EL URUGUAY COMO PROBLEMA. GEOPOLÍTICA DE LA CUENCA DEL PLATA.

4. La necesidad de trascender al Uruguay

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Así retomamos el hilo y nos preguntamos, ¿puede el Uruguay prescindir de obras como la del Salto Grande? Pero esto no es más que la formulación particular de la cuestión más general: ¿puede el Uruguay actual desarrollarse solo? ¿Puede el Uruguay industrializarse con sus solas fuerzas? ¿Somos un país viable, con futuro propio, tal como hemos sido?

Nuestra viabilidad estuvo en vilo durante los tiempos revueltos. Luego la preocupación cesó, en la armonía de la economía “uniconcéntrica” de la protectora Albión. Comenzaron las resquebrajaduras. Heredero se hizo el vigilante de las condiciones de viabilidad que efectivamente se realizaban. Pero ahora, casi de sopetón, la preocupación vuelve. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué?

Aparte del hecho, de por sí sintomático, que desde los ámbitos universitarios se pregunte: “¿Cuáles son las posibilidades de independencia real, si es que existen, de un país como el Uruguay?”, cosa que hubiera sido sentido como blasfemia ridícula pocos años atrás, es más, que ni siquiera se hubiera planteado, hay como dos símbolos extremos de esa congoja de lo que el tiempo y el viento no se ha llevado. Nos referimos a Ángel Floro Costa y Carlos Quijano, las dos puntas que se atan nuevamente.

En tiempos de Latorre, Ángel Floro Costa escribe su celebre “Nirvana”. El Nirvana mentaba ese ser imposible del Uruguay independiente. Ángel Floro Costa se afiliaba a la dirección unitaria y colorada cuyo adalid era Juan Carlos Gómez, que aspiraba a la reunificación del Uruguay con la Argentina. Y profetizaba angustiado que el Uruguay solitario se precipitaba en la insignificancia histórica, marginal para siempre, condenado a vegetar tristemente o a la absorción paulatina por el Brasil: el destino a solas nos deparaba la pobre inmovilidad del no-ser, el Nirvana. En realidad, Costa sentía el “Nirvana” de su propia línea histórica, el acabamiento de una de nuestras posibilidades fundamentales, que era ser Banda Oriental. Pues lo que resultó, a partir de ese momento, contemporáneo de Latorre, fue lo contrario: la próspera consolidación del Uruguay: el temido experimento venía a ser un éxito durable. El Uruguay imposible resultó posible. Y fue una posibilidad realizada, a satisfacción de los uruguayos. Le sucedió el ser uruguayo, repleto, y no nada.

Pero ahora pareciera que la historia se repite, al cabo. El Uruguay actual se siente obturado, cavila por la persistencia de su posibilidad. La historia latinoamericana, concorde a los tumbos, se interioriza, deja las vías paralelas de la extraversión. Un nuevo Imperio vigila los movimientos y nuevos acontecimientos cambian las condiciones generales. Así, recientemente Carlos Quijano volvía a preguntarse inquieto por la viabilidad del Uruguay. Era una respuesta que venía postergando desde 1952, desde un artículo titulado “El cuarto de los juguetes”, si la retentiva no me es infiel. Ahora nos lo dice tajante: “El Uruguay no tiene posibilidades de un desarrollo autónomo y cuanto hemos intentado -sobre todo en los últimos años- a veces con heroísmo, otras con sagacidad y cuanto intentemos, tiene el signo de la precariedad, y está condenado a la frustración. Es endeble e incompleto”. Allí están a la vista, signo de los nuevos caminos históricos, ALALC, el Mercado Común, CEPAL, CELAM, las guerrillas, la FIP, la revolución de liberación nacional latinoamericana tanteando en ciernes, la industria pesada, etc. ¿Qué hacer? ¿Qué políticas de recambio? Quijano termina como Floro Costa, agobiado por el Nirvana, aunque a veces le ponga el nombre consolador de Revolución. Tan visceralmente arraigado está en el Uruguay que acaba, que el uso de la Revolución como mito, le permite desde esa altura abstracta encubrir su crítica, hecha verdaderamente desde el mismo Uruguay solitario que afirma no puede continuar, de todo aquello que se mueva en el sentido de romper el status vigente. Quijano expresa hoy, como nadie, ese Nirvana que amenaza al Uruguay, tardía resurrección de Ángel Floro Costa al revés. El uno sufría por la Banda Oriental, y su espejo invertido el Uruguay. El otro padece la contradicción, por el Uruguay a secas.

