EL URUGUAY COMO PROBLEMA. GEOPOLÍTICA DE LA CUENCA DEL PLATA.

6. Epílogo (A la edición de 1971)

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Interesan dos aspectos. Primero, el proceso interno del Uruguay, y el modo en que el mismo repercute en la posición internacional del país. Segundo, la nueva situación del Uruguay en su contexto rioplatense y latinoamericano, el modo en que lo internacional al modificarse, incide en nuestras previsiones internas y externas. En una palabra, la interpenetración recíproca del "adentro" y del "afuera" uruguayo, que para el propósito de la exposición dividimos en los dos momentos, aunque por supuesto, el uno esté en el otro.

Retomar el hilo de esta meditación, parecería implicar se señalen las variaciones principales que se produjeron desde abril de 1967 hasta hoy. Pero, en rigor, sería esto una literalidad demasiado cronológica y poco significativa. En efecto, la variación atmosférica fundamental, social y nacional, en el dentro y el fuera uruguayo, se inicia realmente en la segunda mitad del año 1968. En 1968 se desencadena la "reacción" en el Uruguay, con las medidas "prontas de seguridad. En 1968 reinicia su marcha el movimiento nacionalista latinoamericano, desde el Sur, en la zona andina, con el golpe militar de Velasco Alvarado en el Perú, luego Ovando y Torres en Bolivia, finalmente la victoria electoral de Allende en Chile, tomando connotaciones de más en más socialistas. El centro de atención se desplaza de Cuba al área andina. Y a la vez que expiraba en todo el contorno latinoamericano el "foquismo campesino", éste rebrotaba transfigurado de modo insólito y urbano en el Uruguay, donde absolutamente nadie le había augurado chance alguna. Así, es el conjunto de estos elementos, sin entrar en abundancia, el que se muestra de suyo suficiente para indicar al año 1968 como el arranque de las diferencias a anotar aquí.

¿Cuáles pues los signos de los tiempos uruguayos? ¿Qué nuevas características ha ido tomando su proceso interno, con relevancia internacional? Un abordaje interesante y poco complicado, sería la gráfica de la "opinión internacional", manifiesta en artículos periodísticos o notas que hicieron cierta sensación en el país, de publicaciones inglesas, norteamericanas e incluso de algún francés. En los últimos veinte años, podrían recopilarse diez o quince, reproducidos en nuestra prensa, o aparecidos en libros de reporteros viajantes por América Latina. Un material así, alcanza y sobra y debe lindar en lo exhaustivo. El itinerario de esa opinión internacional es elocuente. Empieza por la admiración democrática al democrático y pequeño Uruguay, con algún reproche jovial por su conducción administrativo-económica, pero recordando siempre su excepcionalidad constitucional latino­americana. Las preocupaciones "colegialistas" de gobierno, tenían un simpático aire de colegial muy aplicado en derecho constitucional y precavido de montar mecanismos que impidieran el nacimiento y expansión de un "hombre fuerte". Para los uruguayos, por décadas, los males de América Latina provenían de la proliferación de "hombres fuertes", dictadores. Luego, los títulos cambian, y transitan de "isla feliz" a "paraíso de locos". La prensa internacional escribe ahora sobre la irracionalidad económica, el bienestar social y la incapacidad de previsión del futuro. Lugar pintoresco, agradable, amable y algo aburrido para reportajes sensacionales. Finalmente, hoy, llegamos a las antípodas, la violencia, la notoriedad "tupamara" en el concierto internacional, y el gobierno censurando la entrada de publicaciones extranjeras. El Uruguay se hace "noticia" internacional, los capitales fugan y la crisis financiera toca fondo. La parábola se aproxima a un desenlace, pues la concordia nacio­nal, base interna de la neutralización internacional del Uruguay está en quiebra.

Desde el 68 hasta hoy, rompe los ojos esa quiebra de la concordia nacional, de tan vastas consecuencias internacionales. Las autoridades públicas proclaman: "estamos en estado de guerra". Una exageración de algo real que para el viejo Uruguay ya es exageración en demasía. Por eso, aunque intentamos sintetizar el proceso en sus dos fases, nos extendemos mucho más en la dinámica interna, por cuanto en estos años se está condensando el más profundo cambio cualitativo de la sociedad uruguaya, sin parangón con ninguna otra situación que no sea la de su propio nacimiento. Sin muerte, no hay resurrección: es la ley del sacrificio que rige la historia, a todos sus niveles.

Nos será difícil aquí mantener el espíritu sintético de nuestra exposición, sin perder un mínimo del sentido de la matización concreta, sin la cual un esquema se vuelve abstracción mentirosa.

I

¿Cómo presentábamos la antesala de la nueva etapa que se abre en el año 68? En un esquema sencillo: "la renta diferencial fue el paraíso de la paz uruguaya y el desfonde de la renta diferencial será el infierno tan temido. La renta diferencial fue la concordia de más de medio siglo, su desaparición será la guerra social ya en ciernes para los años venideros. La incontenible espiral inflacionaria es su prolegómeno, fruto de la guerra fría entre los grupos sociales por una moneda de más en más envilecida. La inflación es lucha dentro del statu quo y a la vez su resquebrajamiento. La inflación aguanta al statu quo, pero acumula en su base la explosión del statu quo. Prolonga la paz, y agudiza la violencia venidera". Así, el 68 es el paroxismo de la inflación, es el intento de ponerle coto, abrup­tamente, por parte del gobierno. Y comienzan las medidas de seguridad, que de provisorias se convierten en permanentes. El frenazo de la locomo­tora inflacionaria es tal, que descarrila vagones.

