EL URUGUAY COMO PROBLEMA. GEOPOLÍTICA DE LA CUENCA DEL PLATA.

5. El Nuevo Uruguay Internacional

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La historia se nos cuela por el vacío de la renta diferencial. Un fresco y afilado viento de realidad comienza a disipar la atmósfera enrarecida y perpleja de un Uruguay aferrado, a pesar de la advertencia de 1958, al “aquí no pasaba nada”. Porque, sí, ¿qué pasa? ¡Y sin embargo se mueve! Y es en los tránsitos inciertos que la inteligencia debe estar más en vigilia. Inteligencia que poco tiene que ver con las presumibles crisis histéricas de nuestro idealismo agonizante. Nos encontramos ahora enfrentados a la situación que describe Hans Freyer: “Las épocas felices de un orden estatal positivo no precisan de una ciencia especial de las condiciones y leyes de la vida social, y si llegan a poseerla, es sólo una teoría de lo existente. Sólo cuando los hechos sociales se escapan a la forma estatal en que se hallan presos, la hacen sal-tar a pedazos o pasan por encima de ella, es cuando se plantea el tema de estudiar científicamente ese material con leyes propias, la ‘sociedad’, descubriendo en lo posible las leyes naturales de su desenvolvimiento”.(22) Sociedad estable es sociedad de juristas y leguleyos. Los conflictos se resuelven por distintas abogacías en múltiples tribunales, oficiales o no. Es más el reino de las “mediaciones” que de las contradicciones. ¿Cómo no hacer del Derecho y la Constitución mitos intangibles, si el país tenía medio siglo largo de paz? Y los conflictos se resolvieron por “reformas constitucionales”, que dan la medida de su tibieza. Pero los cánones se ven rebasados, y la precaución uruguaya termina disolviendo definitivamente la mitología inocente del Colegiado, naufragio de inoperancia, y trata de domar de antemano al cesarismo posible, abriéndole cauces institucionales, que disminuyan su impacto. Ya el Uruguay presente sabe que no es puro presente, que está lanzado al futuro. Por eso, pensar al Uruguay de hoy no es pintarlo como es, copiarlo, sino proyectarlo. La fotografía, aún verídica, ya es un acto de conservatismo. Hoy más que nunca, nuestra política se hace prospectiva, conocimiento y apuesta, evaluación de las posibilidades que en gran medida, sabemos, no dependen de nosotros. Pero eso no nos exime de querer poder realmente, de las opciones al servicio de los valores en que creamos. Y la opción por un valor es también la opción por su eficacia. Elegir la justicia, es elegir también el poder, por más contrariedades que esto implique. Quien no quiera el poder, no quiere nada. Incluso para poner límites al poder. Y como sólo se puede en situación, hay que remover nuevamente: ¿cuál es la situación actual del Uruguay Internacional? ¿Qué perspectivas se abren? Aquí, perseguir el dominio del objeto, conocer, se confunde con las posibilidades de reconformar políticamente la sociedad. Empleando el viejo lenguaje de Saint Simon y Comte, pasamos de una “época positiva” a una “época crítica”. ¿Cuáles los supuestos geopolíticos de esta nueva época uruguaya crítica? Una época en que “sin visión los pueblos mueren”. Retomamos así el hilo de la primera parte, con la sucesión de los tres Imperios.

Estamos en el tercer ciclo de la historia de América Latina, el del Imperio Yanqui. La parte norte y anglosajona de la Isla continental ha levantado la más imponente potencia industrial capitalista de nuestro tiempo. Su destino ha sido simétricamente inverso al de América Latina. Logra su independencia antes de la consolidación de la Revolución Industrial Inglesa, y se expande en progresiva integración usufructuando sagazmente los conflictos de las potencias europeas. Emprende una persistente marcha hacia el Océano Pacífico, cuya víctima principal será Méjico y luego, en la guerra de Secesión, el norte industrial destroza al sur agrario, aristocrático y esclavista. De tal modo, una fuerte política de proteccionismo industrial se hace general, al revés de América Latina que en el mismo período era presa de la orgía librecambista y spenceriana. Mientras los EE.UU. inspiran a Von Lizt para el nacimiento de la economía nacional-industrial alemana, los patriciados latinoamericanos eran el reverso agropecuario de Adam Smith, Ricardo y el vulgarizador Bastiat. Lo que EE.UU. resuelve por la violencia en la Guerra de Secesión, hace un siglo, recién comenzará a plantearse en América Latina en nuestros días con el choque del naciente desarrollo industrial y el sistema agroexportador, que cuenta ahora con la complicidad yanqui, así como entonces los sureños contaban con la complicidad inglesa. ¡Paradojas de la historia!

Mientras que Norteamérica forma un triángulo cuya mayor extensión se encuentra con amplias llanuras y las mejores condiciones geoclimáticas, lo que ha facilitado su gigantesca expansión unificadora, América del Sur es también un triángulo cuya mayor anchura la cubre el “infierno verde” de la olla amazónica. Así, un desierto ecuatorial descoyunta a América Latina en dos zonas principales pero casi incomunicadas: la zona del Mediterráneo Caribeño, que comprende Méjico, Centroamérica, las Antillas, Colombia y Venezuela y la zona del “Cono Sur”, cuyo centro vital es la Cuenca del Plata. Y un como gozne mediador entre esas dos zonas, que son los países andinos. En tanto que lo mejor de Estados Unidos está en su zona más ancha, lo mejor de América del Sur está en su zona más estrecha. Pero en la desembocadura de esa zona óptima de América del Sur está el Uruguay.

Como es lógico, el primer avance yanqui se realiza en el Mediterráneo americano. Su culminación será la guerra de Cuba y Puerto Rico contra España y la apertura del Canal de Panamá, luego de inventar una nueva república a costa de Colombia. En Panamá se sella la retirada inglesa del Mediterráneo caribeño al abrirse el siglo XX.

En aquel momento, en que concluye el resto americano de la madre patria España y en que Inglaterra efectúa su primer gran retroceso ante el “tercer hombre”, el Caribe se hace un mar virtualmente yanqui y el nuevo Imperio proyecta su sombra sobre América Latina: también resuena en la postración latinoamericana la nueva alborada de su voz, del eco bolivariano, en el Ariel de Rodó, un uruguayo. Rodó es nuestro Fichte, y su Ariel el Discurso a la Nación Latinoamericana, en un plano ético e ideal. Fue un reguero de pólvora; desde su balcanización, América Latina soñaba otra vez su unidad. Y Rubén convocaba a los leoncitos para enfrentar al Gran Cazador de Teodoro Roosevelt. En aquél momento renace la unidad latinoamericana en el plano de la generación literaria, del “modernismo”, donde se congregan, en el auge finisecular del imperialismo, el ápice de las enajenaciones y exotismos con el regreso a las raíces nacionales. Un Manuel Ugarte, argentino, recorre nuestras patrias chicas levantando la visión de la Patria Grande; un García Calderón, peruano, intenta pensar por primera vez, de modo concreto, globalmente el proceso histórico latinoamericano. Nueva tesis, nueva antítesis. Con el siglo XX se inaugura a la vez el tercer Imperio y la formación de la conciencia latinoamericana. Se emprende la larga marcha por la formación nacional de América Latina. “Será la paradoja del avance del nuevo Imperio Yanqui: a cada paso suyo adelante, habrá un paso delante de su contrario, la unidad latinoamericana”. Así, su camino será inverso del inglés. Promueve como su instrumento al Panamericanismo, que se inicia a fines del siglo XIX con su primera proposición concreta: la unión aduanera. Pero como ella no podía tener otra consecuencia que la subordinación absoluta al poder industrial yanqui, fue declinada por los latinoamericanos. La fruta todavía estaba verde, y el inglés era aún fuerte.