¿Perduraría la obra? El añejo recelo vuelve a nosotros imperioso, con su cortejo de dudas, deseos, añoranzas, tensiones, problemas, acertijos. ¿Cuál es el estado actual de la obra? ¿Cuál su configuración y leyes básicas? ¿Qué necesita para seguir? ¿En qué sentido es modificable, o transmutable? ¿Bastan reajustes? ¿Qué lo provisorio? ¿Las traídas y llevadas “reformas de estructuras” tocan realmente la estructura? ¿Atienden y parten auténticamente desde nuestra “crisis sustancial”? ¿No quedan, en su formulación misma, en los mismos trillos con otros afeites? ¿Cómo acotar racionalmente el campo de los posibles, que se nos abre preñado de incertidumbre, pero que no es indefinido? ¿Hacia dónde y cómo reorientar la acción? ¿Cuáles las metas? ¿Es sólo producir más? ¿Tan fácil acaba el cuento? ¿Cómo apoyar nuestra acción en la realidad? ¿Qué augurios se extraen de ella? ¿Qué fuerzas contamos para formular una estrategia y sus tácticas? ¿Qué valores? ¿A que nos exponemos? Ha pasado ya la hora oportuna de los Casandras, y estamos en el baile. ¡No más literatura del “pozo”, que las catreras se rompen! La sutil, pegadiza y cansina atmósfera del nihilismo uruguayo (de raíces tan hondas) debe ser aventada, pues lo será de todos modos. El desván de los desvanecidos ya no sirve más, queda como “sillón vienés”, diríamos usando un raro cuento de un amigo.

Por supuesto, no nos explayaremos. Más bien, como advertíamos en nuestro propósito, estamos removiendo y haciendo más específica la pregunta primordial. Y la prosecución nos hace detener un poco en el Uruguay que ha sido y que hoy se nos vuelve epiléptico. No insistiremos demasiado, puesto que no se trata de llover sobre mojado por economistas, siendo uno mero aficionado. Pero quizá nuestros ojos afectos a totalidades y conexiones puedan servir.

Pido excusas por volver con el inglés: vaya en descargo lo poco que se le ha tomado en cuenta visiblemente. Mucho es lo escrito acerca de las relaciones del imperialismo inglés y la Argentina. Es lógico, un caso notoriamente más grande que el diminuto Uruguay. Eso ha hecho que se nos omitiera, para nuestro alivio y santa ignorancia, en las referencias de innumerables textos al respecto, desde Lenin a Crouzet. Tampoco aquí fue viviente, como en la Argentina, un fuerte movimiento crítico al Poder Inglés. Entonces teníamos cumplida noticia de los Borges pero nunca de los Scalabrini Ortiz, salvo alguna necrológica vergonzante. De tal modo, impalpablemente, parecía que nosotros estábamos fuera de la Troya. Que lo del “Sexto Dominio Británico” sólo atañía a los argentinos pero nos excluía a nosotros, fruto exquisito. Allá, los turbios manejos de los frigoríficos extranjeros llevaron en tiempo de la investigación de Lisandro de la Torre hasta al asesinato de un senador en pleno recinto parlamentario. Aquí, salvo las fricciones de la creación saludable del Frigorífico Nacional, sólo se realiza una investigación parlamentaria… cuando los frigoríficos extranjeros habían decidido retirarse. Pues aquí, investigamos todo menos lo esencial. Esto nos permite anotar una observación lateral. A partir del hecho que los modos de operar del United Fruits en Guatemala nos son de lejos más familiares que los de Bunge y Born, para poner una ocurrencia de inmensa importancia, en nuestro país, pues controla nuestro mercado cerealero y oleaginoso, etc., se hace imprescindible que los “diagnósticos económicos” no se eleven a modelos demasiado abstractos, pues es sobradamente quedarse a ciegas para una operatividad política y económica. Si investigación económica y social hay que hacer, la Universidad debe esclarecer racionalmente el mapa y la incidencia concreta de los trusts, oligopolios, carteles, firmas que son decisivas en el país. ¿Cómo, cuál y quién es nuestra “elite del poder”? ¿Cuál sus mecanismos? Esas son las densas nubes que importa despejar, más que perderse en fraseologías, como es costumbre; en los extremos de “cientificidad” abstracta o heroicidades que son cobardías. Hasta los profesores e investigadores norteamericanos han escamoteado menos la estructura de su país que los nuestros. Lo decimos, porque una política nacional empieza por un saber verdadero.