La estructura geosocial del Uruguay hace difícil todo régimen represivo. La mitad del país está concentrado en la capital, Montevideo y sus aledaños, en tanto que el resto de la población está dispersa en el interior, de muy escasa densidad demográfica. En el Uruguay, reprimir es apretar a la gran masa de las clases medias urbanas y al proletariado industrial, altamente concentrados en Montevideo, y los elementos represivos pertenecen también a esas clases medias en camino de pauperización. La oligarquía latifundista-bancaria-exportadora mantuvo intacta su base productiva agropecuaria, con el precio de formar un gran Montevideo. La riqueza ganadera del país permitió al latifundio su permanencia, con una miseria impotente a sus orillas, al dejar una parte de su renta en Montevideo, que estaba lejos y no molestaba. La redistribución del producto en Montevideo, permitía una satisfacción social suficiente, como para que no se afectara la base productiva de la oligarquía, en la campaña. El problema surge cuando la magnitud del producto ya no sostiene la magnitud de Montevideo.

En última instancia, la alternativa es: o la oligarquía, para mantener el control de las bases productivas y su usufructo principal del producto, expulsa gente de Montevideo, empobrece a Montevideo, o el pueblo de Montevideo se trasmuta en fuerza política capaz de transformar las bases productivas del país, rompiendo su control por la oligarquía. Cuando el producto no alcanza, o se afecta la base productiva o se constriñe el consumo. Esta simplicidad conceptual implica, sin embargo, una inmensa dificultad y complejidad en el procesamiento concreto de la realidad histórica.

Veamos las líneas esenciales de nuestro procesamiento desde el 68. Tras el tránsito vacilante y contradictorio de Gestido, la estrategia ya está formulada para su sucesor presidencial. Pacheco. El gabinete que toma las medidas de seguridad es todo un símbolo. Está integrado directamente por hombres representativos de la oligarquía, que toma las riendas del gobierno luego de coqueteos estériles con "tecnócratas" y "políticos". La década del 60 uruguaya había presenciado el ascenso de prestigio de los "tecnócratas", se había hecho todo un esfuerzo de autoconocimiento del país, representado por la CIDE, por la onda del "planeamiento", que señalaba la necesidad de replantear la estructura del país en términos más racionales, más eficientes. Pero era todavía una necesidad que sólo alcanzaba expresiones ideológicas, sin calar objetivamente en ninguna fuerza social que la hiciera política concreta. Nadie estaba especialmente interesado en llevar adelante "planes" que modificaran hondamente el statu quo. La situación sólo podía engendrar protestas, incomodidades, deseos no demasiado consecuentes de trasponerse a la acción, a una acción política con vocación de poder. Del dicho al hecho, había mucho trecho. En realidad, ante la inflación y la paralización del producto, la primera iniciativa real tenía que venir de la oligarquía. Se trataba de "estabilizar" para su protección, y la carga de la estabilización corría, como es obvio, por cuenta de los de abajo. Y el peso mayor de la estabilización caía en la concentración social mayor, en Montevideo.

La estrategia gubernamental del 68, desde el punto de vista de "arriba" era coherente y racional. Dejar a los partidos políticos encerrados en el parlamento, preservados, de modo que a la vez fueron víctimas, inocentes y cómplices de los sucesos que sobrevinieron. Los dos grandes partidos tradicionales, policlasistas, -convivencia concorde- oficiaron de redistribuidores del producto en los buenos tiempos. Ahora no había qué redistribuir, no podían abastecer como antaño su política de clientela. Por tanto, sus aparatos partidarios se volvían inútiles, lastre, inmovilismo. Los políticos no podían atacar directamente a sus clientes, estaban inhibidos, vacilantes, querían la transacción a toda costa, pues !a transacción ha sido su razón de ser. Ahora, la crisis del Uruguay es tan honda, que la posibilidad de transacción se achica, y con ello se pone en crisis a los dos partidos tradicionales, que ven su esencia vulnerada. Así, los políticos se retraen para dejar la mala faena en manos de Pacheco, con la esperanza de volver con los tiempos mejores. El invierno para Pacheco, la zafra electoral cuando aclare, la cosecha de primavera para ellos. En tanto que los representantes directos de la oligarquía no tienen compromisos directos con las clientelas electorales, y si bien pierden por salir a primer plano, por hacerse ostensibles como nunca, también creen que será provisorio. Jamás en el siglo XX uruguayo, la oligarquía, siempre discreta, se había visto obligada a ponerse tan masivamente en la conducción gubernamental, por sí misma, como en el 68. Ante la gravedad de la emergencia, ¿quién mejor que ellos para hacer bien la faena que los garantizara, pues se trataba ante todo de su supervivencia? ¿Y hacia dónde apuntar? Desde su ángulo, en lo más inmediato, a la congelación de precios y salarios, que da oportunidad de desmantelar el motor inflacionario más a tiro, o sea la organización gremial. Si para salvar su parte principal en el producto hay que constreñir al consumo, medidas de seguridad y desmantelamiento del sindicalismo, van aquí de la mano.

El gobierno contaba con una represión rápida y a corto plazo. El poder sindical no estaba en condiciones de librar una batalla frontal. Pues si bien el aparato represivo del Estado era muy débil, dada la larga convivencia pacífica uruguaya, las masas populares carecían de un real proyecto alternativo, arraigado, que las pusiera en condiciones de tomar el poder. Sólo querían resistir. Y una batalla frontal puramente defensiva, un riesgo total, sin una conciencia política nueva, sería absurda, perdida de antemano. La protesta, la sensación de injusticia, no bastan para generar una política, es decir, una alternativa de poder. En el fondo, el deseo uruguayo más fuerte era proseguir en las condiciones del viejo Uruguay, la alternativa que se vivía seguía siendo esencialmente "restauradora", aun en quienes adoptaban una fraseología revolucionaria. Es decir, no había alternativa. Las futurizaciones eran disfraces del antes. ¿Cambiar hacia dónde, si antes estábamos mejor? Por debajo de las declaraciones y urgencias de cambio, nadie quería cambiar. Se deseaban cambios sin un gran esfuerzo y sacrificio colectivo orientado. Era el no-cambio de los cambios mágicos. Cuando comenzaron las medidas de seguridad en el 68, la lucha fue entre conservadores y restauradores, mucho más que de revolución y contrarrevolución. Pero las condiciones reales del Uruguay hacían del cambio mágico como no-cambio una mitología imposible, un momento de transición. Pues lo nuevo nace siempre bajo el rostro de lo viejo, así como lo viejo intenta simularse en lo nuevo.