Así, el siglo XX presencia el despliegue de Estados Unidos en América Latina, que se consolida en la Segunda Guerra Mundial. El viejo poder europeo está destrozado y se levanta el Tercer Mundo de los descolonizados, con su nuevo vigor. Hambre y natalidad son su tragedia y su fuerza. Las sangrientas crisis del capitalismo europeo y sus guerras intestinas le habían liquidado su supremacía mundial. La Primera Guerra Mundial fue el nacimiento del primer Estado Socialista en la inmensa Rusia, y Estados Unidos pasó a acreedor universal. La Segunda Guerra Mundial es la rebelión del Tercer Mundo, la expansión del socialismo en el este europeo y China, y el paso de Estados Unidos a líder absoluto del mundo capitalista. Su productividad alcanza niveles asombrosos y hasta se convierte en exportador de productos agrarios a los países agrarios atrasados. Señala Spykman: “Estados Unidos ocupa una situación única en el mundo. Su territorio pertenece a aquella mitad del globo de las grandes masas terrestres y sus dimensiones son las de un verdadero continente, con todo lo que esto representa en términos de poder económico. Asomado a dos océanos, Estados Unidos tiene acceso directo a las arterias comerciales más importantes del mundo. Su dominio está enclavado entre las dos aglomeraciones de población densa de la Europa occidental y del Asia Oriental y, por lo tanto, entre las zonas de mayor importancia económica, política y militar”.(23) De tal modo la posición de Estados Unidos en la Isla Continental, similar simultáneamente a la de Gran Bretaña frente a Europa y a la de Japón frente a Asia, le hace convertir a éstas últimas en su trampolín para detener la expansión del mundo comunista en la Isla Mundial. Y a la vez convierte desde la década del '40 ala Isla Continental en su coto cerrado y afirma a través del sistema panamericano, perfeccionado en Chapultepec, Río de Janeiro y Bogotá, su hegemonía exclusiva. La OEA será el ministerio de sus semicolonias.

Pero las crisis destructivas del capitalismo son la oportunidad de desarrollo de los pueblos sumergidos. Crisis metropolitana es impulso a la periferia; impulso metropolitano es crisis periférica. Para América Latina, la Segunda Guerra Mundial tuvo también otras consecuencias: es la ola más fuertemente industrializadora que la recorre, por la vacancia europea y la forzosa distracción norteamericana. Perón, Vargas y Cárdenas serán sus expresiones máximas (acusados los tres, por coincidencia, de “fascistas”, para encerrarlos en un leprosario). Entre nosotros será Luis Battle, que hará contradictoriamente el juego al imperialismo y a la oligarquía bonaerense contra su hermano gemelo y mayor, Perón. No extraía verdaderas consecuencias de que la industrialización argentina era la condición sine qua non de nuestra propia industrialización. Que nuestra industrialización era a la vez una consecuencia del amparo del poder industrializador argentino. Nuestra pequeñez productiva, menospreciable en el mercado mundial, sólo podía exportar manufactura, en tanto Argentina lo exigiera para su mayor volumen, como lo hizo, a través del IAPI. La caída de Perón fue el augurio de la caída de Luis Batlle y el receso industrial. Claro es que habría que matizar además la diferencia de nuestras propias situaciones, por cuanto Uruguay depende más radicalmente que la Argentina de su estructura agropecuaria. Esto explica, permítaseme una acotación personal, que yo haya sostenido a la vez posiciones “ruralistas” en el Uruguay, orientadas a su transformación agropecuaria en el sentido de una verdadera industria, trascendiendo el nivel fisiocrático, y defendido la industrialización argentina y brasileña y sus movimiento políticos nacionales, porque era la auténticamente nuestra, en contradicción con la contradictoria posición del batllismo de entonces, que era justamente inversa y sostenía a las reaccionarias fuerzas agrarias en Argentina y Brasil disfrazadas con el manto de las “uniones democráticas”. ¡Inercias vetustas, de un liberalismo formal trasnochado! Y una extraordinaria falta de sentido del significado profundo de los procesos latinoamericanos, obnubilados por el juridicismo. (Pero ¿cómo evitar la hipertrofia de un “civilismo” de tanto éxito? ¿Cómo no extrapolar nuestra maciza experiencia canónica y no sentir que lo que se desviara de ella era irracional? ¿Acaso podría ser difícil ser como uno, hijos de la facilidad? Y esta es la base de un cierto desdén o aire de su superioridad de uruguayo hacia los otros pueblos latinoamericanos, que juzgan, por pobres y violentos, más “ineptos”: sólo ven las consecuencias, sin percibir sus causas).

Así, el proceso industrializador de América Latina y la emergencia de las masas -acrecentadas por el vertiginoso aumento demográfico y su urbanización- inicia un cambio en las relaciones de fuerzas. Ya no dominan sólo el mundo agropecuario y exportador con sus abogados: ya aparecen los contadores de la economía industrial, y toda una nueva elite de “tecnócratas”. Y si Bogotá significa el cerrojo final del Panamericanismo asentado en nuestra inferioridad agraria y es el canto de cisne de los grandes juristas floripondistas, que eran su correlato mistificado, también se pro-duce el “bogotazo”, explosión de un convidado de piedra que eran las masas del pueblo, levantadas en furia destructiva por el asesinato de su líder Gaitán por mano de la oligarquía terrateniente. Le seguirá en nuestros días otro asesinato, el del cura guerrillero Camilo Torres, que recogía la tradición de los grandes curas liberadores como Morelos, Hidalgo, Aldao y tantos otros. El “bogotazo” es la primicia del nuevo jaque de índole social, que el poder yanqui tenía que enfrentar en América Latina luego de la Segunda Guerra Mundial. Pero en el mismo año también surgía un nuevo hecho: la CEPAL, que se irá convirtiendo en el portavoz latinoamericano de su burguesía industrial, a pesar que su impulsor Prebisch tiene en 1955 un nefasto rol en la Argentina. Hará luego, en La Plata, pública retractación o rectificación de su pasado keynesiano y agropecuarista. Las posiciones polémicas de un Jauretche contra Prebisch son las que él mismo propaga desde la CEPAL: serán los “estructuralistas” contra los “monetaristas”, del viejo mundo agroexportador y el Fondo Monetario, instrumento norteamericano. El “cepalismo”, versión cauta, abstracta, un tanto burocrática y de asesores de Príncipe, será la ideología industrializadora y la primera visión global sistemáticamente estudiada de América Latina, que dará la pauta dominante en la década del '60. La burguesía industrial latinoamericana había encontrado su órgano expresivo, su proyección integradora, la visión del mercado interno latinoamericano, más allá de sus patrias chicas. Un órgano todavía aséptico y temeroso de las vibraciones de la historicidad concreta. Economía y contaduría no son nunca política viviente, aunque sí ingredientes esenciales. Pero un nuevo paso había sido dado. A la generación del '900 de literatos, a la gesta estudiantil de la Reforma Universitaria del '18, dos generaciones propiamente latinoamericanas, ha sucedido luego esta singular generación cepalina de los contadores y tecnócratas asesores internacionales bien pagos. En ella también, por encima de fronteras, confraternizan argentinos, brasileños, uruguayos, mejicanos, etc., en tareas comunes. Son diríamos, una versión todavía abstracta (se hace desde la UN como antes se hacía el modernismo desde París y Madrid; hay que salir de América Latina para ver el bosque y no perderse en las hojas de los árboles. Desde las metrópolis se la ve una. Desde sí misma se ven las disputas de campanario) de la unidad latinoamericana en marcha. Insuficiente, necesario.

