre. Y cuando aparentan atacar, o son los cuzcos ladradores del grande, o se defienden desesperadamente. De ahí que Uruguay tenga redoblado interés en el principio que le es consustancial de No Intervención.

Pero la política de equilibrio que es esencialmente la No Intervención, no sólo requiere actividad “externa”, sino también “interna”. La política interna juega un rol preparatorio, va predisponiendo la política externa. Es por tanto necesario que la opinión del país no se enajene en una sola dirección respecto a asuntos internacionales o internos ajenos, y esto mucho más premiosamente en relación a los vecinos pues el poder de las propagandas corresponde a las grandes potencias. Nada peor que dejar “embalar” a la opinión del país por esas alucinaciones, que no se ajustan estrictamente a los intereses propios. Que las sardinas no se ilusionen por apuntalar al tiburón. Y bien, esa indispensable matización, ese juego de contrapesos, de contracara interna, es función tan importante y delicada como la cancillería.

Herrera tuvo el más profundo sentido de esa “función compensatoria” interna, de esa “cancillería por dentro” cuyo objetivo externo era siempre mantener el equilibrio, no romper lazos totalmente, no cerrarle puertas al país, restablecer en caso de desnivel. Ajustarse siempre a la regla de oro de nuestras debidas proporciones.(15) Lograr una resultante resguardadora para el país, siempre equilibradora en la Cuenca del Plata y cautelosa en lo demás, conjurando los cielos encapotados antes de su explosión. Así, Herrera tuvo perpetuamente esa política preventiva de lo exterior en lo interior. ¿Cuando un pequeño país no previene, qué puede sucederle? Las Grandes Potencias tienen grandes y pequeños errores, las pequeñas sólo grandes errores. Para un pequeño país cualquier concesión, cualquier ruptura, es siempre demasiado. Ceder, romper, es siempre riesgo de muerte, pues hay poco que retroceder y energías limitadas. ¡Y los pequeños viven sólo de manejar su capacidad de concesión y de su distancia de lo irreparable! Cuanto más débil, más atenta a minuciosidades, desconfiada de grandilocuencias equívocas, más tenaz y de “flexibilidad intransigente” debe ser la política internacional. Toda política ajena o gratuita, que no surja imperiosamente desde nuestra situación, es sospechosa y peligrosa. Así, el país debe apegarse obstinadamente a sus solos intereses concretos. “No intervenir por cuenta de otros”, era expresión común de Herrera.

Daremos tres ejemplos, incluyendo algún aspecto anecdótico, para que se perciba de modo viviente la acción de Herrera como “función compensatoria”.

En la época de Perón la situación fue tensa, la opinión pública uruguaya fue presa de un antiperonismo instrumentado que deterioraba día a día las relaciones con Argentina. Herrera fue entonces el rostro “peronizante” del país, y ejerció un poder inhibitorio de las reacciones argentinas, dejando caminos expeditos a la normalización. Incluso a raíz del fallecimiento de Eva Duarte concurrió, espectacularmente, a su sepelio. No podía dejar afianzar la animadversión en la mayoría del pueblo argentino. Esa función compensatoria fue mucho más importante que las simpatías de Herrera hacia el movimiento nacional argentino.

Cuando Estados Unidos requería la “presencia simbólica” de países sudamericanos en la Guerra de Corea, Herrera fue terminante. Los uruguayos sólo morían en su tierra y los “norcoreanos eran los artiguistas de Asia”. No pueden suponerse inclinaciones comunistas en Herrera, que era, en todo el rigor del concepto, un nacionalista conservador. Es siempre la misma función compensatoria, que se gradúa según la intensidad del reto. En esa ocasión, el presidente Luis Batlle tiene una entrevista con Herrera para expresarle sus temores a que el país no pudiera soportar sin perjuicios insubsanables la presión norteamericana. Y finaliza por interpelarle: “¿Doctor Herrera, Ud. en mi lugar qué haría?” La respuesta fue inmediata: “Lo que Ud.… pero Ud. en mi lugar tendría que hacer lo que yo. Cumpla entonces con su papel, que yo cumplo con el mío”. Y sólo se despacharon algunos medicamentos para Corea. Entre las dos ruedas, se salió del paso.

Siendo canciller Fructuoso Pittaluga se preparaba una conferencia panamericana, y el Ministro tuvo la idea de llevar en la delegación un herrerista para darle mayor representatividad nacional. Visitó a Herrera y le expuso su propósito. Herrera agradeció la atención, pero respondió: “No es conveniente para el país ir todos. Nos ataríamos las manos. Una fuerte oposición ayuda a negociar y preserva de concesiones gravosas. Podrá Ud. decir ¡no puedo, allí está Herrera con medio país en contra! Confío en su patriotismo, pero le advierto que ‘El Debate’ lo atacará duramente desde ya. Buena suerte”.