La represión desencadenada sobre los gremios pareció incontenible. Hubo una escalada enorme de detenciones. La resistencia fue tenaz, pero siempre localizada, nunca general. En la izquierda, los partidarios de un enfrentamiento total, o tenían sus organizaciones partidarias desmanteladas o simplemente carecían de organizaciones de partido. Y los que tenían partido en la legalidad, preferían salvar los cuadros del partido a arriesgarlos en una hecatombe: preferían, ante los hechos, que se desmantelara el aparato sindical, salvando al partido, a perder el partido en la lucha de resistencia sindical. De ahí que prefieran una lucha sectorial, no general. Por su parte, así, el gobierno veía facilitada su tarea de aplastamiento sindical, y aseguraba simultáneamente el mantenimiento de la pluralidad de partidos, el mantenimiento de su ideología fundamental, que es aún la democracia liberal, que forma la tradición más potente y común del país entero. No hemos sido durante décadas y décadas el éxito más rutilante de la democracia liberal-burguesa de América Latina, para que ella se evapore al primer contratiempo. Aquí, hasta los más escépticos; desde la ultra-izquierda a la ultra-derecha, se conmueven ante un liberalismo lesionado. Uruguay, quizá más aún que Chile, tiene el sustrato de creencias colectivas más firmemente liberal Esta es la habitualidad más profunda de los uruguayos, y abarca a todas las clases sociales.

Algún índice puede ser ilustrativo. Que en medio de convulsiones sin antecedentes en el Uruguay moderno, con una creciente actividad policial, que tiende de suyo a la falta de miramientos y a la tortura como eficiencia, se reúna el parlamento para suspender ciertas garantías individuales por unos días, o que un jefe de policía pregunte al Poder Ejecutivo si puede usar con algunos detenidos la "droga de la verdad", es cosa para causar estupor en toda América Latina. El deterioro no ha arrasado todavía nuestros viejos hábitos civiles, lo que es índice de la vigencia de las creencias uruguayas. Aún en la crisis más sustancial del país, ellas imprimen cierta parsimonia, un "ralentiseur" a los años más veloces, más atosigados de acontecimientos dramáticos que hemos tenido en este siglo, si no todavía guerra civil como con Aparicio Saravia, más densos, porque la guerra de Aparicio Saravia fue en el Uruguay camino a la prosperidad. No estaba en cuestión el destino del país entero.

Las previsiones gubernamentales no se cumplieron. Esperaban que a la estabilización, prontamente alcanzada, siguiera la posibilidad de una distensión suficiente como para llegar al año electoral aflojando las cuerdas, dejando nuevamente campo libre a los viejos partidos, ya en condiciones de volverse a presentar en sociedad con la solvencia de antes. Nada de esto acaeció. Todo resultó mucho más complejo, pues la crisis del país no era de coyuntura, circunstancial. No bastaron tres años de excelentes condiciones climáticas y una buena colocación de la exportación de carnes. El asunto era mucho más radical. Y si la cotización del dólar se convirtió en un fetiche simbólico del éxito de la política estabilizadora, su devaluación en los hechos, aceptada en el 71, en víspera de las elecciones, se convierte en signo supremo de su fracaso.

Si la crisis uruguaya es sustancial, es conveniente señalar algunas modificaciones estructurales, ya ostensibles en la década del 60 y que muestran hasta qué punto, el viejo Uruguay ha perdido sus asientos tradicionales. Y como somos un país agroexportador, nada mejor que enunciar los cambios relativos a nuestros dos rubros principales; carne y lana. Es aquí donde se pueden localizar con más claridad los cambios. El Uruguay moderno, que nace con el siglo XX, se puede resumir en este orden, en tres designaciones: Batlle, la Federación Rural y los Frigoríficos. El otro rostro de Batlle fue la Federación Rural y los Frigoríficos, pues con el mejoramiento zootécnico realizado por los estancieros y la industria de la carne, se generó un "surplus" que permitió a Batlle una política de redistribución y justicia social urbana, que no tocaba el control por la oligarquía de la base productiva del país. Todo esto, dentro de la política de equilibrio rioplatense asegurada por el Imperio Británico. Pero al abrirse la década del 50, la retirada del Imperio Británico del Uruguay estaba consumada. Era la crisis de la carne, de la vieja industria frigorífica, pero esto fue como un secundario, lento languidecer, pues simultáneamente el paso a primer plano de la lana operó para salvar y disimular la hondura de la crisis. A la vez, con la prosperidad lanar, tomó mayor impulso la industria textil, que era una industria fundamentalmente nacional. Sin embargo, esa misma prosperidad atrajo la instalación o ampliación de grandes industrias textiles extranjeras. Así, en la década del 60 se asiste a la caída de la lana en el mercado internacional, a la crisis de la industria textil nacional, y a la expansión en ese sector de la industria extranjera con el uso creciente de los sintéticos que están desalojando mundialmente a la lana, o pidiendo un tipo de lana fina que exigiría al stock ovejero del país una enorme renovación, con la inversión consiguiente de capitales. Pero simultáneamente, a la caída de la lana, le sigue ahora una alza de la carne, aunque en tipos de industrialización distintos. Se ha pasado a pequeños frigoríficos, a una descentralización industrial que desmenuza la vieja concentración proletaria del Cerro, la villa obrera por antonomasia de Montevideo. Al extranjero ya no le interesa una instalación directa en la industria frigorífica, le basta con el control financiero. De tal modo, y por razones distintas, se puede constatar el creciente desastre de la industria textil nacional, con la consiguiente desocupación, así como una modificación en la estructura frigorífica, que debilita al proletariado. Sin contar con el hecho, también decisivo, que las clases medias rurales, defendidas por la lana, entran también en crisis pues la carne exige mayores inversiones, que están más a la mano de los grandes ganaderos. No es un azar que a la movilización de las clases medias rurales, el factor más dinámico de la década del 50, le siguiera en la década del 60 un mutismo y una inoperatividad progresiva.