La guerra fría de EE.UU. con Rusia le hace arrastrar en pos suyo, como séquito, al sistema panamericano. Todos los intentos de liberación nacional, de industrialización efectiva, serán acusados de “comunistas” -como antes de “fascistas”- para desprestigiarlos, aislarlos y reprimirlos. Estados Unidos apoyará a todas las dictaduras retrógradas, y será implacable con las dictaduras progresistas, que son en su concepto las únicas “totalitarias”. Pero no es fácil amañar a su antojo todo un vasto proceso histórico. Aquí y allá, los Estados Unidos se ven obligados a transacciones. ¡No sólo transan los débiles! Por otra parte, es difícil que “cipayos en estado puro” estén al frente de un Estado: de algún modo y en algún grado son presionados siempre por los intereses nacionales; y en algún momento y en algún grado también resisten. Compleja es la tarea de ser Imperio, asistiendo, día a día, por doquier, a una conspiración o insurrección permanente, callada o abierta. En rigor, en América Latina en distinto grado y oportunidad casi todos conspiran contra los estrictos intereses norteamericanos. Estos sólo podrán coincidir consigo mismo en la ocupación lisa y llana. Es el destino de los Imperios, no ser amados sino temidos y acatados, pero en verdad no les importa otra cosa. Quizá los yanquis sean una excepción, y también quieran ser amados, no perder su imagen interior: es pedir demasiado. Sólo se ama a los iguales; es ley divina, al punto que Dios se hizo hombre por amor y para ser amado. Y para redimirnos de nuestra justicia murió como ladrón y esclavo.

Los procesos de la postguerra han impulsado a los movimientos de liberación nacional. Entre nosotros, primero Bolivia, donde termina asfixiado en su pobreza y aislamiento; luego Guatemala, intervenida indirectamente por EE.UU.; finalmente la gran revolución cubana. Sólo el apoyo ruso a la determinación de “Patria o Muerte” salvó a Cuba de ser arrasada. Pero ya nos introducimos en el magno acontecimiento dominador de nuestra época: la Coexistencia Pacífica, que ha tomado el lugar de la Guerra Fría. Las dos grandes potencias industriales del mundo pasan al terreno de la competencia y colaboración económica, retrocediendo ante la amenaza del mutuo cataclismo atómico. Ya es claro que el acuerdo es vasto y de alcance universal. Rusia no arriesgará otra aventura como el apoyo a Cuba, y los EE.UU. reservan a América Latina como su intangible retaguardia, manteniendo alrededor de Cuba un cordón sanitario.

¿Cuál es entonces el contexto mundial actual? Más que la lucha entre el mundo capitalista y el de las burocracias socialistas, es la división entre las naciones industriales -que los unifica, salvo China- y las naciones proletarias, subdesarrolladas, agroexportadoras del Tercer Mundo, entre las que se encuentra la balcanizada nación latinoamericana. No en vano ahora se ha sustituido el calificativo y se llama latinoamericanizar a la reciente atomización del África en un pulular de estados sin posibilidades de desarrollo propio, condenados de suyo a la dependencia. Así, hoy es común aceptar la evidencia que el conflicto fundamental ya no toma la forma visible de “Oeste y Este”, sino de “Norte y Sur” del planeta. Ya en 1942, Spykman escribía: “El hecho que las mayores masas terrestres se encuentran en el hemisferio norte y que la mayor parte del hemisferio sur pertenezcan a zonas tropicales, da lugar a ciertas determinaciones clarísimas. La mitad norte del mundo será más importante, desde los puntos de vista económico, político y militar, y las relaciones existentes entre los diversos continentes de la mitad norte ejercerán mayor influencia en la historia universal que las que se entablan dentro de un mismo continente a través del Ecuador. La importancia política de un Estado, la naturaleza de sus relaciones internacionales y los problemas de su política exterior vienen en gran parte determinados por la situación que ocupe al norte o al sur del Ecuador”.(24) Aunque es claro que en el propio Norte está ya en su “propio Sur”, de tal modo que el Sur político, más poblado e inmenso que el propio sur geográfico, abarca a la mayoría de la humanidad. Hasta nuestro canciller, en la Conferencia de Punta del Este, pedía a las naciones industriales “Nord-Atlánticas” que no olvidaran al “proletariado exterior”. Lo importante es que ese “proletariado exterior” no se olvide de sí mismo y sólo confíe en sí mismo.

Y bien, ¿qué pasa con nosotros? Si América Latina está dividida en dos grandes zonas por el infierno verde que anula su arteria principal, la Cuenca Amazónica, si sus comunicaciones son aún extrovertidas, marítimas y no terrestres, en la gigantesca Cuenca del Plata, base fundamental del Cono Sur, está el ámbito de despegue más portentoso de América Latina. Tapón y salida, allí está el Uruguay. Lo sabemos, pero es difusa cosa a nuestras espaldas, aunque sea desde ya nuestro ineludible futuro. La vuelta a la cuenca es retorno, en un nivel superior, a la visión geopolítica de Artigas, al que hemos achicado a nuestra mera estatura, convirtiéndolo en exclusivo héroe local. Pues Artigas es mucho más que nosotros, y nosotros su fracaso histórico. El Uruguay es la negación de Artigas, y su futuro será su reafirmación. El camino está señalado desde lo hondo, y cumple con la altura de nuestro tiempo.

¿Qué es la Cuenca del Plata? El Hemisferio Sur está dominado por los océanos, y sólo hay tres dispersos centros terrestres, insulares respecto a las áreas humanas más densas del planeta: uno Australia y Nueva Zelandia, otro África del Sur (separada del resto por el Sahara), y, finalmente, nosotros, el Cono Sur Latinoamericano. No somos así zona de tránsito, estamos como a contramano del comercio mundial y de las áreas de tensión bélica entre los grandes poderes. Esta posición relativamente marginal es sin embargo la zona óptima de América Latina. Abarca a Bolivia, Paraguay, Argentina, Brasil y Uruguay y puede proyectarse también sobre el Pacífico por Chile; comprende en su ámbito, literalmente considerado, una superficie mayor de cuatro millones de kilómetros cuadrados, alcanza ya una población de sesenta millones de personas; en crecimiento vertiginoso, singularmente brasileño, tiene las posibilidades hidroeléctricas más grandes del mundo, ofrece maravillosas facilidades de comunicación prolongables para la conexión interna con la Cuenca Amazónica. Este portentoso abanico hidrográfico, hoy totalmente desaprovechado, es la base energética más formidable para el desarrollo industrial y agrario, y comprende una inaudita variedad de recursos minerales, hierro, tungsteno, manganeso, etc., condición de los “polos” de desarrollo, con sus industrias pesadas. Paraguay sabe ya que está en el corazón de la cuenca y que será su máximo beneficiario, Bolivia rompe su aislamiento mortífero, Argentina y Brasil están dando e impulsando los pasos para su cooperación, semiconscientes que en su coordinación está el destino industrial más importante de América Latina. ¿Y nosotros?