Todo está dicho para dejar en limpio la dinámica interior del equilibrio internacional, fijar el sentido geopolítico de nuestras posiciones, y los trabajos de balanceo que implican. Todo es saber verdaderamente qué se quiere, y cuales son los medios adecuados para conseguirlo. Quien quiere el fin, quiere los medios y no se entretiene con pompas de jabón. Herrera era, por encima de todo, un patriota de la “patria chica”; y su finalidad preservarla, de acuerdo al único medio posible: no ser infiel a su razón histórica de ser, ni perder el sentido primordial de las raíces hispanoamericanas. En estos últimos decenios, Herrera fue el gran conservador, el conciente guardador de la existencia del Uruguay. Esto lo puso en palpable contradicción con la mentalidad vigente, ideologizante e idealista del común ilustrado uruguayo, en especial si era universitario. No vivía distraído de la historia del país, sabía cuáles eran sus permanencias, sus intereses constantes, sus probabilidades. Así, se hizo deber mantener contra viento y marea su lazo de amistad perpetua con el Paraguay y sus gobiernos, cualquiera estos fuesen, pues ello respondía a la directriz del equilibrio platense. Su apoyo a Stroessner no fue ni por ser dictador, ni por ser “colorado” (del partido afiliado a Solano López) puesto que Herrera fue hecho general paraguayo bajo gobiernos “liberales”, y en la Guerra del Chaco estuvo con Estigarribia. En suma, para emplear una oposición cómoda y usada (aunque personalmente no la comparto) podría calificarse a Herrera de “maquiavelista”, “realpolitik”, pragmático, en contraste con los “idealistas” (no digo principistas, porque principios tienen ambos, aunque de índole diversa). Pero un maquiavelista a los ojos uruguayos habituales corría el peligro de ser ininteligible y por ende calumniado. Poca mella le hacía al “deber previsor”. Al punto que podemos afirmar: la resultante objetiva de la política exterior de las últimas décadas, en lo que era posible al país, la acuñó siempre Herrera. Bastaba que hubiera un maquiavelista que supiera realizar la “función compensatoria” para que la resultante no fuera nunca idealista.

Herrera fue insobornable “príncipe” criollo y mañero, cuyo objetivo principal era el amparo de la existencia del Uruguay.

Y llegamos aquí al nudo crucial de nuestra cuestión. Sabida es la escrupulosidad de Herrera respecto a las fronteras. Hizo nombrar Ministro de Relaciones Exteriores en 1959 a Martínez Montero, por su versación en el Río Uruguay y el Río de la Plata. Intuía con desasosiego los nuevos problemas. Ese rebrote de su preocupación por las divisorias, donde aparentemente estaban en juego pocas cosas, daba la impresión de una actitud cerril y anacrónica. Más aún, y a esto está ligado, fue notoria la inquina de Herrera hacia el proyecto de la represa hidroeléctrica del Salto Grande. Era la rendija donde veía el augurio de nuevos tiempos revueltos. En la ya citada obra, “El Uruguay Internacional”, advertía del “peligro sordo, pero muy verdadero, de las afinidades excesivas con los vecinos”. Poco antes, comentaba: “Vinculados por cuenta propia al pensamiento europeo, a veces con exceso, para nada intervienen los fronterizos en la elaboración de nuestras ideas y gustos sociales. Jamás podría decirse que en el orden intelectual nos contagia la tendencia argentina y la tendencia brasileña. Quizá sea uno de los aspectos más halagüeños y sorprendentes de nuestra situación internacional”(16). Es la plena vigencia de los conceptos de Andrés Lamas: cada uno en su casa, condición de existencia uruguaya. ¿Acaso el tremendo período de las guerras civiles y “anarquías fronterizas” no obligan a “sacar moraleja”? Herrera insiste: “La influencia histórica del Uruguay rebasa las propias fronteras dilatándose, por centenares de leguas, tanto en concepto civil como en sentido militar”(17), por eso los tiempos revueltos tienen profunda raíz: “Causas en mucha parte orgánicas trajeron aquellas tinieblas, que piden tolerancia y cuya apreciación filosófica nos apartaría del asunto. Pero conviene indicar la razón madre de los pasados infortunios: la ingerencia de los limítrofes en la vida nacional y la alianza de nuestros partidos con esos limítrofes”.(18) ¿El Salto Grande no pone solapadamente, otra vez, las viejas pendientes, reestablece conexiones estructurales? ¿Reabrimos la cuestión? El “deber previsor” mira lejos.