La modificación en la estructura frigorífica y la depreciación de la lana, tiene las más graves incidencias sociales en el país. Empobrece a Montevideo, arruina a las clases medias rurales. Una estabilización en tales condiciones, afecta naturalmente el poder de compra del mercado interno, que está en Montevideo. Y si por un lapso la industria liviana y el comercio montevideanos, grandes sectores de la clase media urbana y rural, creyeron en la estabilización, al prolongarse la situación sin miras de una salida, comenzaron a sentir directamente la retracción del poder de compra del mercado interno. Si por un momento necesitaron un alto a la locura inflacionaria, luego la falta de circulante comenzó a asfixiarlos. El coto a la inflación con la apretura del consumo tampoco es negocio ni salida, y Montevideo estalla por otro lado.

La política de la oligarquía a esta altura de los acontecimientos ya no es viable. Durante décadas, el Estado ha oficiado como gran empleador de las gentes que la estructura agropecuaria arcaica no asimilaba, y expulsaba de continuo hacia Montevideo. Así, el Estado pictórico de una desocupación disfrazada, se consumía en sueldos, en la ineficiencia que genera una proliferación burocrática de la división del trabajo, sin capacidad de inversión para mantener una dinámica mínima. Ese Estado, sumergido en la hipertrofia burocrática, era también el otro rostro del latifundio. Era la creación del latifundio. De tal modo, la oligarquía tenía siempre a la vista la inepcia de un Estado para desprestigiar y para ensalzar la "libre empresa", cuando era su libre empresa la base del desmantelamiento del Estado, abrumado en su función de principal mercado de trabajo. Pero cuando la renta agraria del Uruguay ya no soporta el crecimiento canceroso de oficinas y expedientes, entonces el Estado mismo se convierte en peso intolerable para la oligarquía. Se plantea así la necesidad de "racionalizar" al Estado, de volverlo más ágil, más congruente, más económico. La primera y más sencilla medida es la de cerrarlo como mercado de trabajo. ¿Qué camino les queda entonces a las nuevas generaciones?

La oligarquía uruguaya se ve así envuelta en un cúmulo de contradicciones que no puede resolver. Propició o permitió en la década del 50 una expansión bancaria especulativa totalmente desproporcionada con las posibilidades reales del país. En el 66 cayó estrepitosamente una primera fila de bancos. En el 71 siguen cayendo. El gremio bancario, el más privilegiado, fue la víctima predilecta de la represión, ligada por supuesto a la onda de retracción. Fue el momento más duro de las medidas de seguridad, el que hirió más profundamente a las clases medias urbanas. Sus sectores más privilegiados se trasmutaron en los más radicalizados.

Pero no es sólo la clase media la que ve sus viejos modos de vida cuestionados. La crisis bancaria denota también la mayor crisis de la oligarquía, que ahora, herida en su corazón financiero, está visiblemente desbordada y desconcertada, por una cadena de acontecimientos nunca previstos. En la mitad del río, en su camino represivo por mantener su orden, pierde pie, se aboca a colapsos in­ernos y no atina a reformular su política. Es que está tan desquiciada como el país entero.

Cuando en 1958 se produjo la primera rotación en el poder entre los dos partidos tradicionales, esto no significaba la inauguración real de un auténtico "régimen rotativo" de partidos, según el modelo inglés o norteamericano. Todo lo contrario: en el Uruguay, la rotación era ya la primera ruptura de la estabilidad, de la lógica íntima del statu quo. No era un nuevo tipo de relación entre los dos viejos partidos tradicionales, sin otras consecuencias. un mero cambio de las reglas habituales de juego. Era sencillamente la descomposición de ambos, la quiebra de un juego y no una nueva regla del mismo juego institucional. Esto lo intuyó con perfecta claridad Herrera, que el día de la trasmisión de mando en su último discurso público auguraba; "Adviene otro tipo de lucha distinto que este que venimos de resolver con éxito. No será más entre blancos y colorados sino entre nacionales, quienes quieren y merezcan serlo, y los que no quieren serlo, o porque no lo sienten o porque no les conviene". El Uruguay, en su antigua funcionalidad inglesa, era a la vez, y apaciblemente, nacional y anti-nacional. Era una contradicción pacífica, que se vivía como plena identidad. El Uruguay que advenía, bajo la égida de un nuevo Imperio, el norteamericano, carecía de aquella funcionalidad. Sobrevivía como una inercia al cambio de condiciones, pero ya no tenía un juicio verdadero. No tenía automáticamente asegurado su status en la nueva lógica norteamericana, y además nada permitía suponer que el nuevo status, si se le adjudicaba, fuera el mismo de antes. De ahí, que en este "interregno", en esta nueva tierra de nadie en que el país penetraba, la contradicción iba a aflorar poderosa: sólo en ese Uruguay como problema podía replantearse a fondo una lucha de "nacionales" y "antinacionales", pero en la que lo nacional y lo antinacional iban a tomar inflexiones inéditas, pues en ninguno de los dos casos podía tratarse del Uruguay a solas, que esa sólo fue la ilusión real de la Pax Britannica.

