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ALBERTO METHOL FERRÉ Y EL RETORNO DE LA GEOGRAFÍA

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Andrés Rivarola Puntigliano         

            Al cumplirse el centenario de la edición del Ariel, de José Enrique Rodó, Alberto Methol Ferré (1929-2009) vivió con gran frustración la falta de actos oficiales, a lo que consideraba una de las obras nacionales de mayor envergadura. Ciertamente, para muchos uruguayos Rodó es apenas el nombre de un parque, una calle o está asociado a una lectura engorrosa y ajena a la realidad nacional. También hay quienes lo ven como un conservador, elitista y antiliberal, representante de atrasadas instituciones ibéricas; vistas como negativas para el desarrollo de los países latinoamericanos. Tampoco el joven Methol Ferré, educado en la doctrina nacional del Montevideo liberal, podía ver la dimensión de Rodo. El camino hacia Rodo es la trayectoria autodidacta de una vida, que partiendo de su anhelo por entender al Uruguay, se encuentra con América Latina y vía esta, con el mundo. Como todo ser humano, Methol Ferré tenía distintos ejes ideológicos y metodológicos en los cuales se apoyaba para saciar su incansable sed de conocimiento. Vamos aquí a centrar nuestra atención en uno de sus instrumentos analíticos, la geopolítica, por medio de la cual ligaba la dimensión geográfica y nacionalista de su pensamiento.
            Después de sus estudios en el Liceo Francés de Montevideo, cultiva lo que él mismo llamara su fase de “germanización filosófica”. Profundiza su conocimiento en el terreno del idealismo, en la crítica al positivismo y estudia el nacionalismo en sus vertientes hispanistas y latinoamericanistas. Así, además de Rodó, se encuentra con el pensamiento de los españoles José Ortega y Gasset y Ramiro de Maeztu, el mexicano José Vasconcelos, los peruanos peruano García Calderón y Víctor Raúl Haya de la Torre, el argentino Manuel Ugarte, el venezolano Rufino Blanco Fombona, y tantos otros. Contrario a la visión dominante sobre lo decadente y retrasado en las raíces culturales ibéricas frente a lo moderno y exitoso de la cultura anglosajona, surge de estas lecturas una visión positiva de lo propio. Sigue haciendo eco en la generación de Methol el llamado de Rodó a aprender de otros sin desmerecer lo bueno en lo propio. Un llamado que no estaba dirigido al pasado, sino al futuro, a los jóvenes latinoamericanos.
            A comienzo de los años cincuenta Methol Ferré se encuentra con el libro del argentino Jorge Abelardo Ramos, América Latina: Un País. Su Historia, Su Economía, Su Revolución. Admirado por la visión de Ramos en darle a la América latina una dimensión de país, Methol le hace también una observación que va definiendo su camino intelectual: ‘un país no, una nación’! La nación, como algo más profundo que un país y un estado. Una nación con raíz cultural ibérica, pero con otras vertientes étnicas y de valores que le dan una identidad y filosofía propia. Esta última esbozada magistralmente por José Enrique Rodo y continuada en la obra de dos contemporáneos y amigos de Methol: el uruguayo Arturo Ardao y el mexicano Leopoldo Zea.
            Si bien Methol Ferré bebía de la profunda y rica fuente filosófica e intelectual del ‘nacionalismo continental’ latinoamericanista, también era un activista político. Encontró un fuerte lazo a la política partidaria en la figura del líder del Partido Nacional (blanco) Luis Alberto de Herrera, donde halló una firme actitud contra los imperialismos, así como elementos analíticos para comprender la razón de ser del estado uruguayo. Como bien explica Methol, “así como Batlle ha forjado decisivamente la conciencia interna del país, podemos afirmar que Herrera ha sido su conciencia externa” (Methol Ferré 44).
            La atracción por Herrera era coherente con el pensamiento de Methol, ya que Herrera fue mucho más que un caudillo uruguayo. Ha sido descripto como un “Oriental de todo el Plata”, con su corazón centrado en el ‘Federalismo’ que tan bien describieran José Hernandes desde la poesía, y Vivian Trias desde la historia. Pero Herrera era también un hombre de estado. Con las palabras de Methol, fue “un gran conservador, que comprendió las claves del origen del estado uruguayo y las condicionantes de su existencia soberana”. Sin conocer todavía de geopolítica, Methol supo aprender de “la realpolitik maquiavelista de Herrera”, una visión sobre el papel histórico del espacio geográfico ocupado por el estado uruguayo. Pero también aprendió de este, las diferentes connotaciones culturales de la nación que se vio enmarcada en el mismo.