En la reciente constitución de un Comité Intergubernamental Coordinador entre los cinco países de la Cuenca del Plata, el Uruguay acompañó un poco sin saber qué hacer. A pesar que la idea no es nueva. Ya en Montevideo, en 1941 se había realizado una Conferencia de los Países del Plata y a insistencia uruguaya hubo una declaración a favor de la zona. No pasó de allí. Había sido facilitada ocasionalmente por la ausencia europea de la Segunda Guerra Mundial y luego se siguió en los mismos trillos. Una revista argentina comentaba así la pasividad uruguaya: “Uruguay, un pequeño país con muy escasa ‘vocación exterior’, se ve asediado por varias cancillerías y vacila ante las ofensivas de seducción. Acaso no por coquetería, menos aún por soberbia, nadie comprende en Montevideo las ventajas o desventajas de participar o no en la Cuenca del Plata”. Y agregaba que en círculos gubernamentales “reflexionaban calmosamente: ‘parece que somos una pieza importante en este ajedrez latinoamericano’”. Para terminar así: “¿Puede el Uruguay, país de estratégica ubicación en la Cuenca del Plata, dar la espalda a Paraguay, Bolivia, Brasil y Argentina? Los amantes de la democracia representativa piensan que sí, los de la geopolítica no” (Revista Confirmado, 16 de febrero de 1967). Podríamos acotar, para justificar nuestra situación, una invocación de fe: “Nada más difícil que soportar una sucesión de días felices”. Pues cuando acaban ¡qué perplejidad! Y el Nirvana una tentación, cuando todavía hay un resto de confort.

Si desde los tiempos de Imperio Hispánico, comenta un español “La red fluvial del Plata era el camino por excelencia para adentrarse en el corazón del continente”(25), ello sigue siendo cierto, y no es contradicho por las nuevas comunicaciones férreas, de carreteras o aéreas, que le serán complementarias. La colonización española descenderá desde el Alto Perú y Asunción, y el Río de la Plata nacerá políticamente para “abrirle puertas a la tierra”. El Uruguay vino para taponarla: como Estado “cuña” lo definen manuales de geopolítica.(26) Volvamos a abrirle pues sus puertas a la tierra americana, ya que el ciclo del mar inglés se ha cerrado y con él nuestra propia clausura americana. Hace un siglo Alberdi escribía luminosamente: “Montevideo tiene en su situación geográfica un doble pecado, y es el de ser necesario a la integridad de Brasil y a la integridad de la república Argentina. Los dos Estados lo necesitan para complementarse. ¿Por qué motivo? Porque las orillas de los afluentes del Plata, de que es llave principal el Estado Oriental, están situadas las más bellas provincias del Brasil y las más bellas provincias argentinas. El resultado de esto es que el Brasil no puede gobernar sus provincias fluviales sin poseer la Banda Oriental, ni Buenos Aires puede dominar las provincias litorales argentinas sin la posesión de esa Banda Oriental.”(27) Las razones de hoy son aún mayores: está en juego el más vasto complejo industrial en ciernes de América Latina. Convirtamos entonces nuestro “doble pecado” en “doble virtud”.

Nuestras posibilidades históricas fueron tres: Banda Oriental, solución argentina; Provincia Cisplatina, solución brasileña; Uruguay, solución inglesa. Paradójicamente, fue en esta última que formamos nuestra propia autonomía comunitaria, pero hoy, por la retirada de sus condiciones, estamos en el aire, como hoja al viento. Imantados por la aspiradora norteamericana por razones geopolíticas pero no económicas, faltos de funcionalidad estructural. Hagamos que el nuevo Uruguay no sea la negación excluyente de las otras dos posibilidades, realicemos a la vez la síntesis de la Banda Oriental y la Provincia Cisplatina. Que seamos frontera que une y no que separa. Que el Uruguay sea no la anulación de la Banda Oriental y la Provincia Cisplatina, sino su conjugación. Nexo y no neutralización. Fue con esa idea central que allá por el '55 con Reyes Abadíe y Ares Pons fundamos una efímera revista que por ello denominamos “Nexo”. Hasta no quisimos traducir un artículo de Helio Jaguaribe y lo publicamos en portugués, porque sólo se traducen las lenguas extranjeras. Es, en nuestro concepto, el único camino nacional latinoamericano. La Patria Grande empieza para nosotros por la Cuenca del Plata ¡Y eso sí que es “nacionalizar” el destino!

Pero si emociona pensar el destino grandioso que se nos abre, esa plenitud de un Uruguay más allá del Uruguay con vastos horizontes para las nuevas generaciones que vegetan hoy sin rumbo entre nosotros, vale volver a la gran congoja de la reflexión de Lamas y Herrera: ¿será cierto que “Ce n’est pas la solution qui approche, c’est le chaos qui commence”? Veámoslo de cerca. La rica y paradójica personalidad de Herrera es como una síntesis de las contradicciones específicas del país uruguayo (“aunque no lo parezca hay en este gauchito oriental un inglés”).(28) Sabía como nadie entre nosotros, nativistas u oceánicos, su configuración histórica y su descoyuntamiento. Pueden registrarse en su obra signos expresos de nostalgia por lo que no fue (“Grandes momentos aquellos que precedieron a la batalla de Pavón, donde fuimos vencidos todos los federales de estas regiones. Si entonces hubiera habido cordura ¿qué no sería hoy la patria oriental?…).(29) Sabía que la historia del país estaba ligada a una gran tragedia, y su memoria registró para siempre los tiempos revueltos de entonces. Todo era ya irrevocable e irreversible, y sólo cabía el elogio a Ponsomby -pues ¿qué podía significar negarlo, sino negarnos?- y estábamos allí, gozando de buena salud. Por eso, para Herrera, querer retornar a la Cuenca era precipitarse nuevamente en los temidos tiempos revueltos. Quiso así la pacificación y el aislamiento, que iban juntos; la no intervención absoluta, presupuesto de nuestra supervivencia. Pero hoy la historia ha invertido su curso; y la condición de supervivencia es la contraria y el Uruguay solo no puede seguir, retirado el inglés, agotada la renta diferencial y debiendo ingresar a las dimensiones adecuadas de la técnica e industria modernas. Quien diga hoy que quiere industrializar al país sin integrarlo, o miente o es un tonto, pues propone la cuadratura del círculo.

No hay independencia ni desarrollo sin industrialización, a la altura de la técnica de nuestro tiempo. Nuestra industrialización está esencialmente ligada a la de la Cuenca, a la argentina y a la brasileña. Todo otro planteo es ilusión y mistificación. Es pedir “Liberación” aferrándose a las condiciones de la dependencia. Seamos pues claros, y pongamos en limpio que es lo que realmente queremos. Toda política de liberación montada sobre la mentira y el escamoteo de los problemas esenciales sólo conduce a callejones sin salida. La cobardía política e intelectual no será jamás base de liberaciones, sino de derrotas. Suponer al Uruguay una “nación” completa, es quererlo semicolonia para siempre. Encerrar nuestra política en los marcos uruguayos es abandonarnos al astillero.