Incluso esa rotación de partidos había sido posibilitada por la irrupción, en la década del 50, del "ruralismo" -la Liga Federal- que es el primer movimiento masivo, popular, que se generaba en el Uruguay al margen de los dos partidos tradicionales. El ruralismo del 50 era el primer signo de la ruptura del bipartidismo. El segundo signo fue la constitución en el 62 de la Unión Popular y el Frente Izquierda de Liberación, cuando la izquierda tradicional se abre hacia el pueblo blanco y colorado, sin atacar a las divisas, como antes lo hacía, frontalmente, mecánicamente, sino intentando reasumir y reinterpretar sus tradiciones, de un modo distinto pero con cierta analogía al método abierto por el ruralismo. Ahora ya la brecha es más honda y estamos en la tercera oleada que es el surgimiento del Frente Amplio. Si el primer signo fue rural y el segundo montevideano, el tercero parece tomar dimensión nacional. El desastre de los dos partidos tradicionales se presenta irremediable. Es que ambos están identificados con la lógica política del viejo Uruguay, que hoy agoniza. Y esto se manifiesta en el plano ideológico, donde los dos partidos tradicionales han perdido definitivamente la batalla por la autoconciencia histórica del país. Mientras ellos tuvieron el monopolio histórico, eran invulnerables. Cuando el "revisionismo histórico" comenzó a disociar la antigua síntesis y a generar paulatinamente otra, es que había sonado la hora de su derrota. Y la izquierda que hasta la década del 60 carecía de conciencia histórica nacional, índice de que las condiciones históricas del país no le permitían calar sino en lo marginal, es trasmutada y nacionalizada en proporción al avance de la crisis. Nada más congruente que el proceso de la nacionalización de la izquierda y !a conversión en "foráneos" de los dos partidos tradicionales, cada vez más raquíticos del consenso y alienados al control directo de la oligarquía, de un modo antes jamás ejercido. En efecto, si un rasgo presenta el Uruguay de hoy, es la desaparición de los sectores "populistas" de los dos partidos tradicionales, que son objetivamente incapaces de regenerar una equivalencia de Herrera o Batlle en sus filas. Eso es el pasado, lo irrepetible, y el propio Herrera lo percibió. Ya no pueden oficiar de democratizadores de la renta agraria, y de tal modo se les desfonda el presupuesto mismo de su sistema electoral. Ya no operan, ni pueden operar, como mecanismos efectivos de sobrevivencia y encauce popular. De ahí que esa vacancia simultánea del populismo en los dos lemas tradicionales, hace que el populismo cambie su índole y busque cauce fuera de ellos y confluya y haga nacer en pocos meses, al abrirse el año 71, al Frente Amplio. No hay duda: será a partir de las fuerzas que se anudan y mezclan en el Frente Amplio, en una nueva dinámica, con fermentos ideológicos heterogéneos, en trance de transmutación y aleación, que el pueblo uruguayo encontrará sus respuestas efectivas a este momento crucial de su destino.

Estamos ya en el punto en que se nos hace necesario el pasaje del proceso interno uruguayo, al Uruguay internacional. Y el gozne en que se manifiesta más rotundamente es en el detonante "tupamaro", que no sólo por fama pone a la luz la internacionalidad del Uruguay.

II

La celebridad "tupamara" del Uruguay, puede ser la antesala de la crisis de identidad uruguaya más radical. La mayor crisis de identidad de una sociedad es la guerra civil. La guerra civil en cualquier sociedad, precipita sobre ella, la intervención extranjera, abierta o solapada. O mejor, la acentúa necesariamente hasta un grado que puede, ser totalmente decisivo. Intervención extranjera y guerra civil se anudan en grado supremo. Por supuesto, esta regla general tomará diferentes especificaciones según la posición concreta y su ubicación en el concierto internacional, de la sociedad en crisis de identidad. Para cualquier Estado, guerra civil es peligro de muerte del Estado mismo, no sólo cuestión de cambio de forma estatal interna. Y el máximo agravamiento acaece con los pequeños o débiles Estados, de los que el Uruguay es un caso.

Si el. Estado, en un país, tiene el principal monopolio de la coacción y tiene sus propias reglas de cambio, guerra civil es la quiebra de ese monopolio, por lo menos su bifurcación en dos poderes enemigos, y la puesta al margen de las "reglas de cambio" instituidas para dirimir los conflictos internos. Guerra civil es un tránsito relativamente prolongado, pues cuando el cambio es fulminante o muy rápido no se puede hablar de guerra civil. Esta implica un "inter-reino", un hiatus donde la totalidad social no tiene "rex", no está "regida" de modo unitario. Todo indica que el Uruguay se encuentra abocado a un "inter-reino" próximo, pues cuando la ley sólo sobrevive mostrando su dimensión coactiva, es porque pierde proporcionalmente su dimensión de consenso, es decir, se quiebra en cuanto ley vigente. Desde el 68 el país vive de más en más a la ley como coerción. La ley, vuelta medida de seguridad represiva hace ostensible su inseguridad y comienza a desvanecer su carácter de derecho vigente. Hay dos polos, dos límites opuestos entre los que existe toda sociedad: uno, la fuerza al servicio del consenso, implica derecho vigente; otro, la fuerza sustituyendo al consenso, destruye el derecho, aunque lo invoque. El primer polo es lo habitual de una sociedad, el segundo polo es situación de excepción, que amenaza a la sociedad en cuanto tal. Entre estos dos polos transcurre la convivencia social, con diversos modos y gradaciones, dinámicamente. El primer polo, signado por el derecho vigente, es el principal, es la estabilidad de una sociedad, pero puede generarse un momento cualitativo en que predomine el segundo polo, y eso implica anarquía o revolución, guerra civil. El predominio del segundo polo es siempre transitorio, y está ordenado hacia el primer polo.