            Methol se eleva así de la nacionalidad ‘uruguaya’ a la ‘oriental’, desde la cual se liga al nacionalismo argentino de Arturo Jauretche y Juan Domingo Perón. La influencia de Perón en Methol fue enorme. Es en Perón que encuentra un hombre de estado, un Herrera, con visión y fuerza para avanzar en la senda de la nación continental. Resaltamos aquí que fue estudiando a Perón, que Methol Ferré se adentra en los estudios geopolíticos y lee el libro Geopolítica, Generales y Geógrafos del alemán (activo en el mundo académico estadounidense) Hans W. Weigert. Es a través de este que se le abren las puertas a la geografía política de Fredrich Ratzel y de la mano de esta al mundo de la geopolítica. La tradición de pensamiento germano, de Fredrich Hegel, Alexander Von Humboldt y Ratzel tiene un punto de síntesis en el politólogo sueco, Rudolf Kjellén, que creará el concepto geopolítica en 1899. Una diferencia de esta perspectiva con la geografía política anglosajona del británico Sir Halford Mackinder o el estadounidense Alfred Mahan, es que no persigue la búsqueda de dominio o equilibrio centrado en el interés del país propio. Más bien, se trata de un modelo para el análisis de la siempre cambiante relación entre suelo, nación y estado. El objetivo, quizás más evidente en Kjellén que en Ratzel, es encontrar las formas ideales para lograr soberanía y desarrollo, en un formato óptimo de suelo, nación y estado. Está subyacente aquí la búsqueda de elementos que ayuden a conocer las bases de la propia nación, abriendo los ojos a la crucial influencia del mundo que la rodea. Diríamos incluso que fue esta una ‘geopolítica civil’ o ‘geopolítica del desarrollo’, distinta a las simplificadas versiones geopolíticas posteriores, que hicieran tristemente famoso general alemán Karl Haushofer.
            La geopolítica le dio a Methól un poderoso instrumento por donde canalizar sus vertientes intelectuales y espirituales: el latinoamericanismo, lo católico, y su preocupación por el destino de su estado natal.
            Comienza a darse cuenta que si bien el planteo de Herrera era útil para descifrar al Uruguay en el contexto de la sociedad y economía mundial de la primera mitad del siglo XX, no servía para entender el proceso de la guerra fría y para trazar una visión de futuro. Basándose en el término geopolítico de ‘estado tapón’, el razonamiento de Methol se explaya brillantemente en su obra magna, El Uruguay Como Problema, publicada en 1967 y reeditada más tarde con el título de Geopolítica de la Cuenca del Plata. El Uruguay Como Problema.
            De la mano de Herrera identifica aquí al primer problema, que es la creación misma del estado uruguayo, ajeno a la nacionalidad de la población (o al menos la gran mayoría de ella) que ocupaba su suelo. No era suelo uruguayo, era oriental, perteneciente a la patria de las provincias unidas; con su raíz idiomática, cultural y administrativa en el Virreinato del Rio de la Plata. Al independizarse de España, hay quienes buscan resguardar la soberanía de esta patria en su unidad, y en estrechar los lazos con la América latina. Pero fracasan y se desmiembran las provincias, de ahí que Methol Ferré habla de “la mistificación de creerse ‘naciones’ cuando no son más que las esquirlas de una gran frustración nacional”.
            Ligándose a los nuevos poderes mundiales y regionales, los hispanoamericanos van, según él, perdiendo la visión del mundo que les proporcionara la herencia de la (aunque ya decadente) universalidad ibérica y católica; substituyéndola por una visión de sí mismos y del mundo influenciada por la perspectiva anglosajona. Es así que, en la visión de Methol, el Uruguay nace “como un desmembramiento de la zona optima de América del Sur, cuya operación siguiente es la toma de las Malvinas” y el control británico del estratégico pasaje interoceánico” (cuando todavía no existía en canal de Panamá). De esta manera, para él, Uruguay no nace como como hijo de la frontera, sino del mar, que era del imperio británico que a su vez precisaba “una ciudad ‘hanseática’: Montevideo y su territorio”. Así pasa el estado uruguayo a transformarse en una especie de Gibraltar americano, que asegura la viabilidad del Río de la Plata, obstaculizando un acercamiento Brasilero-Argentino, y que en esto encuentra la única manera de seguir existiendo soberanamente. Como entendiera Herrera, cualquier acción en otro sentido, pondría en jaque su existencia. He ahí la llave del problema que viera Methol, la razón de ser de este estado es contraria al origen de la nación que lo habita y a los intereses de desarrollo de la región que lo rodea. Esto es para Methol Ferré, el otro rostro del destierro del oriental José Artigas. Pero más que exilio de Artigas, ve un “exilio americano del Uruguay y su incipiente nación”.
            Pero Uruguay funcionó y fue creando una propia nacionalidad, surgida después de su estado. Una nación hecha al modelo liberal de sus progenitores, que dado su posición estratégica y tierras fértiles se beneficia del modelo económico imperante. Methol ve aquí la contradicción de la nación de raíz oriental, pero cuyos intereses están ligados al nuevo estado uruguayo y sus condicionantes geopolíticas. Esta contradicción, siempre latente, se hace sentir cuando el modelo tradicional ya no alcanza para sustentar el notable avance económico y social del pequeño modelo liberal sudamericano. Gran Bretaña ha sido substituida por los Estados Unidos en el control de mares y mercados, pero el sistema impulsado por la nueva potencia no genera las condiciones económicas para mantener al modelo uruguayo. Es ahí que aflora el Uruguay como Problema.