Los supuestos del “cada uno en su casa” han concluido. La base de nuestra vieja política de no intervención absoluta y de absoluta neutralización ha desaparecido. Pues el Uruguay, nacido para no intervenir, debe comenzar a intervenir. En realidad, el proceso conjunto de interiorización latinoamericana, con sus exigencias de industrialización, es el camino fatal del “interveníos los unos a los otros”. Pues no nos interveníamos porque todos íbamos hacia “afuera”, pero ahora ¿qué puede ser la vuelta hacia “adentro” sino encontrarse realmente, depender mutuamente, “intervención recíproca”? El Mercado Común, necesidad perentoria de las burguesías industriales y la mal llamada “Revolución Continental”, necesidad perentoria de los pueblos, son los dos polos contradictorios y complementarios de una nueva dinámica en un nuevo nivel cualitativo, el nivel de la Revolución Nacional Latinoamericana, y eso trae consigo la intervención cada vez mayor de todos con todos. Hermanos separados era más fácil, más infecundo, sólo éramos intervenidos por fuera.

Es un retorno, en otro plano, a las condiciones de la primera emancipación en el siglo XIX, cuando ningún hispanoamericano era extranjero en ninguna de nuestras patrias, y veíamos actuar naturalmente chilenos en el Río de la Plata, argentinos en Perú y Chile, brasileños con Bolívar, etc. Volvemos a lo mismo, retomamos la escala que supera los encierros balcánicos. La Iglesia Católica, en pleno deshielo, más allá de las parroquias se reasume en el CELAM. ¿El argentino Che Guevara, “ciudadano latinoamericano”, es héroe sólo de Cuba? Et coetera… ¿No se habla de “fronteras ideológicas” que son el saltar de las viejas fronteras? Nadie debe ocultarse este rostro inevitable del nuevo curso histórico: el desarrollo de las fuerzas de producción requiere el cambio de las relaciones de producción. No hay dudas, vuelven otros tiempos revueltos, pero así son las cosas; lo que vale la pena, hará penar. Entrar otra vez en la historia no será para ninguno de nosotros mero idilio. De tal modo, Estados Unidos monta guardia a este tumultuoso proceso unificador latinoamericano, que está solo en su primer hervor, quiere el reaseguro de la Fuerza de Paz Interamericana y adiestra a sus “rangers” -la nueva guardia suiza de su Majestad, policía yanqui del “nuevo curso”- para que no se le escape de las manos. ¿Le bastarán tales precauciones? En gran parte, depende de nosotros el que se les escape. La puerta es estrecha, erizada, pero hay que pasar, del otro lado están los horizontes más libres. Prudencia, audacia, sagacidad, firmeza, comprensión, nos pide la historia. Espíritu crítico y no fórmulas hechas, recetarios apolillados. Respondemos por la construcción y el destino de una nación. Grande el riesgo, fuerte la esperanza, bella la recompensa.

Somos un país pequeño y la historia nos arroja al desmesurado papel de ser también actores reales. Pues el “exterior” latinoamericano comienza a convertirse en nuestro “interior”. En adelante, toda la política uruguaya será necesariamente “geopolítica”. Lo que todos prescindían desde el claustro de ideologías sin espacio, lo que era una excepción como Herrera, debe trasmutarse en virtud colectiva necesaria. Los partidos, de derecha e izquierda, al variar las viejas bases geopolíticas que permitían ignorarlas, se “geopolitizarán”, so pena de anacronismo ridículo. El tacto exterior se hace también tacto interior. ¡Qué cambio de las coordenadas habituales! No es el fin de las ideologías, sino un cambio de su dimensión. El Uruguay como problema problematiza todas las políticas uruguayas, que encubren su anquilosamiento con el verbalismo. La diplomacia se nos hará un menester vital ¿podemos prescindir de Paraguay y Bolivia? ¿De Chile? ¿Hacer condenaciones estáticas y globales que cierren el apoyo recíproco? Si el destino uruguayo se nos aparece como el asumir simultáneo de la Banda Oriental y la Provincia Cisplatina, ello nos exige en todos los planos, económico, universitario, etc., un firme entendimiento con Paraguay, Bolivia, Chile, como contrapeso, para aumentar las posibilidades de negociación en beneficio del país. Deberemos pues discriminar atentamente nuestros intereses permanentes y la contingencia de los gobiernos, matizar firmemente los juicios, ver qué es lo reaccionario y lo progresista de un gobierno. Un criterio esencial será en qué grado se encamina o no hacia la realización de la Cuenca. Por supuesto, que esto no es lo único, pero nunca debe ser dejado de lado. Y eso sí, cuanto más intervengamos, más aferrados al Principio de No Intervención para preservarnos; sólo que su ejercicio tendrá que ser más dinámico, más difícil que en las fenecidas y sencillas circunstancias anteriores. Si el CIDE ha dictaminado que “un modelo de progreso económico y social se ha agotado”, vemos cómo su alcance afecta todos los planos de la vida del país y hasta qué hondura radical. Nuestras raíces están a la intemperie. Los hábitos no sirven, y a la racionalización interna corresponde la racionalización externa. Cuando caen las costumbres apelamos a la razón. Ella es la única compañera fiel de la aventura, siempre que sea movida por la fe. No evacuemos a la razón de la realidad, que es su amiga.

“El que sólo conoce a su propio país, tampoco conoce a éste”, reza un antiguo aforismo. Es lo que nos ha ocurrido. El Plan del CIDE o el Modelo de Faroppa están construidos dentro de las coordenadas del viejo Uruguay, suponen sin expresarlo nuestra inserción europea y así la Cuenca del Plata y América Latina son un borroso telón. No rompen con los presupuestos últimos del Uruguay battlista, que hoy agoniza, y en términos marineros está dando una “vuelta de campana”. El CIDE dice que un “modelo” ha terminado, pero no propone otro sustitutivo, sino simplemente un recauchutaje racional del que ya está: un mejor uso y avaluación. En rigor, no formulan otro modelo.