La conmoción interna implica la contradicción no sólo entre, sino en la intimidad misma de las clases sociales: sus pautas de acción están radicalmente cuestionadas, sus creencias y modo de asumirlas también. Por eso las palabras se tornan equívocas, se vacían de contenido o significan a la vez cosas contrarias, que se recubren de ambigüedad en su vacilación, cuando todavía el combate frontal no se ha generalizado. En la crisis de identidad lo habitual se llena de "proyecto", cede su solidez a lo incierto del proyecto. Así, lo vigente comienza a perder concreción y a trasmutarse en "proyecto", con la cualidad de reaccionario, restaurador, en contraposición al crecimiento conjunto y eficaz del "proyecto revolucionario". Trigo y cizaña a la vez dentro de las mismas gentes, o gran parte. Contraposición que alcanza su paroxismo en las clases medias urbanas, ayer holgadas beneficiarías y hoy víctimas mayores, que viven más agudamente que las otras la dualidad de proyectos, y tienen su intimidad a los bandazos. La tentación de violencias antitéticas hace fácil presa de ellas, un cierto moralismo abstracto les da virulencia. Moralismo abstracto y voluntarismo, acorde con su experiencia social, y la disminuida conciencia histórica del proceso interno y externo del país.

La crisis de identidad del Uruguay y de sus clases sociales toma su más límpida objetivación en el movimiento "tupamaro". Este se inicia en el período más álgido del prestigio "foquista" cubano, incluso con una "repetición" en su arranque rural, en los ingenios azucareros del norte uruguayo. Pero era una vía imposible, y condenado a languidecer, busca refugio en la verdadera "selva" uruguaya, la ciudad de Montevideo, y allí empalmó desde el 68 con la resistencia de las clases medias y el proletariado y se transformó en su símbolo. Con la represión se estaba "donde mueren las palabras". La vieja tinta izquierdista del viejo Uruguay que hizo poco más que hojarasca, era enmudecida y borrada por la terrible dignidad de la sangre. Viejas ideas se tornaban inservibles, y sólo podían recrearse a través del testimonio y la acción. La tinta dejó su elocuencia a la sangre, que busca empero nuevas palabras, sin las cuales la acción, desfallece. En última instancia, sólo la comprensión que mana del sacrificio puede penetrar y transformar la realidad, pues tiene un pacto indestructible con la tierra(33). Logra una residencia en la tierra, difícil en este Montevideo portuario. Y así fue que cuando el gobierno aplastaba toda oposición, le quedó un "tercer hombre", invisible, inaprensible, que seguía jaqueándolo. Y la "fisura" tupamara en las medidas de seguridad evitó el derrotismo de vastos sectores populares, impidió su desmoralización, e indirectamente contribuyó a generar la "brecha" política del Frente Amplio. Los tupamaros han montado su "cárcel del pueblo" y "tribunales del pueblo", pero clandestinos. No son dualidad de poderes en el Estado, pero visualizan la crisis de identidad del Estado. No hay guerra civil, en cuanto la clandestinidad no ha devorado todavía las "reglas de juego" del cambio social. Pero nadie duda que los caminos están minados.

A tres años del 68 el gobierno no ha alcanzado ninguno de los objetivos propuestos, pierde pie en todas las clases sociales, y la oligarquía uruguaya está más perpleja que nunca. Nadie parece tener fuerzas como para romper con las "reglas del juego". Es que la crisis uruguaya tiene una característica singularísima: en el orden interno podemos afirmar que no hay variaciones esenciales en cuanto a la composición social y a la incidencia, el peso de las clases sociales. Es la misma estructura productiva, las mismas relaciones de producción, la misma posición estratégica relativa de los grupos sociales. En los últimos veinticinco años ningún grupo social ha experimentado una dinámica ascendente: no hay nuevas fuerzas sociales ponderables en el país. Por ejemplo, ni la industria ni el proletariado se han expandido para surgir como nueva potencia, cualitativamente distintas, con un peso real mayor. El cuadro social del Uruguay próspero del 50 es esencialmente el mismo del Uruguay empobrecido del 71. ¿Cómo en un país socialmente "idéntico" acaece este pasaje dramático del éxito a la bancarrota? ¿Cómo en un país económicamente "idéntico" se pasa de "lo mismo" a "lo otro"? ¿Cómo las mismas fuerzas sociales serán capaces de actuar de modo radicalmente diverso? ¿Cómo ocupando las mismas posiciones, eso sí, deterioradas, tendrán energías para generar una sociedad nueva? Estas últimas preguntas son las más graves, y no es costumbre formularlas a plena conciencia. El nudo de la cuestión interna puede enunciarse: ¿Cómo las viejas clases medias urbanas podrán relacionarse con las viejas clases medias rurales para una alianza conjunta con el viejo proletariado, de modo de generar un populismo de nuevo cuño, hijo del desfonde global del país, apto para una respuesta adecuada? ¿O puede pensarse en una neutralización mutua de las fuerzas, una parálisis mutua, que sólo puede romperse "desde afuera"? Que conduce a la ruptura "desde afuera", pues la parálisis interna mutua, sólo acrecentaría el empantanamiento, el abismo del empobrecimiento, que no puede ser indefinido: alguna vez se toca fondo. En suma: llegado el Uruguay al tope de sus posibilidades, incapaz de suyo de realizar una "revolución industrial", ¿tiene el país fuerzas sociales efectivas como para recrearse? Esta incógnita se despejará a corto plazo. En tanto, el "desde fuera" se cierne sobre el país. La crisis de identidad de un Estado -¡atrancado en la identidad!-, atrae el interés mayúsculo de los otros Estados.