Sigamos con el inglés y nosotros. Dentro del mercado mundial “uniconcéntrico” las zonas ganaderas constituyen un sector privilegiado. Su destino ha sido distinto al clásico de las explotaciones coloniales. Australia, Nueva Zelandia, Argentina, Uruguay se erigen como testigos de un aparente mentís a la idea de un imperialismo industrial expoliador. Son zonas agropecuarias en que el progreso ha sido indudable. Allí se ha generado sin cesar una inmensa acumulación de riquezas, cuyo ejemplo más chirriante era la opulenta oligarquía porteña. La nuestra, más pequeña y provinciana, fue más sobria y decorosa. La razón de éxito es sencilla: por su propia índole la explotación ganadera -provista de campos fecundos y baratos-, exigiendo la inversión mínima posible de trabajo social, y hasta de inteligencia social engendraba zafra a zafra más alta producción de excedentes, con una demanda europea creciente por el bienestar y el ascenso de nivel de vida, en que confluían la industrialización, el saqueo colonial y el poder de los sindicatos. No soy experto económico, pero desde hace años he insistido en el rol absolutamente decisivo de nuestra renta diferencial agraria. No se trató de arrancar una “plus valía” al trabajo, de acuerdo a la técnica de una sociedad dada, sino de apropiarse del “factor espontaneidad” (la naturaleza, la Ph?sis: fisiocracia). Se ha sostenido que somos hijos de un gigantesco rendimiento del trabajo rural. Pero lo cierto es que el rendimiento estaba más del lado de la naturaleza que del hombre, al que le bastaban habilidades primitivas. Por eso también decía, con cierto humor, que para nosotros servía más el modelo de Quesnay, de los fisiócratas, que el de Keynes, ¡manes del desarrollo desigual y sus relaciones recíprocas! La ganadería fue en el Río de la Plata una especie extraordinaria de “automación biológica”, una maravillosa “cibernética natural”. Por eso con las necesidades en alza del mercado consumidor europeo y el transporte a vapor y frigorífico, Argentina y Uruguay se beneficiaron de una enorme “renta diferencial” a su favor. El Río de la Plata generó así, sin mayor esfuerzo ni sacrificio social, la más alta renta agraria. Esto le permitió disponer, sin necesidad de una revolución industrial propia, de un enorme sistema de servicios y un nivel de vida que sólo aparecía posible en los grandes centros industriales. Incluso una facilidad relativa en la acumulación de capital para industrias livianas, que permitieron una simultánea “justicia social”, hecho aparentemente insólito, pero que permitió la constitución de cierto mercado interno para esas mismas industrias.(20) Esta muy notoria singularidad rioplatense: una sociedad fundamentalmente agropecuaria, exportadora de materia prima, con consumos y hábitos de sociedad industrial. Su “subdesarrollo” no impedía adquirir un nivel “desarrollado”. Así, las excelentes oportunidades que brindaba a las actividades “terciarias”, a los agricultores, a la industria liviana, atrajo lo principal y más numeroso del crecimiento vegetativo y la marea inmigratoria.

En tal contexto nació el Uruguay Batllista. La propaganda electoral de 1910 es significativa. Un mural escrito por el poeta y bohemio, anarco-batllista, Laso de la Vega, es como el compendio de la situación. Empieza dirigiéndose contra los “1.000 vacunos” (los terratenientes) que “poseen las 2/3 partes de las tierras del país” y tienen a sus trabajadores, escasos, en condiciones “inferiores a los novillos que mandan a los Frigoríficos”. Subraya con énfasis que “en los últimos 10 años la tierra y la hacienda ha triplicado su valor”, sin beneficio para el pueblo, y termina exhortando “Proletarios, hombres libres de la ciudad… meditad.”(21) Y esto determina la peculiaridad de sus luchas políticas. Es en el Uruguay (Batlle) y en la Argentina (Yrigoyen) que las clases medias obtendrán la primera victoria histórica de América Latina, durante la segunda década del siglo XX.