El CIDE y Faroppa ignoran los procesos argentinos y brasileños, sin los cuales planificar el Uruguay revierte en lo antiguo. Si la economía mundial no puede colocarse al lado, yuxtapuesta a la economía del país, la economía latinoamericana en ciernes y menos aún la Cuenca del Plata tampoco podrán colocarse al lado, yuxtapuestas a los Estados latinoamericanos. Justamente, pensar y prever la Cuenca significa en algún grado emanciparse de los espacios estatales, desde la intimidad misma del Estado. ¿El comercio internacional o latinoamericano es y será sólo un intercambio entre espacios estatales? Eso es un mito, considerar a los países como “puntos” en que su situación regional no es apreciada. No es así, y será menos así en el futuro. La ALALC, que no es un fracaso como algunos se apresuran a proclamar (¡qué dificultad establecer contactos entre firmas de Perú y Uruguay, por ejemplo, en comparación con los contactos con Rótterdam o Londres o Hamburgo, etc.! ¡Fácil porque es una madeja de intercambios con la eficiencia de siglos de elaboración!) pues ha más que duplicado el comercio interzonal, supone esos estados puntuales; y por eso, su rol es forzosamente limitado. Pero ahora se nos exige mucho más con la Cuenca del Plata y el próximo Mercado Común. Nos es indispensable conocer, e intervenir en su elección, los posibles polos de desarrollo latinoamericanos y principalmente platenses, teniendo en cuenta desde nuestro punto de vista no sólo los puntos donde la producción logre la combinación menos costosa de factores, sino también la propagación de sus efectos en beneficio de los países participantes, y especialmente el nuestro. Ese orden espacial cualitativo será el fondo sobre el cual se proyectarán nuestras políticas estatales, y ello abrirá, por supuesto y lo repetimos, una dura era de tensiones entre los espacios estatales y los espacios económicos. Pero esa es tarea ya primordial, urgente, para que nuestra diplomacia deje de ser con prontitud sociabilidad y turismo rentado. No es ésta sin embargo una crítica absoluta, por cuanto, aparte de inercias, la historia corre rápido y entre tanto hay que enfrentar las cosas más o menos en los mismos trillos, potenciando y reajustando lo que somos, para cubrir el período de transición, para que no nos tomen los acontecimientos totalmente desamparados, y retorcer el pescuezo al monstruo bifronte de Keynes y Quesnay. El Uruguay puede aún potenciar su productividad con una adecuada racionalización de su gigantesco y amorfo aparato estatal y enfrentar la cuestión de la reforma agraria. Sólo con un “Estado en forma” podemos negociar medianamente. Y eso nos será costoso, en un país que no tuvo necesidad nunca de enterarse de “costos” verdaderos. La pobreza en que estamos cayendo nos lo hará saber, a la vez que se nos imponga reacuñar desde la nueva perspectiva al Estado entero, en toda su gama de actividades (desde los transportes hasta la enseñanza). Es decir, el nuevo modelo sustitutivo implica un nuevo modelo más amplio: el de la Cuenca del Plata. Lo de ahora es lo provisorio de una transición.

Pero, detengámonos un poco, una vez más. El Uruguay Banda Oriental y Provincia Cisplatina, salida paraguaya y boliviana, es decir, funcionando en la Cuenca es en nuestro concepto la mejor hipótesis de la dirección de nuestra historia. Será industrialización, amplio mercado interno, tecnificación, modernización. Es la hipótesis del arraigo. Sin embargo hay otras, en las que no podremos ahora explayarnos, que es imperioso considerar y tomar en cuenta. Para ello conviene formularlas ordenadamente, y de modo exhaustivo. No hay, en nuestro concepto, otras hipótesis posibles, además de las cuatro que planteamos.

A) El Uruguay tiene capacidad de recuperación

1) Con direccion fundamental a la Cuenca del Plata.

2) Con dirección fundamental a Europa (incluyendo Rusia), es decir, la ruta tradicional.

B) El Uruguay no tiene capacidad de recuperación.

3) Se convierte en un protectorado argentino-brasileño o -en su extremo- es dividido entre ellos.

4) Se convierte en protectorado norteamericano, pues aunque Estados Unidos no está interesado en nuestras producciones no sólo es el acreedor financiero sino que le conviene instrumentalizarnos como cuña en esta zona vital de América Latina.

Ninguna de las cuatro hipótesis es descartable radicalmente, ni tienen tampoco un plazo demasiado largo para verificarse. Apenas entre diez y quince años.

De la primera hipótesis, ya nos hemos pronunciado. De la segunda hipótesis, la persistencia de la ruta tradicional europea, es menos probable. Es cierto que, aún hoy, el Río de la Plata sigue económicamente infinitamente más ligado a Europa que a Estados Unidos. El Uruguay no ha roto su cordón umbilical ni con Inglaterra ni con Europa. Nuestros barcos siguen la ruta de El Havre, Rótterdam, Amberes, Londres, Hamburgo. Sólo por algún jornal ocasional van a Estados Unidos, pero carece de toda complementariedad económica con éste. El Tío Sam tiene con nosotros una función usurera, de prestamista. Nos permite salvar déficits de hoy, atando más nuestro futuro, en un círculo vicioso: no presta para inversiones que nos permitan devolver y pagar con productos, pues no nos asegura mercado. Finanzas y economía en Uruguay van por cuerda separada y ocasionan epilepsias en nuestro desarrollo económico. Por otra parte, el Mercado Común europeo nos pone trabas y aumenta sus producciones agropecuarias, y tiene la África a su disposición. Sin embargo, es evidente que la recuperación de Europa la pone en condiciones de ser nuevamente banquero y expandirse. Igual se puede decir del Comecon. En ese sentido, no hay duda, el talón de Aquiles del Imperio Yanqui en América Latina es el Río de la Plata. Es el lugar forzoso de la reaparición de competencia no sólo europea sino del área socialista en América Latina. ¿Pero, en proporción, qué mercado de inversiones o comercial ofrece del suyo el Uruguay? Insignificante. El Uruguay sólo puede ser sostenido por Europa, no en función del Uruguay sino de la Cuenca del Plata. De tal modo, la segunda hipótesis renace más bien complementaria con la primera que contradictoria. Uruguay puede ser trampolín del retorno europeo a América Latina.

En el supuesto caso que el Uruguay no tuviere capacidad de recuperación, ello significaría un estado virtual o abierto de guerra civil. Ni Argentina ni Brasil permitirán entonces una mera resolución interna uruguaya, en tanto pudiera afectar sus intereses. Puesto que en realidad los afecta vitalmente. Esto permite prever con certeza que una revolución socialista a corto plazo en el país significaría como consecuencia la destrucción o intervención del país. No hay proceso revolucionario solitario en nuestro país. Podrá haberlo, en la medida que acaezca en Argentina o Brasil, que son lo absolutamente decisivo del Hemisferio Sur latinoamericano. Por otra parte, en caso de intervenciónprotectorado argentino-brasileño, o en su forma aguda, de partición, pues no puede concebirse la ocupación por uno solo de esos países, significaría nuestra incorporación pasiva, a rastras, al proceso de la Cuenca del Plata, de decisiva importancia para ambos vecinos. Las palabras del contador Iglesias refiriéndose a la Cuenca del Plata, de: “La integración se hará, con nosotros o sin nosotros; sería mejor que se hiciera con nosotros”, adquieren aquí la plenitud de su sentido, que quizá el autor no tuviera expreso, y es que “sin nosotros” es con nosotros a rastras, en lo peor. O nos metemos o nos meten. Así, la tercera hipótesis es la versión negativa de la primera hipótesis, su reverso.

Sin embargo ese peor no es lo peor. La cuarta hipótesis nos propone como el límite absoluto de lo peor, que sería un singular y agravado destino puertorriqueño. Y más grave aún: sería un Puerto Rico peor que Puerto Rico, porque significaría el bloqueo de la Cuenca del Plata por el Imperio Yanqui y el jaque mate al desarrollo del Hemisferio Sur Latinoamericano. Sería una catástrofe no sólo uruguaya, sino argentina, brasileña, paraguaya, boliviana, chilena. Comprometería de raíz la marcha del “Cono Sur”. Sería amenaza de frustración para el nacionalismo argentino y brasileño, y por ende, para toda América Latina. En nuestras manos está que no sea así. Afortunadamente, en la desgracia, es menos probable que la hipótesis anterior. Pues implica la mayor capitulación argentina y brasileña imaginable. Pero ya en nuestra historia, Montevideo, el de la “Defensa” y la “Nueva Troya”, jugó como un “Saigón Sudamericano”. No se puede desechar el que se nos convierta en el Hong-Kong rioplatense: plaza fuerte de custodia y emplazamiento para banqueros, timba y turistas.