Cuando insistimos que la estructura social del Uruguay no se ha modificado en los últimos veinticinco años, es para subrayar el inmovilismo uruguayo. En un contexto internacional cambiante el inmovilismo uruguayo es su cambio negativo. Inmovilismo de la sociedad global e inmovilismo de sus clases, precipita la crisis del 68. El inmovilismo es la quiebra del Uruguay. El "fuera" uruguayo actúa para conservarlo y destruirlo a la vez. Lo destruye esencialmente, por cuanto la funcionalidad yanqui, que no ha estimulado ninguna producción nueva, pero que ha contribuido al sostenimiento de la vieja estructura del país, ya caduca, con su asistencia financiera. Pero su asistencia financiera, decisiva en la década del 60 para la mantención de la inercia anterior, ha generado un endeudamiento externo de tal magnitud al Estado uruguayo, que el país ya no puede solventar, con sus exportaciones, ni el pago de los intereses de esa deuda externa. La descapitalización del país llega a los límites más intolerables, donde a la vez la recuperación es más difícil por su incapacidad de inversión. El círculo vicioso de la pobreza, que no acaece en una sociedad habituada a la miseria, sino al relativo confort, suscita una tensión insoportable en todos los sectores. ¿Hasta qué punto esa tensión empujará a la remodelación interna? por lo pronto, el "afuera" presenta también una salida negadora del Uruguay, que contribuye a sostener al viejo Uruguay: la emigración. En efecto, el alto nivel de capacitación de sus clases medias y de las capas especializadas del proletariado, posibilitan una emigración masiva hacia lugares en que es posible mantener e incluso elevar el nivel de vida que hoy se pierde. Si el Uruguay fue hasta hace veinticinco años paraíso de inmigrantes, hoy se ha invertido el movimiento: es una carta que tiene la oligarquía en sus manos para mantener el inmovilismo. Pero la penuria ya es muy grande: no sólo fugan capitales; también se desmoronan internamente. Para mantener el inmovilismo, la emigración ya tendría que ser mucho mayor y deflaccionar radicalmente la concentración urbana de Montevideo, que a su vez arrastraría en cadena capitales industriales, comerciales y rurales. Sería como proponerse desmontar el conjunto del Uruguay existente. La pirámide de edades se asemeja de más en más a un reloj de arena: viejos y jóvenes, disminuyendo las edades intermedias. Y con ello no sólo se acentúa el inmovilismo, sino también la ruptura generacional, la virulencia de una juventud sin horizontes de vida, que pone en cuestión, como es obvio, a todo el sistema de enseñanza moldeado para una sociedad que se revela como no viable. La crisis uruguaya destruye los modos habituales de incorporación a la sociedad, y estos son principalmente los mecanismos de enseñanza, órganos de transmisión. ¿Y de transmisión para qué sociedad? ¿Para la que hoy no funciona? Entonces las clases medias, las más extendidas, se debaten -en cada familia- entre el conservatismo y la subversión. Curiosa dinámica la del inmovilismo uruguayo, que genera movimientos que lo sostienen y lo acaban. Sería largo mostrar los entrelazamientos recíprocos. Lo que importa es ver cómo el contexto internacional del Uruguay, a la vez que está interesado en congelarlo, en mantenerlo, no ha generado mecanismos que lo impulsen, sino por el contrario, lo agotan. El Uruguay que ha nacido ante todo por estímulos externos, parece caer por la variación de los estímulos externos, no acordes con la estructura interna que generaron aquellos primeros estímulos externos. ¿Hasta que punto un país configurado desde "fuera"puede regenerarse desde "dentro"? Un país de las dimensiones del Uruguay.

Y esto hace que el país que se "latinoamericaniza" más conscientemente sea el Uruguay. Quizás Rodó no sospechaba cuando en 1905 escribió "Magna Patria" refiriéndose a América Latina, que ese nombre reasumido por Manuel Ugarte como "Patria Grande", iba a tomar inusitada resonancia en el país, y de modo tan profundo y perentorio, en nuestros días. Cómo una añeja retórica de aniversario iba a transfigurarse en destino ineluctable. Patria Grande que se hace vocación necesaria de vastos sectores del Uruguay, desde la pastoral de Adviento de la Iglesia Católica hasta las más diversas corrientes nacionalistas y de izquierda. Y esta es otra singularidad del país: la asfixia uruguaya, lo lleva a reencontrarse uruguayo en América Latina, con más intensidad que ningún otro, luego de haberse extrañado como ningún otro. Incluso la alta acumulación intelectual del Uruguay, por tanto tiempo lujosa, le pone en condiciones de trascenderse en América Latina, anticipadamente, con mayor clarividencia. Pues la mayor parte de América Latina, todos excepto Brasil, no está formada por países viables, pero es posible que no tengan los recursos culturales que les permitan esa vívida autoconciencia, o más sencillamente sus dimensiones mayores les encubran aun esa realidad. El canto de cisne del viejo Uruguay será latinoamericano.