            Para encontrar las nuevas coordenadas de desarrollo Methol deja a su maestro Herrera, por otro que lo superara en cuanto a herramientas analíticas para comprender la relación entre geografía, estado, nación y el sistema de naciones: Fredrich Ratzel. Con Herrera buscó entender al Uruguay y su contexto próximo, pero es con Ratzel que pega el salto definitivo para su comprensión del mundo. Es vía este que adquiere un ojo universal desde donde busca un lugar en el mundo, no solo para Uruguay, sino que para toda la región. El universalismo es un don generalmente dado a quienes miran al mundo desde los grandes centros de poder, pero hay excepciones. Kjellén era una, aunque tenía el beneficio de venir de uno de los más antiguos estados-nacionales de Europa, era este un estado pequeño y provincial. Por eso Kjellén ligaba su óptica a los recursos intelectuales de la gran nación germana. Methol Ferré es aún más raro, viniendo de un estado pequeño de la periferia colonial. Para poder mirar al mundo, e interpretar a Raztel, se paraba firmemente en el acervo intelectual ibérico y latinoamericano. Al igual que sus compatriotas José E. Rodo, Arturo Ardao, Carlos Quijano y Vivián Trías, Methol Ferré miraba al mundo partiendo de lo que consideraban una propia interpretación de su origen cultural.
            En un terreno más amplio de la teoría, el ‘problema’ que intentara explicar Methol es, básicamente, el dilema de un estado-nación al cambiar los parámetros económicos, políticos y culturales que fueron el marco de su creación o alguna etapa de su vida. Lo que Methol en un principio viera para el Uruguay, es hoy en día reconocido como uno de los temas fundamentales de las ciencias sociales. El proceso de globalización con el impacto de nuevas tecnologías y migraciones generan interrogantes sobre la eficiencia y legitimidad de los actuales estados-nacionales. El politólogo Samuel Huntington, en su libro The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, identifica al propio Estados Unidos como un problema. En el proceso de identificación de nuevos parámetros de análisis se ve una fuerte tendencia hacia la búsqueda de estados de escala continental y la búsqueda de encontrar nuevas fuentes de legitimidad para entidades pluriétnicas. El renovado interés por la escala óptima de estados para lograr eficiencia económica y la relación de esto con la geografía la forma de cohesionar la gente que vive en ella, es un retorno a los orígenes mismos de la geopolítica. En este sentido, Methol Ferré es más actual que nunca.
            Fue sin duda difícil para él escribir desde una perspectiva ‘nacional-continental’ con la mira en un ‘estado continental’. Más cuando él no era académico, ni tampoco político, sino un ideólogo de un estado no existente. Al crearse la CEPAL y ALALC, los países de la región tenían o industrias inexistentes, incipientes o rudimentarias. Incluso en los más adelantados, la dependencia en exportación de productos primarios concentrados en pocos mercados, reforzaba las debilidades estructurales de lo que Raúl Prebisch llamara el ‘Capitalismo Periférico’. Más difícil aún si tomamos en cuanta las condicionantes externas que los hacían débiles ante la intervención de potencias extranjera, que obstaculizaba todo intento integrador. Este contexto no era un terreno fértil para entender e incluso tolerar, a pensadores como Methol, que desde lo chico miraban como un grande. Hoy el contexto ha cambiado, no hay duda que Brasil es un claro líder regional con una estrategia bien definida de convertirse en potencia mundial. Exporta alta tecnología y es parte del G20; pero también tiene limitaciones. Desde la perspectiva de Methol Ferré, también se puede ver a Brasil como problema. En lo que el definía como la ‘era de los estados industriales (y agreguemos, ‘informacionales’) continentales’, es discutible si la dimensión geográfica brasileña, sus recursos naturales y mercado interno (población) son suficiente para mantener un desarrollo soberano.
            En la década del sesenta Methol Ferré anunciaba que el canto del cisne del viejo Uruguay, sería latinoamericano. En el albor del nuevo siglo vemos que un nuevo espacio estatal de integración regional se está gestando en América del Sur y ya ha logrado un grado de interacción política y económica que en el proceso histórico regional no tiene precedentes. La debilidad de los grandes centros de poder ha abierto una grieta que Brasil parece estar aprovechando sin titubeos. Pero si seguimos la definición de Methol, de integración como determinante del desarrollo se sigue planteando la pregunta de cómo cohesionar el ámbito regional para lograr espacios estatales y comerciales comunes? Integración no es asimilación, y la fuerza es una opción que el gran poder regional, Brasil, no tiene. Como ver entonces la relación entre nación, geografía, estado y contexto internacional en este momento histórico? Quizás también el canto de cisne del viejo Brasil, sea latinoamericano, o se inventará la nación sudamericana? Sobran las razones para volver a leer a Methol Ferré e incorporar a esta lectura los clásicos de la ‘geopolítica civil’ brasileña de gente como Hélio Jaguaribe o Alberto Moniz Bandeira.

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