Tales son, a nuestro criterio, las perspectivas fundamentales que nos plantea como posibles el nuevo Uruguay Internacional, y a corto plazo. Se entiende que lo expuesto aquí es como una primera aproximación al asunto. Pero el eje de nuestro pensamiento real es: la Patria Grande empieza para nosotros por la Cuenca del Plata, y la Patria Chica sólo puede sobrevivirse en la Cuenca del Plata. Nuestra primera realización de América Latina es la realización de la Cuenca del Plata. Sin esta estructurada, América Latina no se podrá vertebrar jamás. Porque sus núcleos decisivos, Argentina y Brasil, tampoco se podrían vertebrar jamás, y en su separación histórica está la derrota de América Latina. Lo demás se dará por añadidura.

Debemos hacer un intenso aprendizaje geopolítico los latinoamericanos, es decir, conocernos verdadera y operativamente. Ello será el signo de nuestra interiorización y de que la geopolítica no la forman otros. Así, la CEPAL está aún ausente de una visión geopolítica de América Latina, y formula demasiado en abstracto el Mercado Común o estudia las economías de país por país -sin haber considerado adecuadamente la disparidad y ensamble de las regiones que forman América Latina- para concebir con realismo sus polos de desarrollo en conexión con sus centros primordiales de decisión política. Quizá fuera aproximarse demasiado a la política, del mismo modo que se aleja de la política la mera gritería antiimperialista abstracta, oscilante entre la indignación y el masoquismo. Para nosotros, hoy, la política nacional es tarea que se liga esencialmente a la Cuenca del Plata.

Claro está que no hemos pretendido ahora abarcar la cuestión en todos sus aspectos. Ni siquiera mentamos la incidencia de ella en la configuración y dinámica de nuestros vetustos partidos políticos, la proyección de la inevitable “conmixtión” de los partidos locales latinoamericanos entre sí, la latinoamericanización y ensamble de los sectores industriales así como de las fuerzas proletarias y populares, etc. Tampoco hemos entrado al análisis de las relaciones del Imperio Yanqui con el próximo Mercado Común Latinoamericano y su probable y vano intento de convertir a América Latina en un gigantesco Puerto Rico, perfección utópica del destino manifiesto y del aislacionismo monroísta unilateral en que nos quiere encerrar. Pues no sólo hay que contar con la dinámica interlatinoamericana, en plena formación de su conciencia “nacional”, inexorablemente industrializadora; y con la progresiva agudización de la presión revolucionaria -del ingreso masivo de sus pueblos a la vida pública- que no es eliminable por las armas y con “boinas verdes”, ya que nadie se puede “sentar” indefinidamente sobre bayonetas. Sino también considerar que está reabierta la gran competencia económica con Europa y el mundo socialista. La economía mundial es ahora “triconcéntrica” y no estamos condenados al “uniconcentrismo” yanqui de una década atrás.

La violencia está agazapada en nuestro horizonte; rojos son ocaso y amanecer, que se confunden. Desaparecidas las viejas condiciones de viabilidad, somos como un pequeño saurio al desecarse los pantanos que le daban vida, y requerimos adaptarnos a la sequía o construir otro hábitat. Todos vivimos ya un anacronismo histórico: el Uruguay. Pero ese es también nuestro privilegio, porque el adelanto de la conciencia de ese anacronismo uruguayo nos lleva a percibir, desde nosotros mismos, por necesidad, sin literatura, el anacronismo de todo el ciclo balcanizado de América Latina. Somos una veintena de repúblicas anacrónicas y esa conciencia será el punto de partida básico para elaborar políticas verdaderas de futuro. Uruguay, Chile, Bolivia, etc., solos no son vía de nada, ni de rutas socialistas ni de rutas neocapitalistas. Por sí mismos, se condenan al congelamiento de su estatuto colonial, bajo las más variadas formas. Pero tampoco son menos anacrónicos los llamados “grandes” latinoamericanos, tuertos entre ciegos, como Brasil, Argentina y México, que corren el peligro pretencioso de no darse cuenta de ello, y perseverar en ilusiones que son reliquia del pasado. No ya semicolonias, sino viejas y poderosas naciones europeas carecen ya de dimensiones mínimas -a pesar de su alto nivel- para el adecuado desarrollo tecnológico de sus empresas, de sus fuerzas productivas; y deben romper fronteras, sus exiguos mercados internos, y complementarse y ensamblarse, so pena de ser también colonizados hasta los tuétanos. Si en Europa es así ¿qué queda para nosotros? ¿Pueden acaso Argentina y Brasil creer que tienen en sí la fuerza para realizar por sí la tarea? ¿Pueden creer sostenerse sin apoyo recíproco? Si lo creyeran, les espera sólo el triste destino de capataz, de “satélite privilegiado”, si no es que eso mismo no configura una quimera. Los nacionalismos argentino y brasileño no se podrán afianzar ni resistir el uno sin el otro. Ya Perón lo intuía buscando la alianza con Vargas, pero no tuvieron tiempo y cayeron simultáneamente ante sus comunes“gorilas”, que ellos sí tienen el respaldo unificado del imperialismo. ¿Cuántas veces se querrá repetir la tragedia?

Es una tragedia de vieja data, que se consuma en 1640 con la independencia portuguesa, cuña perpetua contra España y su formación nacional. La segregación del Portugal de España la dejó, a la emprendedora burguesía comercial lusitana, raquítica, sin base productiva nacional y, por otra parte, repercutió en la consolidación de los señores en Castilla, quienes vieron facilitada su tarea de ahogar a sus burguesías, en especial catalana. Esa segregación portuguesa fue el golpe definitivo contra las posibilidades históricas de la revolución burguesa en la península ibérica, y condujo al mutuo estancamiento, del que hoy todavía pugnan por salir. Por eso, Miguel de Unamuno escribía luminosamente en 1906 al uruguayo Nin Frías: “Portugal sufre de su independencia. La independencia ha matado al patriotismo. Unidos a España y esforzándose por aportuguesarla, por llevar la capital a Lisboa, por descastellanizarla habrían acrecentado y corroborado su personalidad. El empeño de una independencia hueca, puramente defensiva, como si la independencia fuese un fin y no un medio, les ha postrado, por recelo a España, ante una dinastía nefasta y un vergonzante y vergonzoso protectorado inglés. ¿No pasará ahí algo así?”(30). Unamuno, vasco hasta los tuétanos, era contrario a los separatismos vascos y catalán, que renegaban de su misión nacional española: “que mis paisanos vascos traten de vasconizar a España y que traten de catalanizarla los catalanes”. Aquí está el nudo de la gran frustración nacional hispánica y la raíz de la disgregación hispanoamericana. La balcanización comenzó ya en España, y por eso Unamuno podía percibir con claridad que “las patrias americanas son, en gran medida, convencionales”.