En relación al 68, los cambios políticos latinoamericanos son marcados. Hasta el 68 el panorama estuvo dominado por la efectiva ola de reacción de los regímenes latinoamericanos contra la agitación de la revolución cubana. El foquismo planeó de modo abstracto sobre América Latina, y esta tenía un aspecto homogéneo, no diferenciado en zonas de tensión geopolítica. Hoy, a la vez que ha desaparecido el "foquismo" cubano, la zona andina emerge como una zona de "alta tensión" geopolítica, con Chile, Perú, Bolivia. Los caracteres, diversidades y consonancias de América Latina y su proceso de liberación se hacen más concretos y específicos, más diferenciados. Y esa zona de alta tensión se prolonga en dos zonas peligrosas: Ecuador y Colombia por un lado y Uruguay por otro. ¿Qué características tiene ahora la zona peligrosa del Uruguay?

Conviene no dejar al que fue el hilo conductor de nuestro libro, a Herrera. En cierta oportunidad, Eduardo Víctor Haedo me relató una frase de Herrera que comprendía muy certeramente toda su política rioplatense, referida a Brasil y Argentina: "Debemos mantener siempre el punto medio entre Itamaratí y el Palacio San Martín, pero para ello, siempre más cerca del Palacio San Martín". La equidistancia entre Brasil y Argentina, exigía una mayor cercanía a la Argentina. La razón es clara: el Uruguay es estratégicamente mucho más importante para Argentina que para Brasil. Este domina, con sus inmensas costas y situación," todo el Atlántico Sur. El Uruguay no le es vital. En tanto que para la Argentina el Uruguay es asunto de vida o muerte, pues le controla su arteria de comunicaciones esencial con el resto del mundo: el Río de La Plata, El Uruguay esta junto al sistema nervioso central de Argentina, el triángulo que forman Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Desde el Uruguay, la vulnerabilidad argentina es total. Mientras que, por el contrario, el Uruguay no afecta ningún elemento absolutamente decisivo de Brasil. Ponernos como punto de equilibrio a una misma distancia geométrica de Brasil y Argentina sería de hecho actuar contra Argentina. De tal modo, no sólo por sus raíces históricas, sino por "lugar" geopolítico, Uruguay está y debe estar más cerca de Argentina, justamente para no romper la equidistancia. Nadie lo sabe mejor que la propia Argentina.

¿Y qué ocurre hoy en Argentina y Brasil? En estos últimos años Argentina ha tomado plena conciencia que su posibilidad de desarrollo es incomparablemente menor que la de Brasil. Es un hecho que el Brasil actual, bajo la dirección de su ejército, a través de la más violenta represión interna, juega sus cartas al papel de "satélite privilegiado" de Estados Unidos, y que dentro de esa lógica, en la dinámica contradictoria y complementaria de una gigantesca expansión estatal eficiente, y una industrialización tan acelerada como extranjerizada, ha logrado una altísima, tasa de crecimiento, que desborda largamente a la Argentina. Si alguna vez Argentina abrigó ilusiones competitivas en un mano a mano con Brasil, hoy es asunto descartable. Esta situación lleva hacia una radical modificación de la política tradicional argentina. Si queda algún destino especial para Argentina en América Latina, ese destino se juega en el espinazo andino, hacia él océano Pacífico. Los caminos de San Martín son los caminos del futuro argentino, en el sentido de ensamblar con el proceso de liberación nacional de los otros países latinoamericanos, poniendo su potencial industrial a su servicio, como único medio de consolidación y expansión industrial real. El futuro latinoamericano de Argentina se juega en la "zona andina", pero su conservación más elemental en el Uruguay. El desequilibrio actual entre Argentina y Brasil es tan grande, que Argentina no puede permitir ninguna intervención brasileña en el Uruguay. Ni de Brasil, ni de nadie. Hacerlo sería consentir su suicidio histórico. Por otra parte, ese fracaso de Argentina como satélite privilegiado, lleva a su régimen militar a concesiones cada vez mayores, incontenibles, a las masas populares. La oleada nacionalista es cada vez más fuerte, y por otras vías que el Uruguay, Argentina también se latinoamericaniza como cuestión ya, de supervivencia. Claro, no le va a ser sencillo reorientarse desde el Atlántico al Pacifico y los Andes, desde Buenos Aires hacia el norte, pero no tiene más remedio. Si Argentina nació desde el Perú, o vuelve hacia, el Perú, o no tendrá posibilidad alguna de vertebrarse y alcanzar la viabilidad.

Por todo esto, se hace difícil concebir una "nueva Triple Alianza" para intervenir al Uruguay, como desearían sectores militares brasileños. Si para Brasil la "guerra civil" uruguaya, o un cambio de gobierno con signo de izquierda nacionalista, es amenaza a su seguridad interna, pues puede tener consecuencias incalculables en las masas populares brasileñas, el proceso de estos últimos años hace lo más improbable su asociación con Argentina para una intervención común en Uruguay. Hoy, una asociación entre Argentina y Brasil para intervenirnos, se nos hace inimaginable, salvo que fuera en beneficio exclusivo de Argentina, lo que es aún más inimaginable.

De tal modo, la crisis de identidad del Uruguay lleva a que su contexto internacional se alarme: para todos, es todavía conveniente que el Uruguay mantenga su identidad, aunque esto le cueste vegetar o estabilizarse en una larga pesadilla. Pero todo hace suponer que la lógica del Uruguay no es fácilmente controlable, que se les escape de las manos, y la zona peligrosa se transmute en el más portentoso conflicto rioplatense. El próximo acto de la historia uruguaya ¿será el cortocircuito argentino-brasileño? Ese cortocircuito uruguayo ¿desencadenará la fusión de los nacionalismos argentinos y brasileño, la más vasta conmoción social de América Latina, la más decisiva?

Reitero mi convicción: para la década del 70, el Uruguay es el lugar potencialmente más explosivo por repercusión, de América Latina.

(33) Este epilogo estaba ya en prensa cuando se publi­có el comunicado tupamaro Nº 5, primera expresión pública relativamente completa de sus concepciones ideológicas. No pudieron tomarse en cuenta aquí.

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