Ya en esa época, víspera, curso y postrimerías de la Primera Guerra Mundial, emergen los dos primeros focos dinámicos e irradiantes de la historia latinoamericana contemporánea. Aparecen en los dos extremos del continente: Méjico y el “Cono Sur” (Argentina, Uruguay y Chile con Alesandri y en circunstancias distintas). En Méjico la emergencia de las clases medias se complica inmediatamente con una revolución agraria. En el Cono Sur, la política es, en “estado puro”, propia sólo de la pequeña burguesía. Es en esas zonas -sin protagonismo campesino alguno- donde las clases medias irrumpen en escena y determinan profundos cambios ante la consternación de los viejos próceres patricios. Al antiguo reinado del liberalismo oligárquico le sucede un liberalismo popular, con gesticulación socialista, un radicalismo que guarda ciertas analogías fraternas con su tocayo francés. Con Batlle e Yrigoyen se trataba de la democratización de la renta diferencial. No se intentaba un cambio de estructura, sino de una mejor distribución de la renta agraria. Había que hacer al pueblo partícipe de ella.

Es en un marco de exuberante renta agraria que ascienden las clases medias rioplatenses. Son las primeras en obtener en América Latina el sufragio universal y en acceder a la participación del poder no por la violencia, sino por pacíficas vías electorales. Toda la cuestión se centraba -como aún entre nosotros- en la distribución democrática de la renta agraria. Había un excedente suficiente como para conformar o subsidiar a la mayoría, sin afectar las bases del sistema que determinaba el control de la producción por la oligarquía terrateniente y comercial, ligada a la exportación. Medidas de seguridad social, salarios, un cierto proteccionismo a la industria liviana incipiente, educación universal, laica y gratuita, estatismo. Así, el Uruguay inauguró el “Welfare State” en América Latina. Singular Welfare State sin industria, con pies de barro, pasto y pezuñas.

Queríamos subrayar esto, pues es el sostén insostenible de nuestra actualidad, y en este fenómeno no han hecho hincapié los estudios del CIDE ni de Faroppa, que lo dan nebulosamente supuesto. La paradoja rioplatense, de nivel de vida desarrollado y estructura económica subdesarrollada, sobrevivirá varias décadas. Más aún: las condiciones de subdesarrollo, de primacía de la “espontaneidad” por sobre el trabajo social invertido, son las que dan razón del “desarrollo”. De un desarrollo de consumos, que iba a liquidar una espontaneidad estancada. La cuestión de superar y trascender la renta agraria realmente, de pasar a objetivos de industrialización plena (incluso agropecuaria) es aquí reciente. En la Argentina se plantea con virulencia a partir del golpe militar nacionalista de 1943 y del coronel Perón. Pero allí emergen dos nuevos protagonistas en escena: la burguesía industrial y el proletariado, potente, organizado, moderno. Aquí el Uruguay, limitado por la estrechez asfixiante de su mercado interno, no puede emprender por sí mismo una industrialización de largo aliento y su enorme superestructura “terciaria” asiste, hoy, impotente, al desfonde del excedente agrario. “Estamos devorándonos las entrañas” clama el presidente Gestido, y se limita la dieta para poder exportar. La conformidad uruguaya de ayer es su parálisis de hoy, aunque crece el miedo del país por sí mismo y la agitación cunde. Se verà, dentro de poco, a estas clases medias abocadas a una inédita aventura latinoamericana: no descender su nivel de vida. He aquí un problema sin igual en América Latina. El drama es el descenso, no el ascenso.