La fisura original Portugal-España no puede conquistarse entre nosotros, como sobrevivencia malsana y rivalidades nefastas empujadas por extraños: sus exclusivos beneficiarios. Ya en los preliminares de la primera emancipación, entre 1807 y 1810, hubo una genial visión e intento reparador, el de la Princesa Carlota de Borbón. Hermana mayor de Fernando VII y esposa de Don Juan Príncipe Regente de Portugal, concibió desde su instalación en Río de Janeiro, la grandiosa tarea de salvar la unidad total de los mundos hispanocriollos,cuando todo aparecía amenazado de ruina. El “carlotismo” se difundió por toda Hispanoamérica. Pero fue usado por los ingleses, en una doble política, para un mayor debilitamiento español; y luego Lord Strangford se encargó de liquidar la política de Carlota. Si la “gran intriga” carlotista de ayer fue al nivel de los cortesanos y burócratas, hoy nos espera, diríamos, como un “neocarlotismo” esta vez nacido desde las raíces populares y las necesidades de liberación, y del desarrollo técnico-industrial, en condiciones históricas más maduras. Pues así como no hay Europa sin la alianza de Francia y Alemania, tampoco habrá América Latina sin la alianza profunda de Argentina y Brasil. Nosotros, con los otros países de la Cuenca, seremos su mediación, su “Benelux” a la criolla.

Cuando Unamuno se refería a Portugal, también pensaba en el Uruguay, pues agregaba: “¿No será salvación del Uruguay unirse a la Argentina, entrar en confederación con ésta, y esforzarse por orientalizarla?”(31). Eso fue cierto y posible en el primer tercio del siglo XIX, y todavía pervive en la gran polémica que inaugura la revista del Ateneo en el '80. Si de preferencias hablamos, hubiera sido la mía: no romper nunca con las Provincias Unidas. Pero la historia no ha corrido en vano. Por eso Herrera se desesperaba con la “conmixtión de los partidos”, donde equivocadamente veía la causa de los conflictos, cuando eran su efecto: la causa original residía en Inglaterra: “Pongamos sin miedo el dedo en la llaga ¿alguien ignora la preferencia de un partido oriental por la amistad argentina y la preferencia del otro por la amistad brasileña? El buen juicio declara a semejantes extravíos, que urge extinguir, contradictorios con el bien fundamental de la República”(32). ¿Quién puede olvidar los vínculos íntimos de Rivera y Saravia con Río Grande del Sur? ¿De Flores con los unitarios porteños y del oribismo con los federales? Hay muchos entrecruzamientos de preferencias, en las dos corrientes históricas que configuran el Uruguay; y nada más lógico en un país que es esencialmente frontera y mira a dos lados. Pero hoy la opción es muy otra que antaño; no se trata o de aportuguesados o de aporteñados, de esto o aquello. El asunto es esto y aquello, pues a nuestra altitud histórica -y sus exigencias- la disyuntiva carece de sentido y es reaccionaria, servidora inconsciente de los intereses imperiales extranjeros. El nacionalismo argentino y brasileño son los dos rostros de un mismo nacionalismo, y no pueden volverse la espalda por estrecheces de campanario. Y nuestro destino y tarea es que no se den la espalda, ni se predispongan así para la derrota de su misión histórica, y sellen el fracaso de América Latina con el suyo propio. Es nuestra tarea de conjugación el bien fundamental de la República.

El Uruguay como problema problematiza a toda la Cuenca del Plata. Es que la crisis del Uruguay pone en crisis a toda una época histórica. En efecto, el Estado Tapón era como el arco de bóveda que sostenía los compartimentos estancos rioplatenses, era la clave de la balcanización, su punto de equilibrio. Pero si el Estado Tapón se destapa, todo el equilibrio se rompe y todas las aguas se confunden. Pues el Uruguay es también el talón de Aquiles de la balcanización en el Hemisferio Sur latinoamericano. La inserción del Uruguay en la Cuenca, por las buenas o por las malas, por decisión propia o desorden interno, será el punto de fusión de las historias argentina, paraguaya, brasileña, etc. Será el fin de los compartimentos estancos, de los grandes lagos interiores en un torrente común. Es por el Uruguay donde se destapará la Cuenca, y se convertirán las historias de sus vecinos complicados en una sola historia. Por aquí comenzará el deshielo de la balcanización latinoamericana. De más en más nos acercamos a esa encrucijada. La última victoria diplomática uruguaya fue que se le aceptara el descenso junto a los “subdesarrollados” de la ALALC (Ecuador, Bolivia, Paraguay) y el coro de lamentos que le siguió se condensó en estas menospreciables palabras de un senador de la República: “¡Adónde hemos ido a parar… con los indios, los jíbaros y las serpientes!” La petulancia rastaculta “europea” de las viejas generaciones tenía el final de norma; y así sentía el reencuentro con sus hermanos y la verdad de su situación de semicolonia privilegiada en deterioro. Por eso, a despecho de las apariencias y de la distracción común, el Uruguay es virtualmente el punto más potencialmente explosivo de América Latina. Su situación geopolítica así lo indica. Lamas lo sabía, y decía que la “paz continental” dependía de la paz uruguaya. Exacto, era la paz de las enajenaciones. Y nosotros queremos muy otra paz. No sería extraño pues que el diminuto Uruguay abra las puertas de una gran turbulenta historia, preñada de grandes cosas. Y que plantee prácticamente, aún a pesar suyo, la cuestión siempre añorada y postergada: la cuestión nacional de América Latina.

Estamos pues en otra vuelta de tuerca, y revive bajo otra faz y signo la gran polémica ateneísta del '80. Decía entonces don Pedro Bustamante “O platinos o brasileños, mucho me temo señores, que en estos precisos términos se plantee al fin el problema que habrán de resolver… nuestros nietos, si no son los padres de nuestros nietos”. Le siguió un Uruguay tan exitoso que la cuestión se nos replantea a la generación de los bisnietos. Pero sus términos no son tan sencillos y hay grandes diferencias. Antes, se iba a “entrar” en el Uruguay, y ahora es “salir”. De lo que ahora se trata es convertir al Uruguay en el más fuerte nexo argentino-brasileño, que es la condición sine qua non de la liberación nacional de América Latina. ¿Empezará ella por la Cuenca del Plata? Lo cierto es que no haremos ninguna política, sin argentinos y brasileños juntos.

Así en nuestra época, en que el avance industrial y tecnológico sumerge en el atraso y la dependencia o la desaparición a los pequeños países aislados, cuando a todos los uruguayos se nos convierte el Uruguay mismo en problema, cuando ya no es posible la amnesia de la interrogación que el país tiene clavada en la frente, nos decimos aquello de: “Todo pueblo, aún el más pequeño, saca fuerza vital de la necesidad y el dolor”. Y en presencia de la terrible y frustrada historia de la nación latinoamericana inconclusa, afirmar ante los nuevos tiempos revueltos que se avecinan: “Ce n’est pas le chaos qui commence, c’est la solution qui approche”.

(22) Hans Freyerm, “Introducción a la Sociología”.

(23) Nicholas J. Spykman. “Estados Unidos frente al Mundo” (Ed. FCE, Méjico, 1944), pág. 49.

(24) Op. cit., pág. 48.

(25) Gil Munilla, op. cit., pág. XIX.

(26) R. Henning y L. Köshola. “Introducción a la Geopolítica” (Ed. Escuela de Guerra Naval, Buenos Aires, 1941).

(27) Juan Bautista Alberdi, op. cit., pág. 79.

(28) Herrera, op. cit., pág. 63 (En “La Raíz”, que es una autobiografìa).

(29) Herrera, op. cit., pág. 34.

(30) Daniel Castagnin, op. cit., pág. 11.

(31) Daniel Castagnin, op. cit., pág. 12.

(32) Herrera, op. cit., pág. 28.

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