“La vida nacional no depende de los fronterizos. Cuando se toma, sobre el mapa, una impresión de conjunto, parece increíble, dado el volumen de los limítrofes, que hayamos podido sustraernos a su atracción; que no seamos un apéndice simple, sin escriturar de sus patrimonios. La sospecha de que ocurriera así no sólo cupo en el criterio extraño. También nuestros estadistas, palpando dificultades agobiadoras de la empresa, sufrieron muchas veces, el asalto de grandes congojas íntimas. ¿Perduraría la obra?"(19)Para hacerla perdurar, Herrera jamás olvidó esa congoja y se hizo su servidor.

¿Cómo no intranquilizarse, por la puesta en marcha de dependencias orgánicas con los vecinos, en elementos vitales para la economía del país, con “soberanía compartida”? ¿Qué nos traerán esos polvos?

Pero en eso estamos y necesariamente. Es la nueva e inevitable encrucijada del país. Pareciera que en su literalidad, el acontecer histórico va haciendo imposible la política de Herrera, que ha sido la del Uruguay en que nos hemos formado. Es ese Uruguay, tal como ha sido, el que no puede seguir, aunque muchos se ilusionen de lo contrario al precio de no sopesar verdaderamente el cambio de nuestra situación histórica y sus inéditas necesidades. En lo que me es personal, mucho he aprendido de Herrera, pero sé que ha llegado el momento de la despedida. Pero ¡cuidado! Es en la despedida que la historia debe ser más maestra que nunca. Cuando resuena la vieja advertencia de Lamas y de Herrera: “Ce n’est pas la solution qui approche, c’est le chaos qui commence”. Los hechos obligan a dejar el orden del que Herrera fue celoso custodio, para pasar a la aventura. Pero toda aventura es en pos de un orden. Bueno es entonces saber la lógica del orden que termina, para no tentar la aventura a ciegas y saber la medida exacta de lo que está en juego, de nuestra responsabilidad y sus dificultades. ¿Qué es lo vivo y lo muerto de la herencia recibida? ¿Por qué razones?

(9) Andrés Prëdohl: “Economía Internacional” (Ed. Ateneo, Buenos Aires, 1955), pág. 254.

(10) A principios de siglo, con la inmigración vinieron aquellos generosos e idealistas anarquistas catalanes e italianos, que trasponían mecánicamente sus experiencias europeas al medio americano, negando las “patrias” y postulando la cosmopolita fraternidad universal, ignorantes de las diferencias de desarrollo ysituación histórica concreta de las naciones. Es una noche en que todos los gatos son pardos. Entonces comentaba Herrera la “grave alucinación en un país con grandes problemas por resolver y con una gran interrogante clavada en la frente” (“La Formación Histórica Rioplatense”, Ed. Coyoacán, Buenos Aires, 1961, pág. 38).

(11) "El Uruguay Internacional” (Ed. Bernard Grasset, Paris, 1912) Como esta vieja y única edición es hoy casi inhallable, nos remitimos para las citas de página a un compendio que hemos hecho de este libro junto con otros escritos- en la obra para la Editorial Coyoacán, publicada bajo el título “La Formación Histórica Rioplatense” (Buenos Aires, 1961), págs. 16 y 17. Lamentablemente, por omisiones de imprenta, esta edición no facilita del todo su manejo, pues falta el ìndice y el títulomismo de "Uruguay Internacional" al abrirse esa parte (pág. 16).

(12) “Antes y Después de la Triple Alianza” (Montevideo, 1951, Tomo I – págs. 30, 34, 35 y 36).

(13) “Formación Histórica Rioplatense”, pág. 35.

(14) Op. cit., pág. 35. Si el “El Uruguay Internacional” se abre con el capítulo “El Deber Previsor”, se cierra con el de “La Concordia, piedra angular”.

(15) Op. cit., pág. 39: “Son ciudadanos del Uruguay y no ciudadanos del mundo los que afianzarán los derechos de la República. Visible la dispersión de ideales que vivimos, más preocupados por las complicaciones ultramarinas que de las nuestras… Hijos de un país pequeño y nuevo no debemos olvidar los orientales las leyes de la proporción, referidas a los vecinos enormes como al imperio moral creado por las civilizaciones excelsas. Concentremos nuestra voluntad en el propio taller; pongamos nuestra inteligencia, sobre todo, en el tema doméstico. Pasión y brazo al servicio de la causa nacional, parte minúscula, pero parte al fin, de la epopeya humana. No haríamos poca hazaña contribuyendo, con el testimonio de nuestra dicha labrada despacio, a acrecer, con un grano de arena, los grandes saldos morales”.

(16) Op. cit., pág. 24.

(17) Op. cit., pág. 28.

(18) Op. cit., pág. 27.

(19) Op. cit., pág. 21.

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