En la facilidad de la renta agraria reside el origen de todo un estilo de nuestra problemática social, económica, política y cultural. La índole específica de nuestra renta diferencial permitió una campaña despoblada y la más intensa urbanización de América Latina. Pero a su vez, esa urbanización subsidiada por la renta diferencial no revirtió acumulativamente sobre la estructura general del país con ímpetu modernizador, sino que se enquistó en sí misma, resultando en su conjunto una política económica de despilfarro de esa renta diferencial. El sector terciario de la economía uruguaya consumía su parte de renta diferencial, sin dinámica esencial de efectuar o echar las bases, no ya de una reproducción ampliada, sino ni siquiera de una reproducción simple. La lucha por su cuota-parte de renta diferencial se tradujo en la lucha exclusiva alrededor de la moneda, los cambios y las revaluaciones, las especulaciones, los salarios. Cada grupo de presión quiere su denario de la renta diferencial. Y nada más. Tal el sentido de nuestras luchas políticas y gremiales hasta hoy. Tal el esquema fundamental de nuestra situación. La renta diferencial fue el paraíso de la paz uruguaya y el desfonde de la renta diferencial será el infierno tan temido. La renta diferencial fue la concordia de más de medio siglo, su desaparición será la guerra social ya en ciernes para los años venideros. La incontenible espiral inflacionaria es su prolegómeno, fruto de la guerra fría entre los grupos sociales por una moneda de más en más envilecida. La inflación es lucha dentro del statu quo y a la vez su resquebrajamiento. La inflación aguanta al statu quo, pero acumula en su base la explosión del statu quo. Prolonga la paz y agudiza la violencia venidera.

La producción, la cultura humana, nos señala Freud, se ha erigido sobre la represión, la disciplina de las apetencias. El “principio de realidad” le ha exigido al “principio del placer”, para sobrevivir, la ascética. Sin ascética no ha sido viable ninguna empresa cultural de aliento. Ascetas hubo en la base de la cultura europea, con las órdenes religiosas; ascetas hubo en el origen del capitalismo con el puritanismo, y su máximo exponente el mundo yanqui; ascetas emprendieron la revolución socialista, con el partido bolchevique, y ahí está el proceso ruso o el más reciente monasterio laico de la China. ¿Ha conocido nuestro país un ascetismo creador? ¿Tenemos reservas de ejemplaridad? Pareciera que no. Se ha dicho respecto de nosotros que “en el principio fueron las vacas”: antes estuvo la abundancia, luego vino el hombre. Hernandarias fue ya el introductor de nuestra “cibernética natural”, la ganadería, en circunstancias absolutamente excepcionales en la historia universal. No tengo noticia de vaquería semejante. Así, tuvimos la sobriedad rústica de los paisanos; modos austeros en sectores del viejo patriciado, aún ligados a una moral tradicional ella también generada por siglos de escasez sufrida por el hombre; y tuvimos asimismo el sacrifico tenaz y esperanzado de cada inmigrante, proveniente de medios en que la vida era normalmente más dura; pero, pronto, sus hijos en condiciones menos exigentes se ablandaron. De tal modo, la facilidad de la renta diferencial ha generado un aflojamiento general de la vida del país, ha consolidado una mentalidad de comensales, ha hecho privar, diríamos, el “principio del placer” sobre el “principio de realidad” sin penosos caminos indirectos (acumulación de capital, objetivación de trabajo humano no consumido y apto para la producción). Sin la dureza ni las hambrunas de las viejas culturas agropecuarias, sin la implacable acumulación primitiva del capital técnico-industrial, sea bajo el modo liberal o socialista, teníamos como una aptitud innata para asimilar rápidamente las pautas de alto consumo que iban alcanzando las grandes naciones industriales. Recibíamos las pautas, pero sin su contracara, sin la técnica, la racionalidad de la economía y empresas modernas. Recogíamos el fruto, sin tener el árbol y su savia. Era la paradoja de un desarrollo desigual que beneficiaba al más atrasado, pero esto no iba a ser permanente, y a la postre quedaríamos en lo que éramos: consumidores sin base productiva a la altura de los tiempos.

Las circunstancias excepcionales de nuestra renta diferencial han generado tanto las virtudes afables como los vicios dilapidadores e imprevisores del país. Ello ha generado la extraordinaria falta de economicidad de nuestra estructura económicosocial. La ausencia de una política pedagógica, con la educación vuelta en sí, irracional cultivadora de míticas “espontaneidades”, con las carreras tecnológicas no sólo descuidadas sino sin aplicación. Sin expertos agrarios, necesitándolos pero dejándolos de lado. Con una cultura baldía, sin funcionalidad, impregnada por una gratuidad que se confunde con libertad. La renta diferencial prohijó el desarraigo y el idealismo en casi todos los aspectos de la vida nacional. Desde nuestros estudiantes hasta el opio monetario. A la vez, dejaba erosionarse a los suelos, a las praderas naturales; y creaba gran atraso rural, en todos los órdenes. “Primario” rústico y “Terciario” parásito, cubriéndose de mutuo desdén. Y se nos hizo cómodo un “keynesianismo” a la criolla, de sustento fisiocrático. ¡Qué sorpresa para Keynes ir de la mano de Quesnay! Ese monstruo bifronte poca vida podía tener, pero cobijó ilusiones de eternidad.

A través del Estado se realizó la democratización de la renta diferencial, aunque sin objetivos congruentes de reinversión y eficacia. Las estatizaciones de servicios públicos e industrias se efectuaron bajo el criterio de “libre empresismo estatal” que atomizó al Estado en entes autónomos y a la vez los sujetó a un doble fin contradictorio: ser receptáculo de la política de clientelas y de servicios baratos al pueblo, sin contar con la capitalización. El resultado ha sido progresivamente acelerado: un Estado administradamente caro, descapitalizado, ineficaz. La Ley de Parkinson ha terminado por desmantelarlo, convirtiéndolo en sistemático empleador de desocupados y pasando de promotor del impulso del país a ser una rémora paralizante. Muere de consunción, con presupuestos de sueldos sin inversiones. Así, la crisis del Estado se identifica con la crisis de los dos partidos tradicionales, que han sido los vehículos de la democratización de la renta y a la vez de la conservación de la estructura fisiocrática del país, detenida. La renta diferencial les ha permitido, con leves vicisitudes y alguna “dictablanda” por medio, mantener al latifundio, y a la concentración urbana en buen nivel de vida. El fin de la renta diferencial pone en cuestión de raíz la función coparticipadora, amortiguadora de las luchas de clases, de los dos partidos. Pero dentro de su relativa homogeneidad común, la crisis destruye ante todo al batllismo, que es como el paradigma de tal situación. Él ha sido, más que ninguno, portavoz de las clases medias y populares urbanas, y su función ha estado esencialmente ligada a los ciclos de mayor prosperidad uruguaya. Ha sido el partido de la prosperidad, y por ello la crisis lo abate, como en 1934 y 1958. ¿Cómo seguir gordo con vacas flacas?

Por eso, hay más relación actual entre la “situación” terrista y la de Gestido que con el batllismo propiamente dicho. Creo que esta crisis de los partidos tradicionales se objetiva de modo supremo en el agotamiento histórico del batllismo, al que asistimos, refugiándose la mentalidad puramente distributivista de una clase media angustiada en los sectores de la llamada izquierda, así como es previsible una irritación popular contra los grandes terratenientes, con un vigor desconocido antes en el país, pero con enormes dificultades prácticas. Es muy espinoso el salto desde el asfalto hasta la campaña. La ira popular corre el riesgo de quedar en el vacío, sin consecuencias reales, perdiéndose su eco en los campos distantes y despoblados. Sólo una tremenda necesidad puede producirlas. En ese sentido, puedo traer a colación un pensamiento habitual de Nardone, quien solía repetir: “Hasta que Montevideo no arda, no puede esperarse ni pretenderse ningún cambio profundo en el país”. Sólo semejante incendio social podría trascender la literatura. Esa visión apocalíptica no puede por cierto descartarse. Quizá sólo un gran sufrimiento, la desgracia sostenida e insostenible, altamente concentrada en Montevideo, termine con las inercias sobrevivientes a la muerte de la renta diferencial, y ponga en tensión real, decidida e inteligente al país. Lo seguro, es que nadie o muy pocos salen a la intemperie anticipadamente. Para que así sea casi es necesario haber perdido la casa. Ese ya no tener nada que perder nos hace futurizar de verdad. El pueblo hace muy pocas revoluciones, es sensato y conservador. Pero a diferencia de intelectuales o de jóvenes subsidiados en rebelión familiar, cuando se propone la revolución la hace, pues es también un acto de sensatez y conservación, no contradictorio con la audacia y el heroísmo; y ajeno a toda gratuidad. Hace la revolución cuando es lo único sensato.

Y ¡pocos pueblos con tantas razones para ser conservador, como el uruguayo! Para ser legítimamente conservador. Hasta ahora, aquí el conservatismo ha tenido mejores razones que la aventura. No vamos a repetir los elogios en que el uruguayo se ha autodeleitado. Es cosa que va deslizándose paulatinamente en las sombras del pasado. Sin embargo, los factores estáticos son aún muy poderosos. Tenemos las clases medias populares en que está más extendida la propiedad habitación. La vivienda propia es realidad para una proporción gigantesca del pueblo uruguayo. Y esa paradójica masa de “propietarios- asalariados” no propende por cierto a la movilidad, el bien inmueble no es afecto a lo mueble. Desde fines de siglo, con Piria, gran político-rematador que abrió a la inmigración nueva residencia en la tierra, hasta Vaz Ferreira que postulando como derecho humano fundamental “habitar sobre el planeta” dio categoría filosófica al sueño de la casa propia, la inversión inmobiliaria ha sido la principal en el país. (Por travesura, podríamos decir que “fue el búho de Piria”). Incluso el actual proceso inflacionario, unido a las leyes de alquiler, no ha mermado el número de propietarios sino que los ha acrecentado. A lo que se suma: la gran cantidad de pequeños empresarios que con costos fijos de escasa entidad, pueden soportar mejor la crisis que grandes firmas; la debilidad de nuestra burguesía industrial y por consiguiente de nuestro proletariado. Y dominándolo todo, el neomaltusianismo espontáneo de las clases uruguayas, que -envejecidas- son poco permeables a los cambios. ¿Pero qué puede esto contra los factores negativos que arruinan el país, y que tienden necesariamente a dinamizarlo, así sea por desesperación? No vamos a hacer enumeraciones resabidas, pero vale resumir: estancamiento de la producción, déficit del presupuesto del Estado y de las balanzas de comercio y de pagos, que se hacen crónicos, y que nos encuentran con una descapitalización acumulativa, atraso técnico, parálisis o mal uso de la mayor parte de la población activa del país. No hay país con semejante lujo que no haya estallado.

El Uruguay, a pesar de su lentísimo crecimiento demográfico, comenzó a fagocitarse su renta diferencial, a la vez que impulsaba sus industrias livianas en íntima relación con los momentos cruciales de la retirada inglesa: la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. A medida que el Uruguay salía de la órbita inglesa, por las grandes crisis capitalistas, aumentaba su capacidad de sustitución de importaciones, aunque generaba nuevas dependencias de las industrias pesada y combustibles extranjeros. Y a la vez, cuanto más se interiorizaba el mercado, más visible se hacía que ese mercado no tiene dimensión para un desarrollo industrial moderno, generando costos no competitivos. Su última expresión será la empírica política industrializadora de Luis Batlle, contemporánea a la de Perón y toda América Latina, aprovechando la postración europea, y que pronto rebota contra el tope diminuto de nuestras posibilidades internas, con la recuperación europea, con los términos adversos del intercambio y lo menospreciable de nuestro peso específico en los mercados internacionales. La ingenua y utópica visión del Uruguay industrial, deseable pero fantástica, moría para siempre en la especulación cambiaria y bancaria, y los terciarios quedaban sin futuro. Tenía que venir la revancha de los sectores primarios de la economía (agro preindustrial) sobre los terciarios (servicios). Lo que de seguido provoca el contraoleaje ruralista de 1958, que se estanca en la esterilidad de estimular a la producción agropecuaria a través de los solos precios, limitándose a transferir al agro más moneda y acelerando las condiciones de su envilecimiento, incapaz de poner coto a la política de clientelas y de introducir mayor racionalidad en los mecanismos económicos; latifundio y banca intactos. La fisiocracia de los primarios no podía sacudirse a los terciarios de encima, sin enfrentar su propia transfiguración. Se había llegado al fin de la jornada. Si antes Keynes no había podido prescindir de Quesnay, luego Quesnay tampoco podía dejar a Keynes. Morían como abrazados a un rencor… porque Ricardo se iba.

Pero aparecían los augurios de un viraje histórico sin antecedentes: en el orden interno, la creación del CIDE, primer intento global de información, diagnóstico y formulación planificadora del país; y en el orden externo, la ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio), signo de la inevitable vuelta hacia adentro de las economías latinoamericanas, que en un grado u otro debían confluir hacia la gran nación inconclusa de América Latina. La liquidación de la renta diferencial nos obligaba a replantear en términos de economicidad global y nos hacía asomar a América Latina, no con el sentimiento, sino por necesidad. La necesidad de trascender al Uruguay en que nacimos se hacía imperiosa, impostergable, fatal.

El viraje más radical de nuestra historia ahora ya está a la vista ¿Para ser uruguayos, debemos dejar de ser uruguayos al modo que fuimos y aún somos? O crece o muere. Y nos está vedado crecer como imperialismo. Nos está vedada una modernización industrial a la altura de las técnicas actuales, por ser un mercado aldeano. ¿Qué hacer? El Mercado Común Latinoamericano se nos viene encima cargado de consecuencias y nuevas cuestiones gravísimas. La llamada Integración no sólo es un repertorio de soluciones sino de portentosos problemas, como un salto en que se generan nuevas contradicciones y concordias, y que por ello nos exige un replanteo no menos radical de nuestras políticas inveteradas. Y ese reto abarca por igual a derechas e izquierdas. Habrá derechas e izquierdas, que se aferren anacrónicas a los Estados Parroquiales latinoamericanos. Habrá derechas e izquierdas dispuestas a trascenderlos de raíz, y los modos de lucha tomarán nuevas dimensiones. Nada será de posible eficacia si no se reasume al nuevo nivel de la nación latinoamericana en marcha. Toda política de derecha o izquierda que se limite a atrincherarse en los vetustos esquemas de los países latinoamericanos como “naciones completas”, será una política estéril, reaccionaria, exenta de pensamiento creador, sin salida, de crítica mecánica y abstracta, ausente del sentido dialéctico de los acontecimientos, arrastrada por ellos, impotente. ¡Bueno sería que la izquierda se enclaustrara en los fragmentos de la balcanización! Todos hablan hoy en términos “latinoamericanos”, pero rehúsan extraer y adelantar verdaderos planteos, y por lo común están muy por debajo de nuestra circunstancia y prospectiva, como esa literatura amorfa de la “Revolución Continental” que escamotea enfrentar la cuestión de la Revolución Nacional Latinoamericana, que se resiste a asumir la cuestión de la unidad nacional latinoamericana, de tan gigantescas proyecciones. El campo de batalla empieza a ser otro, y exige reacuñar nuevas estrategias y tácticas que sepan medirse con las nuevas escalas.

Y aquí volvemos a nuestro punto de partida. Al Uruguay mismo como problema. Los supuestos de nuestra vieja política internacional se han evaporado: el Imperio Inglés ha sido sustituido por el Yanqui; el viejo Uruguay agropecuario, extravertido y agotado ya no permite el cada uno en su casa, y tiene que abrirse a sus vecindades latinoamericanas. Para el Uruguay interiorizarse es latinoamericanizarse. Nuestra política nacional será ir más allá del Uruguay para salvar al Uruguay en el sentido de su propia historia. Si Ponsomby ha muerto, nos queda Artigas. Pero examinemos más de cerca las nuevas hipótesis, algunas, que nos impone la nueva situación del país, para ver qué es lo vivo y lo muerto de lo recibido. El Nirvana es para los que salen, o se detienen, en la historia. No lo queremos para nosotros.

(20) Este planteo lo hemos formulado ya hace casi una década (“La Crisis del Uruguay y el Imperio Británico”. La Siringa, Buenos Aires, 1959; previamente, se había publicado en octubre de 1958 en Tribuna Universitaria). Quizá la polvareda política de aquel momento hizo pasar a segundo plano lo fundamental, y la gente se fue por las ramas, quedándose con retazos de aquí y allá, sin percibir claramente el conjunto de sus ideas básicas. Ahora no hacemos más que retomar una de sus dimensiones, pues el tiempo transcurrido no ha hecho más que confirmarnos en nuestro enfoque esencial. Si hubiéramos encontrado razones valederas para rectificarnos, lo hubiéramos hecho de inmediato. Pero ni las hemos encontrado, ni otros nos las han ofrecido.

(21) Jacinto Duarte: “Dos Siglos de Publicidad en la Historia del Uruguay”, Montevideo, 1952, pág. 90.

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